Esta ecuatoriana venció al cáncer y hoy sostiene una red de yoga oncológico en hospitales públicos españoles
La antropóloga ecuatoriana Adriana Jarrín fundó en 2022 la Red Internacional de Yoga Oncológico. Su lucha personal contra la enfermedad cambió su vida. Hoy, desde Barcelona, coordina programas gratuitos en unidades de oncología de hospitales públicos españoles y acaba de publicar un libro sobre esta especialidad.

Adriana Jarrín, antropóloga ecuatoriana radicada en Barcelona, es especialista en yoga oncológico, y lidera programas en hospitales públicos españoles.
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Soraya Constante
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BARCELONA, España. Cuando Adriana Jarrín llegó a Barcelona en 2001 sintió que había aterrizado en otra vida. Tenía 23 años, venía de Quito y había vivido una temporada en Colombia, pero nada se parecía a esa ciudad que descubría caminando de madrugada sin miedo, asistiendo a festivales de cine, compartiendo piso con desconocidos de otros países y aprendiendo a soltarse. “Me fui enganchando con la cultura, con una forma de vida diferente. Era como descubrir otra vida”, recuerda.
Había llegado para estudiar una diplomatura de posgrado en Cultura de Paz en la Universidad Autónoma de Barcelona, un programa que conectaba con su formación en comunicación para el desarrollo comunitario y la antropología. Le fascinaba pensar los conflictos desde múltiples dimensiones: la guerra, las violencias domésticas, las fracturas sociales. Quiso quedarse y por eso, después del posgrado, se matriculó en un máster de documental creativo y empezó a construir una vida en la ciudad. Volvió a Ecuador para regularizar sus papeles, regresó con un permiso de trabajo y comenzó a abrirse camino en ONG vinculadas a la educación y la cooperación internacional.
Y justo cuando sentía que todo empezaba a encajar, llegó el golpe.
El 15 de noviembre de 2004 —ella tenía 26 años— recibió el diagnóstico de un tumor ginecológico de gran tamaño. La euforia de aquellos años se quebró de golpe. Habla de ese tiempo como un período “escabroso”, marcado por la incertidumbre y el miedo. Volvió a Quito para tratarse, cerca de su familia y de su padre, que es médico. Lo hizo mientras intentaba no perder el vínculo con la vida que había construido en España.
En medio de la quimioterapia apareció algo inesperado: el yoga. Una prima le recomendó probar Hatha yoga después de la segunda sesión de quimioterapia. Adriana empezó a practicar todos los días. Y, en medio del ruido físico y emocional del cáncer, encontró un lugar desde donde sostenerse. “Fue mi eje”, cuenta. “Yo iba ahí y era como mi centro”.
Habla del yoga no como una fórmula espiritual ni como una promesa de salvación, sino como una herramienta concreta para no desmoronarse. “Poder ver con cierta ecuanimidad la situación”, explica. “Todo ese tráfico de pensamientos y emociones es abrumador. Y entonces poder sentarte un momento y mirar la vida te ayuda”.
Ese espacio de calma le permitió incluso tomar decisiones médicas difíciles. Los médicos le propusieron una quimioterapia preventiva para el intestino ante la sospecha de una posible afectación, aunque no había masa tumoral confirmada. Ella decidió rechazarla. “Mientras no haya una masa tumoral, yo decido que no”, recuerda que dijo.
El cáncer le enseñó que el cuerpo enferma, pero también que el miedo se instala en el cuerpo.

Una lucha sin renunciar a España
Dos días después de su última sesión de quimioterapia volvió a Barcelona. Tenía que regresar antes de cumplir seis meses fuera del país o perdería el permiso de residencia que tanto le había costado conseguir. “No podía perderlo”, recuerda. Volvió todavía atravesada por las secuelas del tratamiento, “calva y todo”.
Poco después pasó por una nueva cirugía de revisión en el Hospital Vall d’Hebron, en Barcelona, para descartar metástasis. Cuando confirmó que no había recaída sintió que algo hizo “click”.
Regresó a las ONG, coordinó proyectos de cooperación internacional y ayuda humanitaria y siguió moviéndose entre investigaciones, activismo y migraciones. Pero sintió que ese ciclo empezaba a agotarse, hasta el punto de rechazar una oferta laboral en la agencia de Naciones Unidas para Palestina, la UNRWA, porque comenzaba a sentirse desencantada con las contradicciones del mundo de la cooperación.
Después se marchó a México con el padre de su hija y continuó investigando rutas migratorias hacia Estados Unidos. Trabajó en albergues de migrantes y, años más tarde, regresó a Barcelona. En 2011 inició un doctorado en antropología sobre el sistema de deportaciones, centrado en las expulsiones forzadas de migrantes ecuatorianos.
El yoga, el cáncer y la antropología
Durante el doctorado nació su hija, en 2012, y Adriana decidió aprovechar esos años para formarse como profesora de Hatha Vinyasa yoga. Esta vez no lo hacía solo para ella. “Tuve clarísimo que quería enfocarlo a personas con cáncer”, cuenta.
Lo que encontró en muchas formaciones de yoga oncológico fue un enfoque demasiado técnico, demasiado centrado en lo físico. Y ahí apareció su mirada antropológica. Entendió que el cáncer no era solo una enfermedad del cuerpo: era también miedo, aislamiento, duelo, rabia e incertidumbre.
Así nació su metodología de yoga oncológico, un ensamblaje entre yoga terapéutico y yoga sensible al trauma. El primero adapta posturas a las limitaciones físicas derivadas de cirugías, quimioterapia o radioterapia. El segundo trabaja el sistema nervioso y el soporte emocional. “El trauma habita el cuerpo”, resume.
Todo esto lo explica en el libro Yoga en tiempos de cáncer, presentado recientemente durante Sant Jordi, la fiesta catalana en la que se regalan libros y rosas. La propuesta de la antropóloga no intenta sustituir la medicina, sino acompañarla: crear un espacio donde la persona deje de ser únicamente un paciente.

Con los años, aquello que empezó como una tabla de salvación personal terminó convirtiéndose en una red internacional.
Adriana fundó en 2022 la Red Internacional de Yoga Oncológico y coordina programas gratuitos en unidades de oncología de hospitales públicos españoles como el Hospital Vall d'Hebron o el Hospital Clínic de Barcelona.

Las salas de espera se transforman por las tardes en espacios de respiración, movilidad y encuentro. Un oasis dentro del lenguaje clínico. Allí llegan pacientes con cicatrices recientes, miedo a las recaídas o cuerpos agotados por la quimioterapia. Y también familiares.
Su metodología ya se aplica en hospitales españoles y ha formado profesionales en más de 14 países. Además, participa en estudios científicos para medir el impacto del yoga oncológico en la calidad de vida de los pacientes.
A Adriana no le gusta hablar del cáncer como una bendición ni del yoga como una receta mágica. Prefiere hablar de supervivencia, migración, precariedad, miedo y cuerpo. De cómo una enfermedad que amenazó con detenerle la vida terminó empujándola a construir una red de acompañamiento para otros. Porque, a veces, sobrevivir también consiste en encontrar una forma de sostener a quienes todavía están atravesando la tormenta.
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