La ecuatoriana María José Rosero lidera y teje redes de apoyo a migrantes en Barcelona, España
Una ecuatoriana fundó y lidera la asociación La Quinta Pata, un colectivo que ofrece ayuda a mujeres migrantes en la ciudad catalana. Costura, yoga, memoria colectiva y creatividad son parte de un proceso para recomponer algunas de las cicatrices que deja la migración.

María José Rosero, migrante ecuatoriana que está al frente de redes de apoyo a mujeres en Barcelona, España.
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Soraya Constante
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BARCELONA, España. Cuando termina la clase de yoga en el gimnasio social del Raval, en el centro de Barcelona, el grupo de mujeres empieza a compartir lo que ha sido su semana con la profesora, la ecuatoriana María José Rosero. Rossana, que vino de Chile, cuenta que encontró trabajo en una heladería y por eso agradece el ejercicio de mover las muñecas. Lorena, de Uruguay, dice que le sacaron el móvil del bolso y se indigna, no solo por el robo, sino por la sensación de vulnerabilidad acumulada. La catalana Dolors, porque también hay mujeres locales que necesitan red, lleva mascarilla y pide distancia porque no quiere que su resfriado circule como otro problema más. Y está Mizbah, de origen afgano, que todavía no se hace ni con el español ni con el catalán, pero pone una sonrisa que llega donde el idioma no alcanza. En la planta baja se les une la cubana Naivis, que no llegó a la clase porque tuvo una cita con una abogada que le explicó cómo entrar en el laberinto de la regularización. Ella, quizás, es el caso más vulnerable porque lleva poco tiempo en la ciudad y sufrió el maltrato de un hombre que la trajo desde Cuba y luego la abandonó.
La escena es cotidiana, ocurre cada lunes, dentro del programa “Bienestura”, que lidera María José y mezcla rutinas de bienestar con formación en costura que da la mexicana Edith Canales. El juego de palabras no es ingenuo. Aquí se aprende a coser, sí, pero también a recomponer. Hay acompañamiento, redes de apoyo, orientación para moverse entre trámites administrativos que suelen estar escritos en un idioma que no es solo lingüístico, sino burocrático. Un idioma que no se enseña, pero que condiciona cada paso. El objetivo es que ninguna tenga que descifrar sola la ciudad.
“Bienestura” es uno de los itinerarios formativos de Creadoness, un nombre que mezcla creatividad, dones (mujeres, en catalán) y economía social y solidaria. Detrás está La Quinta Pata, una asociación que nace del impulso de cuatro colegas ecuatorianos que llegan a la ciudad condal para estudiar y terminan cuestionando algo más que sus propios planes. Querían poner en valor la migración y empiezan en 2009 con el cine, organizando muestras de documentales ecuatorianos y, dos años más tarde, arrancan con el proyecto de las microhistorias migrantes, un esfuerzo por poner voz a lo que suele quedar fuera del relato oficial.

La reflexión sobre la migración y sus prejuicios
Empiezan con encuentros pequeños, íntimos, casi domésticos, donde las historias se activan a través del arteterapia y la palabra. “Convocábamos no solo ecuatorianos, sino a cualquier migrante, incluso locales, para reflexionar sobre qué es migrar, los prejuicios, el racismo, la decolonialidad”, explica María José.
Ese ensayo de memoria colectiva ha terminado convirtiéndose en un archivo que registra más de 350 testimonios en video: relatos sobre discriminación, estrategias de resistencia, el recuento de objetos que cruzan fronteras y autobiografías que no caben en formularios oficiales. Este año se cumplen quince años del inicio de ese proceso y la ambición es que ese material circule, que funcione como recurso educativo, que incomode donde haga falta.
En ese archivo hay una constelación de frases que condensan la experiencia migrante y que quienes buscan la quinta pata al gato, como María José, han ido organizando: “Para mí la resistencia es el persistir en el diario vivir”, dice Andrea, colombiana. “Ser madre, trabajar, ser migrante, no tener red, es un handicap”, resume Daniela, ecuatoriana. “Migrar es la experiencia más natural de la historia de las especies… la humanidad es la única que la ha convertido en burocracia”, lanza Renata, brasileña.

