Geoconda Jácome, la artista quiteña que transformó en Madrid la ira en una forma de esperanza
Llegó a Madrid en 2006 para participar en una exposición y decidió quedarse. Dos décadas, un regreso a Ecuador y varias vidas después, trabaja en un taller de Carabanchel, donde su obra confronta el racismo y el machismo, pero también busca ofrecer ternura. Además, creó Warmi Rumi, un espacio en la Facultad de Bellas Artes de la Complutense de Madrid para que artistas latinoamericanas puedan mostrar sus obras.

Geoconda Jácome, artista quiteña radicada en Madrid, afuera de su taller, llamado Tu Patio, un espacio en Carabanchel.
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Soraya Constante
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MADRID. Geoconda Jácome llegó a Madrid en 2006 con tres cuadros, una obra colectiva y un billete que, en principio, era de ida y vuelta. Había sido invitada a participar en una exposición de artistas latinoamericanos y españoles en el Centro Cultural Conde Duque. La muestra continuaría después su recorrido por otras ciudades españolas antes de volver a Ecuador, pero ella no la acompañaría hasta el final. Cuando el resto de sus compañeros tomó el avión de regreso, Jácome se quedó en España con quien entonces era su pareja.
No fue una decisión largamente meditada. “No fue una decisión personal, fue una decisión de pareja”, recuerda. Los dos eran artistas, jóvenes y poco dados a los planes minuciosos. Él quería probar suerte en España y ella aceptó. Sin embargo, cuando vio partir a sus amigos, la aventura perdió de golpe parte de su ligereza. “Me dolió cuando se fue el avión. Me dolió muchísimo”.
Veinte años después, la artista quiteña, de 49 años, cuenta aquella escena desde su taller en Carabanchel. Está en El Patio, un espacio en el que conviven varios creadores, dentro de un distrito madrileño que en los últimos años se ha llenado de estudios, galerías y talleres. Ella llegó allí hace dos años, también en octubre, el mes que atraviesa buena parte de su obra y en el que suele llevar sus performances a la calle. Ahora prepara una nueva acción para el próximo 12 de octubre: trabaja con unos monigotes y busca una sala, aunque no descarta utilizar el propio estudio.
En el taller hay trabajos terminados y otros todavía en proceso. Hay plumillas construidas con líneas diminutas que exigen paciencia: puede tardar alrededor de un mes en completar cada una. Hay mujeres, símbolos prehispánicos, referencias a la naturaleza y figuras que parecen avanzar de una generación a otra. “Nuestras abuelas agachaban la cabeza, nuestras madres empezaron a levantarla y nosotras tuvimos que leer y luchar para comprender y defender sus derechos, y las jóvenes que ya distinguen con mayor claridad aquello que no están dispuestas a tolerar”.
Sus inicios en Quito: Desmontar la solemnidad
Su itinerario artístico comenzó mucho antes de Madrid. En Quito, Jácome estudió Bellas Artes en la Universidad Central del Ecuador y se incorporó a un grupo de creadores llamado La Corporación. Organizaban exposiciones dentro y fuera del país y editaban 'Abrelatas', una revista de arte en la que todos asumían distintas tareas. Eran los años de la crisis económica ecuatoriana y del paso del sucre al dólar. Se dedicaban por completo al arte, aunque casi no tenían recursos.
Con dos amigos formó después La Banda Mota y presentó el proyecto seleccionado para la muestra del Conde Duque. Por entonces pintaba retratos de Frida Kahlo, Pablo Picasso o Andy Warhol con una nariz roja de payaso. Quería desmontar la solemnidad que rodeaba a los grandes nombres y recordar que, antes que genios, también eran seres humanos. “Los grandes genios también son personas, también son seres humanos. Hay que verlos con esos ojos”, explica. La obra colectiva mezclaba fotografía, pintura, escultura y performance: ella se caracterizaba como Frida Kahlo; sus compañeros, como Andy Warhol y Joseph Beuys.

Tras la exposición, Jácome y su novio bajaron a Andalucía sin una ruta demasiado precisa. Se instalaron en Chiclana de la Frontera, en Cádiz, y comenzaron a pintar paisajes de la playa, torres y barcos de pescadores. Los fines de semana colocaban dos caballetes en el paseo marítimo y vendían los cuadros por 30 o 50 euros. A veces un pescador reconocía su embarcación en el lienzo y se lo llevaba. Después llegaron los encargos: amaneceres, atardeceres y cuadros de mayor tamaño elaborados a partir de fotografías.
Durante un tiempo pareció que podían sostenerse así. Pero la relación se rompió al cabo de un año. Jácome describe a su entonces pareja como un hombre “muy machista” y asegura que salir de Ecuador le permitió observar el vínculo desde otra perspectiva. Él regresó a Quito. Ella decidió quedarse.
Chiclana se le hizo pequeña y se trasladó a Málaga para estudiar yoga. Pensaba continuar después hacia Valencia y recorrer el norte de España, pero en Málaga conoció al hombre con el que terminaría compartiendo su vida. Después de su experiencia anterior, se había prometido dejar de buscar al artista que hasta entonces la atraía. “A mí me gustaba el típico hombre artista, creador y muy bohemio. Terrible”, recuerda. El nuevo hombre era jugador y profesor de ajedrez. Tenía, en sus palabras, “mucha cabeza”. Ambos estaban interesados en el yoga; ella lo invitó a una clase y él fue el único de sus amigos que aceptó. Más tarde salieron juntos a un concierto de jazz. “Ahí surgió”, resume.
Un matrimonio al apuro que ya lleva 18 años
Jácome se había quedado en situación irregular y vivía fuera de casi todos los márgenes del sistema. Fue él quien planteó una salida: “¿Qué te parece si nos casamos y después nos divorciamos?”. Se casaron por lo civil en Estepona, sin dinero para anillos y sin familiares ecuatorianos presentes. Antes tuvieron que contestar un cuestionario de alrededor de cien preguntas y recibieron una visita para comprobar que convivían. “Nos hacían preguntas: de qué lado de la cama duerme, cómo se llama su mamá, cómo se llama su hermana, qué hace la familia”. El divorcio que habían previsto nunca llegó. Llevan 18 años juntos.
En Málaga, Jácome pintaba en la habitación que alquilaba. Mantuvo los retratos con narices de payaso y retomó una pintura hiperrealista de crítica social que ya había desarrollado en Ecuador. Una de aquellas obras abordó la explotación laboral en las maquilas asiáticas. También presentó trabajos en espacios alejados del circuito institucional, como restaurantes y peluquerías, mientras se ganaba la vida como secretaria y recepcionista de una escuela de yoga y avanzaba en su formación como profesora.

De vuelta a su presente en Carabanchel, entre las imágenes del taller aparece el cartel de 'Panchita', una performance nacida de una herida. Durante una reunión con la familia española de su marido, en Estepona, uno de los asistentes la llamó así. Ella protestó, le dijo que era un insulto. La respuesta fue una defensa de la palabra como si no llevara detrás años de desprecio hacia los latinoamericanos. Jácome ya había escuchado antes el término utilizado de una forma inequívocamente ofensiva y decidió apropiárselo.
“Vale, es un insulto. Pues yo voy a coger el insulto, pero voy a hacer la diosa Panchita”, se dijo.
Un 12 de octubre salió a caminar por el centro de Madrid con un vestido amarillo, una cinta roja, una corona de flores y el letrero de 'Panchita'. Avanzó despacio por las calles próximas a la Puerta del Sol. Algunos españoles se acercaban para advertirle que la palabra era ofensiva. Varios latinoamericanos, en cambio, se colocaban a su lado para tomarse una fotografía y le decían: “Yo también soy Panchita”. Otros, envueltos en banderas españolas, se limitaban a mirarla con mala cara. Ella siguió caminando convertida en la diosa que había imaginado.
Su curiosidad por la performance venía de Quito. En una acción sobre la corrupción política realizada con su antigua pareja en la plaza 24 de Mayo —ambos vestidos con traje y la cara pintada de payaso—, él la perseguía mientras ella corría con un maletín. Cuando se sentó a descansar en una acera, una mujer que vivía en la calle interpretó la escena como real y le gritó: “Corre”. A Jácome la conmovió que una acción artística pudiera suspender, aunque fuera por un momento, la frontera entre representación y realidad. “Aquí hay algo valioso”, pensó.
La crisis económica y el retorno a la realidad de Ecuador
La crisis económica española de 2011 interrumpió la etapa andaluza. Sin trabajo y con un Ecuador que entonces parecía ofrecer más oportunidades, la pareja viajó a Quito. Jácome llevó consigo varios cuadros; el dueño de una aseguradora le compró dos por una cantidad que, según recuerda, les permitió vivir durante casi un año. Empezó a dar clases de Bellas Artes en una escuela de Tumbaco y vio abrirse la posibilidad de entrar como docente en la Universidad Central. Para optar a la plaza necesitaba un máster.
Volvió temporalmente a Madrid, cursó en la Universidad Complutense un máster en Investigación en Arte y Creación y regresó a Ecuador. Ganó la plaza universitaria después de una oposición en la que contaron su trayectoria artística, las exposiciones y el nuevo título. Por primera vez en mucho tiempo tenía un salario estable. Su marido, en cambio, no consiguió encontrar su sitio. No había terminado la universidad y las opciones laborales eran escasas. “Todos los días sueño con España”, le decía. Después de dos años, ella le pidió que volviera. Se separaron durante un tiempo y Jácome se quedó aferrada al puesto que tanto le había costado conseguir.

La docencia le gustaba; la institución, no. Según relata, en la Facultad de Bellas Artes había profesoras y alumnas que sufrían situaciones de acoso. Cuando varias estudiantes comenzaron a denunciarlas, Jácome convocó una reunión con autoridades universitarias, docentes y alumnas. Después llevó la denuncia al rectorado. La respuesta, asegura, no fue protección, sino una sucesión de represalias que la convirtió en objetivo dentro de la facultad.
Ella tampoco se quedó quieta. Con sus estudiantes transformó las clases de arte abstracto en intervenciones contra el acoso. Una mañana, las autoridades encontraron frente al decanato pequeños soldados con banderas que advertían: “Están vigilados”. En las escaleras aparecieron otros mensajes y, en otra acción, el grupo instaló plantas para “limpiar” de acoso la facultad. Cuantas más obras hacían, mayor era la presión sobre ella.
“Ahora que me acuerdo, no es que me quedara de brazos cruzados: yo también fui a por ellos”, señala. Pero aquella resistencia tuvo un coste emocional. “Me pusieron en la diana y me hicieron la vida imposible. Recuerdo haberme ido destrozada, con los nervios destrozados. Yo no sabía quién era”, cuenta.
Tres años de terapia para recuperarse
Terminó renunciando. Su padre y su madrastra tuvieron que ayudarla con los trámites porque, dice, había quedado anulada. “Yo no era yo. No podía hablar. Me anularon”. Regresó a España sin tener claro quién era. Su marido ya había obtenido una plaza de bibliotecario en la Universidad Complutense y la pareja se instaló en Madrid. Al llegar, se refugiaba durante horas frente al televisor: Tardó tres años de terapia en comprender la dimensión de lo ocurrido y comenzar a recuperarse. “Creo que me ayudaron la paciencia de mi pareja, la terapia y ver que ya no podían hacerme nada”, sostiene.
El arte volvió a tirar de ella. Había iniciado un doctorado después del máster y su directora de tesis la animó a retomar la investigación. Jácome se sumergió primero en la violencia de género: estudió feminismo y leyó, entre otras autoras, a Rita Segato y María Galindo. Al escuchar las experiencias de artistas latinoamericanas que trabajaban en Europa, identificó otra violencia que también atravesaba su propia vida: el racismo.
De esa búsqueda surgió 'Aquí estamos: invisibilidad, violencia de género y racismo', una tesis en la que reunió investigación y práctica artística. También creó Warmi Rumi, un espacio en la Facultad de Bellas Artes de la Complutense para que artistas latinoamericanas pudieran mostrar sus obras y discutir sobre violencia, colonialismo y racismo. El nombre, que significa “mujer piedra”, se lo había dado una chamana durante un ritual en Ecuador. Durante cuatro años, cada octubre organizó conferencias, performances y conversaciones. En la pandemia, la actividad se trasladó a internet y conectó a participantes de España, Argentina y Uruguay.

Terminó el doctorado en 2024, después de nueve años, con la mención cum laude. Para escribir la tesis trabajó durante dos años como recepcionista en un centro social comunitario: saludaba, se despedía y aprovechaba los periodos tranquilos para abrir el ordenador y continuar redactando. El yoga, mientras tanto, pagaba una parte de las facturas y le dejaba espacio para investigar y crear. Todavía imparte clases por las tardes en la Casa del Reloj, en Matadero Madrid. Las mañanas y los fines de semana pertenecen al taller.
Allí ha decidido trabajar sola. Después de años de proyectos colectivos y disputas por la autoría, a los 49 siente que ha llegado el momento de hacer las cosas a su manera. No depende de vender para producir, aunque las obras están a la venta. Sus piezas pueden costar a partir de 1.500 o 2.000 euros (USD 1.740 a 2320), cifras en las que se acumulan el alquiler del espacio, los materiales, el tiempo de trabajo y décadas de experiencia. Los compradores, sin embargo, son escasos. “Los artistas no vivimos del aire”, resume.
Sus performances también han cambiado. Durante años nacieron de la ira y de la necesidad de denunciar. En 'La estereotipada, esa otra', creada durante la pandemia, enumeraba los estigmas depositados sobre las mujeres latinoamericanas en España: “Soy la india, soy la esclava, soy la puta, soy la no ciudadana”. Desde entonces decidió realizar cada 12 de octubre una acción contra el racismo y el relato celebratorio de la conquista.
En sus dos trabajos más recientes, sin embargo, ha intentado transformar la rabia en esperanza. En uno de ellos, vestida con un traje inspirado en el curiquingue, zapateó al ritmo de unos latidos e invitó al público a sumarse. El movimiento hacía sonar el vestido mientras la danza establecía un pulso común. En otro, realizado junto a la artista boliviana María Galindo, apareció como una giganta, cantó una nana y acompañó con una quena las voces de los asistentes. Quería que la gente se marchara con la sensación de haber recibido un abrazo.

“Si estamos en una sociedad tan violenta, ¿por qué no puedo dar amor a través de la performance? ¿Por qué no puedo dar esperanza o ternura?”, se pregunta. Su iniciación en el budismo, después de años de yoga y meditación, también atraviesa ese viraje. Dice que la compasión no surgió espontáneamente, sino de un esfuerzo por sanar las heridas, cuidarse y construir relaciones afectivas sanas.
El arte es también una herencia familiar. Su padre, Luis Humberto Jácome Mayanza, conocido como Mayanza, es un destacado artista plástico ecuatoriano con más de 40 años de trayectoria en la pintura, el grabado y la escultura. Él continúa en Ecuador y ella quiere preparar una exposición conjunta en Quito. Sería una forma de reunir dos generaciones y dos itinerarios artísticos que la migración ha mantenido separados.
Geoconda Jácome no ha dejado de extrañar Ecuador. Toda su familia permanece allí y reconoce que la migración la obligó a vivir con una conciencia persistente de no pertenecer por completo al lugar en el que está. Pero volver definitivamente ya no parece una posibilidad sencilla: su vida, su pareja y muchos de sus vínculos están en España. La distancia también se ha convertido en material de su obra.
En el taller de Carabanchel, la Virgen del Panecillo ya no aplasta a la serpiente y Panchita ha dejado de ser únicamente un insulto para caminar por Madrid con corona de flores. Jácome sigue preparando nuevas acciones, enviando proyectos y dibujando línea a línea. Tras años de buscar un lugar en universidades, colectivos e instituciones, ha reducido su decisión a una frase: “Aunque me muera de hambre, voy a ser artista”.
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