Esta ecuatoriana tiene tres trabajos, papeles en regla y una certeza: la economía en Estados Unidos es cada vez más dura
Tener residencia no garantiza estabilidad. En Estados Unidos, muchos migrantes trabajan hasta triples jornadas, pero siguen sin alcanzar a vivir solos. No se trata solo de estar legalmente en el país, sino de adaptarse a un entorno que exige nuevas habilidades. La historia de Katiuska, una migrante ecuatoriana, grafica el alza del costo de la vida en un país, impactado también por los efectos de la guerra en Irán.

En ciudades como Nueva York, llenar el tanque también se convirtió en parte de la ansiedad económica diaria para muchos migrantes ecuatorianos que dependen de aplicaciones de reparto para completar sus ingresos.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Katiuska no recuerda la última vez que descansó un día completo. Dice que probablemente han pasado meses. Su rutina no deja espacio para eso. Entre semana se levanta a las siete de la mañana para ir a su trabajo en un dispensario médico donde tanto el personal como los pacientes son latinos. Regresa, come algo rápido y sale otra vez. De lunes a viernes hace entregas con Uber Eats. Los fines de semana, si hay eventos, trabaja como promotora desde la mañana hasta media tarde.
No hay pausas. No hay días libres claros. Para ella, detenerse es perder tiempo.
Llegó hace siete años desde Quevedo. En Ecuador llevaba más de seis meses sin trabajo. Su madre, que vive en Estados Unidos desde hace más de dos décadas, insistió en que viajara. “No lo veía como una oportunidad. No quería dejar mi rutina, mis amigos”. Pero terminó viniendo. Entró con visa y luego obtuvo la residencia.
Hoy vive en Nueva York y no puede sostenerse sola. Comparte departamento con una roommate. Paga USD 1.600 mensuales solo de renta, sin incluir servicios. A eso se suman gastos básicos que, en una ciudad como Nueva York, siguen subiendo.
Según datos del Bureau of Labor Statistics, el costo de vida en Estados Unidos se ha mantenido elevado en los últimos años, impulsado por el alza en vivienda, alimentos y transporte. A esto se suma la carestía reciente impulsada por el alza de los combustibles, una secuela de la guerra que Estados Unidos e Israel mantienen luego de su ataque a Irán iniciado el pasado 28 de febrero. En cuanto al alquiler, en ciudades como Nueva York, representa uno de los gastos más altos para los trabajadores de ingresos medios y bajos.

No basta con los papeles: la telaraña de los empleos de baja remuneración
Ese límite no es solo económico. También está relacionado con las oportunidades de crecimiento. Desde organizaciones comunitarias se asegura que el patrón se repite. Una trabajadora de la fundación La Casa de Don Pedro explica que una parte de las personas que acuden en busca de apoyo tiene documentos. “No es la mayoría, pero tampoco es un caso aislado. Hay un elemento común: la gran mayoría no cuenta con estudios universitarios, o no saben inglés o ambos, lo que reduce sus opciones laborales y las posibilidades de avanzar”, argumenta.
Desde ese enfoque, tener papeles es solo una parte del proceso. La diferencia está en lo que viene después. Aprender inglés, retomar estudios o formarse en un oficio especializado son pasos que marcan distancia entre quienes logran estabilizarse y quienes quedan atrapados en trabajos de baja remuneración. No se trata solo de estar legalmente en el país, sino de adaptarse a un entorno que exige nuevas habilidades para poder cambiar de nivel.

“Tener documentos te da tranquilidad, pero económicamente no siento que mi vida haya mejorado”. Para ella, el estatus legal significa poder trabajar sin miedo y moverse con libertad. Pero no le resolvió la vida.
Dice que aún con tres trabajos, hubo un mes en que no le alcanzó para pagar la renta completa. Se enfermó y no pudo salir a trabajar. Su ingreso depende de las horas que logra cubrir. Si no trabaja, no gana. Ese mes tuvo que ajustarse y cubrir solo una parte, mientras seguía ayudando a su hermana menor que vive en Ecuador.
Ese tipo de decisiones son constantes. Cuánto trabajar, cuánto enviar, cuánto guardar.
El aumento del precio de la gasolina también le afecta directamente. Cada subida impacta en lo que gana con Uber Eats. Trabaja más horas para compensar. Lo mismo ocurre con la comida y otros gastos diarios.
A eso se suma el entorno. Aunque tiene papeles, dice que una vez la detuvieron mientras manejaba. Había visto tantas noticias sobre controles migratorios que sintió miedo. Después se tranquilizó. “No tengo por qué sentir estrés, tengo papeles”, recuerda haber pensado. Pero la reacción fue automática cuando vio a la policía.
Ese clima no es aislado. El endurecimiento de políticas migratorias y el aumento de deportaciones en los últimos años han generado un ambiente de tensión en muchas comunidades latinas, incluso entre quienes tienen estatus regular.
Sin saber inglés la mejoría es muy difícil para los migrantes
Su día termina como empieza: pensando en lo que sigue. Dice que aún no tiene un plan claro para estudiar. En Ecuador hizo una formación técnica en enfermería, pero no ha podido retomarla en Estados Unidos. El idioma sigue siendo una barrera. Su inglés es limitado y eso reduce sus opciones.
En paralelo, el costo de vida sigue subiendo. El precio de la gasolina —impactado por las tensiones internacionales— encarece directamente su trabajo en plataformas como Uber Eats. A eso se suman alimentos, renta y servicios. “Todo sube, pero no sube mi margen de ganancia”, puntualiza.

En ese escenario, avanzar requiere algo más que tener papeles. Implica aprender inglés, retomar estudios o encontrar una forma de generar ingresos más estables. “No siempre es posible cuando el día ya está ocupado en cubrir lo básico”, agrega.
Aun así, no habla de retroceder. Dice que su vida mejoró en algunos aspectos. Se siente más segura. Tiene más estabilidad legal. Pero en lo económico, la sensación es otra.
“Uno se acostumbra a trabajar, trabajar y trabajar”, dice. A veces piensa en cómo era su vida en Ecuador, donde —según recuerda— había más tiempo para otras cosas. No sabe en qué momento cambió la rutina. Solo sabe que ahora todo gira en torno al trabajo.
Su historia no es excepcional. Es parte de una realidad más amplia: migrantes que lograron regularizar su estatus, pero siguen enfrentando condiciones que les impiden avanzar al ritmo que esperaban.
Sabe que para mejorar su nivel de vida necesita aprender inglés y retomar sus estudios. “El problema es por dónde empezar y, sobre todo, cuándo hacerlo. Todo mi tiempo ya está ocupado en trabajar”.
Tener papeles le permite quedarse. Avanzar, en cambio, sigue siendo una tarea pendiente.
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