De Quisapincha a Wall Street; la historia de la ecuatoriana que llegó sin inglés y hoy trabaja en una importante firma global
Trabajó en supermercados, paseó perros para pagar la universidad y hoy analiza mercados financieros para América Latina en una de las empresas más influyentes del mundo. En el Día de la Madre, la migrante María Fernanda Condemayta cuenta una historia de perseverancia.

María Fernanda Condemayta y su hijo viven en Nueva Jersey. Ella llegó a los 19 años como migrante, sin saber inglés. Hoy trabaja haciendo análisis financieros.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Llegó a Estados Unidos a los 19 años sin hablar inglés. Trabajó en un supermercado de Queens por 6 dólares la hora, paseó perros para pagar la universidad y pasó noches enteras estudiando después del trabajo. Quince años después, María Fernanda Condemayta, una migrante ecuatoriana, trabaja en Bloomberg, realizando análisis financieros y proyecciones económicas para mercados de América Latina mientras cría sola a su hijo en Nueva Jersey.
“Sentí que había llevado el nombre de Quisapincha hasta Wall Street”, dice. Y todavía se emociona cuando lo cuenta, porqué aún no se lo cree.
Creció en Quisapincha, una parroquia de Ambato donde aprendió desde temprano lo que significa esforzarse. A los 19 años tomó una decisión que entonces parecía más intuición que plan. “Sabía que algo mejor estaba esperándome lejos”, recuerda. “No sabía qué era, pero sabía que tenía que cambiar de localización, de gente, de todo y empezar desde cero”.
Sus padres ya habían migrado a Estados Unidos y ella decidió seguir el mismo camino. Llegó con el objetivo de estudiar inglés. Nada más. El idioma fue también el primer golpe de realidad. “Fue una de las barreras más fuertes que tuve que vencer”, cuenta.
Mientras estudiaba inglés como segundo idioma, comenzó a trabajar en un supermercado en Queens. Primero como ayudante. Después en contabilidad. Ganaba entre seis y siete dólares la hora. Aunque ya tenía conocimientos contables, descubrió rápido que en Nueva York – y en este país en general - el inglés define muchas puertas. “En Manhattan no nos daban la oportunidad cuando no sabes el idioma”, recuerda.
Volvió un tiempo a Ecuador, pero sintió que su vida ya no estaba ahí. Regresó otra vez a Estados Unidos y decidió quedarse definitivamente. Ingresó a LaGuardia Community College y luego continuó sus estudios en Baruch College. Durante esos años aprendió a vivir cansada.
Hubo una etapa en la que acumuló tres trabajos al mismo tiempo. Seguía en el supermercado, trabajaba como asistente en una constructora y además paseaba perros para poder pagar la universidad. “No tenía opción”, dice. “Era o estudio o sigo en lo mismo”.
La disciplina terminó convirtiéndose en la base de todo. “Nosotros los latinos podemos ser muy inteligentes. Pero si no tenemos disciplina, no tenemos nada”, dice.
Las puertas empezaron a abrirse y su maternidad
Uno de los momentos que cambió su historia llegó cuando consiguió una pasantía en la ONU. Allí colaboró en tareas técnicas y apoyó durante reuniones internacionales y asambleas. Para alguien que había pasado años sintiéndose limitada por el idioma y la falta de experiencia, entrar a ese edificio tuvo un peso difícil de explicar. “Nunca pensé siquiera llegar hasta ahí”, recuerda.
Esa experiencia terminó abriéndole otras puertas. Después llegó Bloomberg, donde hoy analiza información financiera y realiza proyecciones relacionadas con mercados latinoamericanos. Lleva cuatro años trabajando en esta compañía. Pero incluso ahí, rodeada de profesionales con maestrías y años de experiencia, todavía pelea contra la inseguridad que acompaña a muchos migrantes. “Uno es el crítico más duro de uno mismo”, admite.
Hace dos años nació su hijo y la vida volvió a reorganizarse. Ahora todo ocurre alrededor de horarios, trabajo, maternidad y cansancio acumulado. Vive en Nueva Jersey y cría sola a su hijo mientras intenta sostener una carrera exigente. Hay días en que la culpa pesa más que el cansancio. “A veces me pierdo de muchas cositas que me gustaría ver”, cuenta sobre las largas horas que el niño pasa con la niñera mientras ella trabaja.

Pero también dice que nunca había tenido una razón tan fuerte para seguir avanzando. Quiere que su hijo crezca viendo algo específico: una mujer que no se rindió. Una madre migrante que estudió agotada, trabajó en lo que pudo y siguió adelante incluso cuando dudaba de sí misma.
“La vida no es fair”, dice mezclando español e inglés. “Uno puede hacer todo lo mejor que se puede. Pero si no es para uno, es porque Dios nos está redirigiendo el camino”.
Por eso, cuando piensa en otras madres migrantes que hoy intentan estudiar, trabajar o empezar desde cero en Estados Unidos, vuelve siempre a la misma idea. Buscar redes de apoyo. La disciplina. La constancia. La capacidad de insistir incluso cuando el miedo aparece todos los días.
“Antes estaba tratando de hacerlo por mí”, dice María Fernanda. “Pero ahora tengo una pequeña razón”.
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