De Manabí a conquistar España: El ecuatoriano que lidera cuatro restaurantes en Barcelona, Madrid y Valencia, y da empleo a casi 100 personas
Gabriel Zambrano llegó a los 19 años a Barcelona. Hoy tiene 44 y una propuesta gastronómica que cree firmemente que la nostalgia ecuatoriana sola no basta para ofrecer sabores. Su restaurante se llama El Manaba, pero su oferta es global, se enorgullece.

Gabriel Zambrano llegó a los 19 años a Barcelona, desde su natal Chone. Le ha tomado 25 años llegar hasta su posición actual: dueño de cuatro restaurantes en tres ciudades españolas.
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Soraya Constante
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BARCELONA, España. Un apellido italiano heredado de sus abuelos maternos —Copiano— le abrió una puerta inesperada a Europa. Gabriel Zambrano hoy tiene 44 años, pero cuando aterrizó en Barcelona apenas tenía 19, un hijo recién nacido y una responsabilidad que le pesaba más que la maleta. Llegó solo, “donde un conocido”, sin familia cercana y con la sensación incómoda de empezar una vida desde cero. “No es fácil dejar atrás tu familia, tus amigos, tu vida”, recuerda. España no solo fue el país donde emigró, sino también el lugar donde trabajó por primera vez, donde aprendió a “ganarse la vida” y donde comenzó desde abajo una trayectoria empresarial que hoy cuenta con cuatro restaurantes bajo el letrero de El Manaba: dos en Barcelona, uno en Madrid y otro en Valencia.
La conversación transcurre en el local más grande que tiene en Barcelona, en la calle Aribau, una vía del , Eixample donde turistas, oficinistas y estudiantes se mezclan a cualquier hora del día. El restaurante tiene capacidad para 300 personas y parece construido como una cápsula de memoria ecuatoriana en pleno centro de la ciudad. En la barra descansan dos matrículas con el código ECU 593: una lleva impreso el volcán Tungurahua y la otra las islas Galápagos. Más arriba, entre botellas y luces cálidas, sobresalen varias cañas manabitas Faja Negra alineadas como trofeos discretos de identidad costeña.
Cuando llegó a España acababa de terminar el colegio y nunca había trabajado. “Desde que llegué mi idea siempre fue emprender”, cuenta. Pero el camino empezó lejos de los restaurantes. Su primer negocio fue una carnicería llamada Carnicería Carbona, un nombre tomado del catalán que significa “carne buena”. El primer local abrió en la calle Riera Blanca, entre Barcelona y L’Hospitalet de Llobregat, en una época en la que todavía intentaba entender cómo funcionaba el comercio en España. El negocio prosperó hasta alcanzar varios establecimientos.
Después incursionó en el negocio de las cafeterías King Coffee y llegó a administrar varios locales. Para entonces ya no pensaba solo en sobrevivir, sino en construir estabilidad. Su vida también había cambiado: había formado una familia junto a su segunda esposa, una paraguaya, y comenzaba a asentarse definitivamente en España. Dos de sus cuatro hijos nacieron aquí. Aquellos negocios se convirtieron en el “capital semilla” de todo lo que vino después. “Todo lo que me proponía lo iba mejorando”, dice. La idea de mejorar constantemente atraviesa toda su historia empresarial.

El Manaba, su apuesta arriesgada para un público global
El salto más arriesgado llegó en 2018. Abrió el primer local de El Manaba en la calle Provença, junto a la Sagrada Familia. Lo levantó prácticamente desde cero y con más intuición que experiencia. La inversión inicial fue alta y el dinero no alcanzó. Intentó conseguir un préstamo bancario, pero las entidades financieras le cerraron la puerta. Terminó financiando maquinaria, cocina y mobiliario a plazos. “Fue abrir y empezar a trabajar”, recuerda ahora, todavía sorprendido por la rapidez con la que el restaurante comenzó a llenarse.
Aunque no venía del mundo de la restauración, se asesoró con cocineros y especialistas en cocina. Pero había algo que no necesitaba aprender: los sabores de Manabí. Nacido en Chone, conocía de memoria la lógica de los encebollados, los ceviches, los bollos y el maní. Ese conocimiento terminó siendo decisivo para construir la carta y controlar la calidad de los platos. “El ser de Manabí y conocer bien la gastronomía me ayudó mucho”, explica.

La apuesta fue mantener la autenticidad incluso cuando eso implicaba mayores costos. Cerca del 70% de los ingredientes que utiliza El Manaba llegan directamente desde Ecuador: plátano verde, maduro, pasta de maní, atún, albacora, camarones o chifles. Muchos pasan antes por una planta de producción propia en Barcelona, donde se pesan, etiquetan y distribuyen a los restaurantes de Barcelona, Madrid y Valencia. El encebollado sigue siendo el plato estrella, pero alrededor de él creció una carta que mezcla cocina tradicional con platos propios, como el “tsunami de marisco”, una montaña de arroz marinero, ceviche, pescado apanado, camarones y patacones.
Parte del éxito tuvo que ver con entender que la nostalgia sola no basta para sostener un negocio. El chonero apostó desde el inicio por locales amplios y céntricos, pensados no solo para ecuatorianos, sino para cualquier cliente dispuesto a probar algo distinto. “El Manaba es global”, insiste. Y las mesas parecen confirmarlo. Hay turistas, españoles y migrantes de toda Latinoamérica. Dice que los colombianos son de los clientes más fieles. También llegan muchos venezolanos y hondureños. “Les encanta nuestra comida”, resume.
Chone, su conexión con Ecuador
La plantilla refleja algo parecido a esa mezcla migrante. Entre los empleados hay ecuatorianos, colombianos, venezolanos, peruanos, hondureños y también algunos catalanes. El idioma es el castellano, pero se entiende el catalán. Él mismo aprendió algo de catalán cuando llegó a Barcelona, una ciudad a la que sigue sintiendo como el lugar donde realmente pudo empezar de nuevo.
Viaja cada año a Ecuador. Lo hace por su familia y porque todavía necesita volver a Chone para sentir cierta conexión con el lugar del que salió siendo apenas mayor de edad. Pero la violencia y la inseguridad actuales le producen impotencia. También visita Paraguay con frecuencia, el país de su esposa, que describe como tranquilo y hospitalario.

Hoy El Manaba emplea a cerca de 100 personas y proyecta nuevas aperturas en España. Pero detrás de la expansión empresarial permanece intacta la historia del joven que llegó solo, sin experiencia laboral y con un hijo recién nacido esperándolo al otro lado del océano. Quizá por eso el restaurante funciona también como una especie de refugio migrante. Un lugar donde muchos latinoamericanos no solo vienen a comer, sino a confirmar que, a veces, empezar desde abajo también puede parecerse a construir un hogar.
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