Hay otras voces que no suavizan el conflicto: “Mientras más te parezcas a nosotros, más te vamos a aceptar”, apunta Johanna, ecuatoriana. O que lo devuelven como afirmación: “Soy parte de la diáspora que resiste al colonialismo, al patriarcado, al capitalismo y al racismo”, dice Angie, chilena. Y también hay frases que operan como brújula: “Para mí el significado de libertad es no tener miedo y recorrer mi propio camino”, afirma Ana Claudia, peruana. Juntas, esas voces construyen un archivo que no solo documenta, sino que interpela.
María José y su historia migrante
La historia de María José, que tiene 46 años, se mezcla con el relato y la vivencia de estas mujeres. En su proceso migratorio hay un primer momento que arranca en 2004, cuando llega como estudiante del máster en Estudios y proyectos de la cultura visual en la Universidad de Barcelona y decide quedarse. El golpe de realidad llega rápido. “Ahí ya me cayó el peso de que eres migrante y tienes que ponerte a trabajar”, recuerda. Sin papeles, el margen se estrecha y ella encuentra una salida práctica: casarse con su pareja española para regularizar su situación. “Era la diferencia día y noche, ya tener papeles, que te hagan el contrato. Se acabó este camino de la puerta de atrás”, dice. A partir de ahí, entra en el mercado laboral, se hace autónoma y logra cierta estabilidad.
Ese ciclo se cierra en 2011. El contexto del 15M, ese estallido social que ocupó las plazas de varias ciudades de España, y una inquietud personal la empujan a regresar a Ecuador. “Dijimos con mi pareja probemos vivir en Ecuador, con proyectos más sostenibles, no depender tanto del capital”, recuerda. El plan, sin embargo, cambia cuando queda embarazada de Maya. “Se desmoronó ese sueño utópico y ya la vida es seria, hay una niña que viene”, recuerda que pensó. En Ecuador, la experiencia no fue la esperada: “Yo estaba super desarraigada”, dice.
El segundo momento llega después de la pandemia y una separación. María José vuelve a Barcelona con su hija. Esta vez no busca formación, sino estabilidad. “La ilusión y la confianza eran más fuertes que los miedos”. Ha regresado a una ciudad que ya no es la misma, y a una asociación que tampoco. La Quinta Pata ha crecido, se ha estructurado, ha madurado. Ella también. Se reincorpora desde otro lugar: escribe proyectos en catalán y sostiene la arquitectura invisible que permite que iniciativas como Creadoness existan.

Creadoness, en ese sentido, no surge de una idea brillante, sino de una acumulación de experiencias. “Nace de conocer gente, de vivir aquí, de la costura, de preguntarse por qué no trabajar solo con mujeres”, resume. Y también de detectar una grieta: mujeres migrantes, refugiadas, racializadas, atravesadas por la precariedad y la soledad institucional. Ahí encaja “Bienestura”. Y ahí se entrelazan también las historias que se cuentan después del yoga.
Del proyecto ha nacido una marca de accesorios hechos con material reciclado, producidos por algunas de las participantes. Pero lo esencial no es el objeto, sino el proceso: convertir trayectorias fragmentadas en comunidad. La Quinta Pata se financia en gran parte a través de subvenciones, un terreno donde María José se ha especializado. No es el trabajo más visible, pero sí el que sostiene todo lo demás. Aun así, buscan autonomía: fortalecer la marca, abrir una academia de costura, avanzar hacia una cooperativa.

Ese aprendizaje colectivo también ha tomado forma en otros espacios. María José participó en la acogida de un grupo de mujeres afganas que bordaron fragmentos de sus vidas y los exhibieron en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Otra manera de contarse cuando faltan palabras, de convertir la experiencia en relato compartido.
Y así pasan las semanas, los lunes concretamente, cuando surgen las conversaciones en el gimnasio social. Las mujeres intercambian contactos, se dan consejos, pequeños trucos para sobrevivir en una ciudad que a veces parece diseñada para quien ya sabe cómo funciona. Porque si en su primer momento María José tuvo que aprender a encajar en el sistema, en este segundo parece estar hilvanando otra realidad para que otras también puedan caber.
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