Una fotógrafa y un traductor de Ecuador rompen estereotipos en Estados Unidos con trabajos más especializados
De la producción audiovisual a la traducción en tribunales de justicia, los ecuatorianos Delia Hernández y Fabián Muenala rompieron barreras y se insertaron en un mercado laboral más cualificado en Estados Unidos.

Composición de fotografías que muestra a los migrantes ecuatorianos en Estados Unidos Fabián Muenala y Delia Hernández en 2026.
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Jimmy Andino / Delia Hernández
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Dentro de los millones de migrantes ecuatorianos en Estados Unidos, están no solamente aquellos que viven el día a día bajo el paraguas de la vulnerabilidad, sino también los que dan testimonios de historias de inspiración por haber entrado a espacios especializados del mercado laboral estadounidense.
Lejos de responder al estereotipo de migrantes dedicados al trabajo manual, los ecuatorianos Delia Hernández y Fabián Muenala revelan otra cara de la migración: los que forman parte de roles cualificados.
'Migrar es moverse, aprender'
Cuando Delia llegó a Estados Unidos, empezó fotografiando a amigos y familiares.
Era una forma de reconstruir un portafolio con lo que tenía a mano. Con el tiempo, su trabajo dejó de ser un ejercicio personal y se convirtió en una herramienta profesional en Nueva Jersey y Nueva York.
Hoy trabaja con marcas, proyectos culturales y plataformas comerciales, entendiendo la fotografía como comunicación estratégica, no solo como imagen.

Su trayectoria también desafía una narrativa instalada. “Se habla mucho de la lucha, del sacrificio (…) y se deja de lado todo lo demás”, dice. Para ella, migrar no es únicamente atravesar dificultades. Es moverse, aprender, incorporar nuevas formas de ver el mundo.
Su trabajo no documenta la precariedad, sino el crecimiento. La decisión es consciente. “Falta ver la migración desde el logro, desde la evolución”, plantea.
Esa mirada se traduce en su forma de trabajar. No busca únicamente producir imágenes, sino generar conexión. Que la fotografía sirva, que tenga propósito. Si dialoga con el arte, bien. Si conecta con la comunidad, mejor. Su enfoque no responde a una estética migrante, sino a una lógica profesional que se inserta en circuitos reales de producción visual.

Un intérprete que lidera a su comunidad
En otro ámbito, pero con una lógica similar, se mueve Fabián Muenala Pineda, kichwa del pueblo Otavalo.
Su trabajo como traductor e intérprete no se limita al lenguaje. Se desempeña en espacios donde traducir implica también mediar entre sistemas, culturas y formas de entender el mundo. En tribunales, cortes, instituciones y organizaciones comunitarias, en Estados Unidos. Su rol es técnico, pero también político.
Sin embargo, la trayectoria de Fabián no empieza en Estados Unidos. En Ecuador, participó en la producción de materiales educativos bilingües dirigidos a comunidades indígenas, un trabajo que ya apuntaba a sostener el kichwa no solo como lengua, sino como forma de transmisión de conocimiento. Al migrar, ese mismo enfoque encontró otro terreno. Cambió de contexto, pero no de propósito.
Su trabajo no consiste únicamente en trasladar palabras de un idioma a otro. Implica interpretar contextos, sostener significados, evitar que una lengua quede subordinada a otra. “En ese proceso, la traducción deja de ser un servicio y se convierte en una forma de representación”.

Esa función se vuelve especialmente visible en espacios formales, donde el idioma define lo que se entiende y lo que queda fuera. “En una corte, en una oficina institucional o en una consulta legal, no comprender una palabra puede cambiar el curso de una decisión.” Ahí, la presencia de alguien como Fabián es más que un apoyo, es una condición para que el sistema funcione de forma justa.
Su trabajo también se extiende fuera de esos espacios. Como articulador comunitario, impulsa iniciativas culturales y de comunicación que buscan mantener viva la lengua kichwa en el contexto migrante. Entre ellas, su participación en espacios radiales dirigidos a su comunidad, donde la lengua no solo se usa, sino que circula, se escucha y se afirma en un entorno donde fácilmente podría diluirse.
En ese recorrido, la traducción adquiere otra dimensión, otra habilidad técnica. Permite que una comunidad históricamente invisibilizada tenga presencia en espacios donde antes no existía. Que pueda hablar, entender y ser entendida en sus propios términos.

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