De repartir pedidos a salvar vidas: la historia del ecuatoriano que llegó a la élite de las emergencias en Madrid
Fernando Quezada es un migrante ecuatoriano que vibra con la intensidad del servicio de emergencias más prestigioso de España: el SAMUR-Protección Civil, considerado uno de los referentes mundiales en atención extrahospitalaria y que participa en misiones por catástrofes en diversas partes del mundo.

El ecuatoriano Fernando Quezada lleva siete años trabajando como técnico de emergencias del SAMUR, el reconocido servicio de Madrid.
- Foto
Soraya Constante
Autor:
Actualizada:
Compartir:
MADRID. Fernando Quezada todavía recuerda el vértigo de aterrizar en España en 2001 sin conocer a nadie. Tenía 29 años, una hermana en Inglaterra y la idea difusa de probar suerte en Europa antes de decidir dónde quedarse. Ya había vivido seis años en Santiago de Chile, pero Madrid terminó atrapándolo. “Me gustó la gente, el clima, Madrid es una pasada”, resume ahora, más de dos décadas después, con un acento que mezcla rastros de Ecuador, Chile y España.
Los primeros meses fueron una carrera de supervivencia. Dormir en hoteles baratos, buscar empleo en los anuncios del periódico Segunda Mano y preguntar en la calle dónde podía empezar de cero. “Yo vine sin saber nada de nada”, recuerda. Su primer trabajo fue como repartidor en supermercados. Después llegó la hostelería. Y desde ahí, casi sin preverlo, comenzó el camino que terminaría llevándolo al servicio de emergencias más prestigioso de España.
La oportunidad apareció en una conversación casual. Una vecina que trabajaba en ambulancias le lanzó una frase que terminó cambiándole la vida: “Sácate la formación”, recuerda que le dijo. Fernando lo hizo. Empezó a trabajar en ambulancias privadas en 2008 y pronto entendió que quería más. Se puso entonces una meta que parecía inalcanzable: entrar al SAMUR-Protección Civil.
El SAMUR-Protección Civil no es cualquier servicio de emergencias. Considerado uno de los referentes mundiales en atención extrahospitalaria, hizo historia al convertirse en el primer servicio puramente municipal del mundo en lograr la certificación de Equipo Médico Internacional EMT1 Fijo de la Organización Mundial de la Salud, lo que le permite desplegarse ante grandes catástrofes en cualquier rincón del planeta. Sus equipos participan en misiones internacionales, colaboran con organismos europeos y han intervenido en crisis humanitarias en países como Haití, Chile o Gaza. Además, sus tasas de supervivencia en paradas cardiorrespiratorias —una de cada cinco personas logra recuperarse sin secuelas— están entre las más altas de las grandes ciudades del planeta.

El camino para entrar a 'las ligas mayores'
Para Fernando, entrar allí equivalía a tocar techo. “Trabajar en el SAMUR es como llegar a las ligas mayores”, dice. Pero llegar a esas “ligas mayores” le costó seis años de sacrificio extremo.
El primer obstáculo apareció incluso antes de concursar por el puesto. El carné chileno que tenía no servía en España, así que tuvo que empezar desde cero: autoescuela, permiso B y después el carné C de camión, obligatorio para acceder al cuerpo. Luego llegaron las oposiciones. Dos intentos. Cuarenta y dos temas para memorizar: sanidad, protección civil, legislación, Constitución española… A eso se sumaban las pruebas físicas corriendo con peso, simulaciones de emergencias reales y exámenes de reanimación cardiopulmonar.
La primera vez aprobó, pero no consiguió plaza fija. Entró como interino y siguió acumulando experiencia mientras se preparaba para el segundo asalto.

Lo hacía trabajando jornadas brutales en la sanidad privada. Aunque su contrato era de ocho horas, muchas veces terminaba haciendo 12, 14 o incluso 16. Después tocaba estudiar. Ocho horas diarias durante años. Todo mientras criaba a sus hijos pequeños y sostenía económicamente a su familia.
“Era un ‘¿lo hago ahora o no lo hago?’”, recuerda sobre aquellos años en los que apenas tenía tiempo para dormir.
Lograr la estabilidad: un momento para llorar
Fernando asistía a academias para preparar el teórico, el práctico y las pruebas físicas. Vivía prácticamente entre apuntes, guardias y entrenamientos. Y finalmente, en su segunda oposición, consiguió la plaza como funcionario de carrera. A sus 54 años lleva ya siete trabajando como técnico de emergencias en el SAMUR y es el único ecuatoriano nacionalizado español con plaza fija dentro del cuerpo. Los extranjeros, asegura, todavía “se cuentan con los dedos de una mano”.
El momento de firmar su plaza sigue siendo uno de los recuerdos más intensos de su vida. “No soy una persona de llorar”, admite. Pero aquella vez no pudo evitarlo.
Su vida cambió por completo. Pasó de la inestabilidad de la hostelería y las ambulancias privadas a un empleo con estabilidad económica y reconocimiento profesional. Hoy gana sobre los 3.000 euros mensuales (USD 3.482), dependiendo de los turnos extra que decida asumir, tiene ayudas sociales para sus hijos y una rutina que, pese a la dureza de las emergencias, le permite vivir con tranquilidad.

Aunque el trabajo también deja cicatrices invisibles. Accidentes graves, incendios, pacientes al borde de la muerte. Fernando asegura que las emergencias lo transformaron “un mil por ciento” a nivel psicológico. Aprendió a separar el horror del trabajo de la vida familiar. A desconectar. A llegar a casa y seguir siendo padre.
Pero lo que más le impacta no siempre son los accidentes espectaculares ni las escenas que terminan en las noticias. Dice que el Madrid que ve desde la ambulancia es también una ciudad cada vez más rota por dentro. Crisis de ansiedad en jóvenes que sienten que no pueden respirar, intentos de suicidio, personas precipitadas desde edificios, accidentes de moto encadenados durante una misma guardia.
“Ves las crisis de ansiedad en personas jóvenes y dices: cómo está la sociedad”.
Fernando Quezada, migrante ecuatoriano, técnico de emergencias del SAMUR
En muchas guardias atienden más sufrimiento emocional que heridas visibles. Y aunque el SAMUR es conocido por sus intervenciones en grandes traumas y paradas cardíacas, Fernando sabe que una parte silenciosa del trabajo consiste en contener personas que simplemente han llegado al límite.
Y, sin embargo, todavía conserva intacta la sensación de asombro por todo lo recorrido desde aquel joven ecuatoriano que llegó solo a Madrid buscando un empleo cualquiera.
Hoy, cuando atraviesa la ciudad con las sirenas encendidas, Fernando ya no solo ve el Madrid vibrante que lo enamoró hace dos décadas. También ve una ciudad exhausta, acelerada y herida en silencio. Y quizá por eso entiende mejor que nadie el valor de estar ahí, en mitad del caos, intentando salvar vidas.
Compartir: