Sus hijos creen que su padre fue a Ecuador por una medicina: la historia de una familia que la deportación dejó partida entre dos países
Tras más de una década construyendo una empresa en Estados Unidos, Pedro fue detenido por ICE y deportado a Ecuador. Hoy dirige a distancia el negocio que sostiene a su esposa y a sus hijos estadounidenses, mientras espera un reencuentro incierto.

Un migrante esposado es llevado a un centro detención, el 4 de junio de 2025 en Chicago, Illinois, en medio de una protesta de activistas contra las políticas migratorias del gobierno de Donald Trump.
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NUEVA YORK. "¿Cuándo vuelve mi papi?". La pregunta se repite casi todos los días en una casa de Nueva Jersey. La hacen dos niños de tres y cinco años que todavía no entienden por qué su padre desapareció de un momento a otro.
Su madre tampoco ha encontrado una explicación sencilla. Por eso les dice que Pedro, un nombre que no es realmente el suyo, viajó a Ecuador porque necesita tomar una medicina que solo puede conseguir allí.
Es una historia que inventaron para protegerlos. La verdadera es demasiado difícil de explicar. Y de contar. Tanto que —por miedo— padre y madre ecuatorianos piden que no se especifique de dónde son, de qué localidad, porque no quieren ser identificados.
Pedro fue detenido por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) cuando salía a trabajar una mañana de diciembre. Cuatro meses después fue deportado a Ecuador. Desde entonces, la familia vive separada por más de 4.000 kilómetros y trata de sostener una vida que construyó durante más de diez años en Estados Unidos.
Durante el 2025 se registraron 9.351 casos de ecuatorianos deportados, según el consulado de Queens, en Nueva York.
Diez años para construir una vida que terminó en cuestión de minutos
Cuando Pedro y Ana cruzaron la frontera estadounidense no buscaban un sueño americano. Buscaban pagar deudas y sobrevivir. En Ecuador las deudas crecían y el trabajo no alcanzaba.
Los primeros años en Estados Unidos fueron una sucesión de empleos temporales. Pedro hizo de todo: trabajó en construcción, retiró nieve, lavó platos, limpió baños y aceptó cualquier oportunidad que apareciera. Ana limpiaba casas y cuidaba niños.
Dos años después habían pagado las deudas que los habían obligado a emigrar. Entonces empezaron a pensar en algo más que sobrevivir.
Un amigo colombiano le explicó a Pedro que podía crear una empresa aun sin tener documentos migratorios, siempre que cumpliera con sus obligaciones tributarias. Lo puso en contacto con una organización que capacitaba a emprendedores migrantes.
Con los ahorros que había reunido creó una pequeña empresa de plomería. Aprendió inglés suficiente para atender clientes, registró el negocio, obtuvo un ITIN para pagar impuestos y comenzó a contratar principalmente a otros trabajadores hispanos, muchos de ellos ecuatorianos.
Con el tiempo compró una camioneta rotulada con el nombre de la empresa. Su agenda empezó a llenarse de servicios.
Sentía que, después de una década, finalmente había logrado ofrecerles estabilidad a sus hijos. Nunca imaginó que todo terminaría en una mañana.
"Ya fue": el día en que ICE detuvo su camioneta
Pedro recuerda que estaba por conducir hacia el primer trabajo del día cuando varios vehículos le cerraron el paso cerca de Newark. Agentes de ICE rodearon la camioneta blanca.
Dice que intentó mantener la calma. Alcanzó a poner las manos sobre el volante. "Ya fue", recuerda haber pensado.

Algunas personas que estaban cerca intentaron entender qué ocurría. Él quiso avisarle a su esposa, pero ya no tuvo oportunidad. Fue trasladado inicialmente al centro de detención de Elizabeth, en Nueva Jersey.
Durante dos días Ana no supo dónde estaba. Cuando finalmente pudo hablar con él, comenzó una carrera contrarreloj para buscar ayuda legal.
Encontró una organización que le recomendó un abogado especializado en inmigración.
Según relata Pedro, el abogado fue directo: su caso tenía pocas posibilidades de prosperar. Continuar la batalla judicial implicaba invertir miles de dólares adicionales sin garantías de éxito.
“Estaba aturdido, deprimido. Lloraba todas las noches. Mi compañero de celda enfermaba cada día más. Y casi a diario, un guardia me preguntaba. Ya vas a firmar tu deportación o no”.
Pedro, ecuatoriano deportado de Estados Unidos
Después de pasar por tres centros de detención distintos y convencido de que no lograría regresar con su familia en el corto plazo, decidió aceptar la deportación.
Llegó a Guayaquil en abril.
La deportación no terminó con el negocio, dice que lo transformó. Hoy Pedro dirige la empresa desde Ecuador. Coordina los trabajadores, organiza los servicios y responde las consultas técnicas. Ana hace el resto desde Nueva Jersey. Ella recibe las llamadas, agenda las citas y visita a los clientes.
“El problema es que no soy plomera”. Tampoco conoce de electricidad. Cuando un cliente hace preguntas técnicas, solo puede repetir las instrucciones que Pedro le da por teléfono. A veces funciona. Otras no.
Cuenta que incluso perdieron un cliente porque no pudo responder todas las dudas durante una visita. Aun así, continúa. “Es la única fuente de ingresos que mantiene a mi familia”.
Además, envía dinero poco a poco a Ecuador para ayudar a Pedro, aunque hacerlo también tiene un costo: calcula que paga entre 100 y 200 dólares mensuales en intereses para poder sostener ambos hogares.

La distancia también tiene un precio
Pedro regresó a Ecuador convencido de que podría empezar de nuevo. La realidad fue distinta. Dice que allá, en la tierrita, el trabajo de plomería se paga muy por debajo de lo que ganaba en Estados Unidos. Ha buscado empleo sin éxito.
Pensó abrir una pequeña tienda de abarrotes. Sus vecinos le recomendaron esperar. Le hablaron de la competencia, de la difícil situación económica y del temor a las extorsiones que afectan a algunos pequeños comerciantes.
Mientras tanto, continúa coordinando trabajos a miles de kilómetros de distancia. Pero la empresa no es el único vínculo que intenta sostener desde Ecuador: cada día, cuando termina de organizar servicios y trabajadores, Pedro vuelve a ocupar su lugar como padre a través de la pantalla de un teléfono.
La videollamada se ha convertido en el único lugar donde la familia vuelve a estar junta. Los niños hablan con su padre todos los días. Le cuentan lo que hicieron. Le muestran dibujos. Le preguntan cuándo regresará. “Los niños dicen que, con el dinero de la alcancía, podría alcanzar para viajar a Ecuador”. Ella sabe que no es tan sencillo. No solo depende de dinero.
"No somos malas personas"
Desde Nueva Jersey, Ana vive con un temor permanente. Sabe que ella también podría ser detenida. Por esa razón ya dejó firmado un poder relacionado con el cuidado de sus hijos si algo llegara a ocurrirle.
Nueva Jersey, parte del área triestatal junto a Nueva York y Connecticut, es una zona donde se asientan miles de migrantes ecuatorianos.
Dice que, si enfrenta un proceso migratorio, intentará defender su permanencia en Estados Unidos por todas las vías legales disponibles.
"No somos malas personas. Solo vinimos a este país buscando mejores oportunidades para nuestros hijos. Trabajamos, pagamos impuestos y queríamos construir una vida aquí".
Ana, migrante ecuatoriana en Nueva Jersey, Estados Unidos
Pedro también admite que ha pensado en regresar de alguna manera. Pero descarta hacerlo de forma irregular. Dice que el riesgo es demasiado alto.
Ha consultado con abogados migratorios buscando una alternativa legal para volver a reunirse con su familia. Hasta ahora no la ha encontrado. Por eso el plan es otro: ahorrar y crear un negocio que le permita establecerse nuevamente.
Esperar. Y confiar en que algún día dejarán de verse únicamente a través de la pantalla de un teléfono.
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