Vendido al cartel de Sinaloa por la Policía mexicana: el secuestro de Jorge en su ruta a Nueva York
Jorge salió de Quito en noviembre de 2023 hacia Estados Unidos, pero su viaje se convirtió en una tragedia de extorsiones y violencia. En Durango, México, la Policía local lo entregó al cartel de Sinaloa, donde permaneció secuestrado 15 días.

Imagen referencial del testimonio de un migrante ecuatoriano y la frontera entre Estados Unidos y México.
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Jorge (nombre protegido) partió de Quito en noviembre de 2023 tras una decisión impulsiva entre cinco amigos, motivados por las noticias de la ola migratoria desde Latinoamérica hacia Estados Unidos cruzando la selva del Darién.
Salió de su casa a las 22:00 con una mochila y el llanto de su madre, quien temía por un trayecto sin guías. No contrató 'coyoteros'. Su única brújula era un celular con mapas digitales y las historias de otros caminantes que buscaban el norte del continente desde la Terminal de Carcelén.
Pero el Darién fue un infierno donde el lodo y los barrancos no perdonan errores. Jorge recuerda que "donde te caías, ahí morías", porque nadie ayudaba a los heridos. Superó ríos con caimanes en Panamá y extorsiones en Colombia, donde manillas de colores regulaban el derecho a seguir caminando hacia la frontera con Estados Unidos.
En Durango, la Policía mexicana lo entregó al cartel de Sinaloa tras una traición del chofer del bus. Fue el inicio de un secuestro de 15 días, por el cual su familia pagó USD 3.500 para que sea liberado. Hoy, de regreso en Ecuador, Jorge recuerda su salida de Estados Unidos tras ser notificado de una multa de USD 182.000 impuesta por las leyes migratorias de Donald Trump.
La trampa de las manillas en Colombia y el Darién
Tras salir de Ecuador y cruzar, por vía terrestre, el territorio colombiano, Jorge llegó a una finca en Colombia donde miles de migrantes esperaban un pase para entrar a Panamá. En ese lugar, la libertad se compraba con manillas de tres colores: verde, naranja y rojo. El cobro por persona era de USD 200 solo para avanzar hacia la montaña.
Jorge tuvo que llamar a su familia en Quito para que depositaran el dinero en una cuenta. "Esto les cuesta para que puedan seguir el trayecto", le advirtieron los captores en un sitio donde no había presencia de militares ni policías.
El ascenso a la montaña fronteriza con Panamá duró casi un día entero bajo la lluvia. El camino era tan estrecho que cualquier resbalón terminaba en el barranco.
Jorge describe que caminaba por el río "como un mendigo", empapado y sin descanso. Al otro lado, en el territorio panameño, pagó USD 75 por un espacio en canoas que navegaban cerca de los caimanes.
En los puntos de retiro de dinero, los abusos continuaban con cobros de hasta USD 150 por cada trámite realizado por los coyoteros.
México y el cartel de Sinaloa
La peor parte de la travesía ocurrió en México. En Ciudad de México, Jorge y otros 20 migrantes que se conocieron en la ruta compraron boletos de bus, pero la vendedora los organizó en los asientos del fondo para entregarlos al chofer.
Tras pasar cinco retenes, la Policía mexicana detuvo la unidad y requisó a los pasajeros, quitándoles sus ahorros y documentos. Los agentes dijeron que irían a una casa de seguridad, pero en realidad los vendieron al cartel de Sinaloa en Durango.
Jorge permaneció encerrado 15 días en una finca vigilada por hombres armados. Dormía en el suelo sobre una alfombra junto a mujeres que lloraban por el miedo a ser violentadas.
Los captores le permitieron una llamada de un minuto para exigir un rescate de USD 3.500 a sus parientes en Ecuador. La amenaza era clara: si no pagaban en tres días, lo venderían a otra organización criminal más violenta. "Gracias a Dios se pronunciaron mis primos", recuerda sobre el pago que finalmente le salvó la vida.
Tras ser liberado, Jorge continuó hasta la frontera entre México y Estados Unidos, en Texas. Donde, a través de la aplicación CBP One, se entregó y pudo entrar a su país de destino. Mientras se solucionaba su situación legal, podía trabajar.
La clandestinidad y el retorno
Apenas llegado a Nueva York, Jorge pagó USD 250 por dormir en un sillón en la sala de una prima. Trabajó en un restaurante y en factorías, utilizando documentos falsificados para sobrevivir.
Pero con el segundo mandato de Donald Trump, la rutina cambió por el miedo a las redadas del ICE. Jorge caminaba dos horas diarias hacia su empleo para evitar los controles migratorios en los buses. "Tocaba salir a escondidas a trabajar", afirma sobre esos dos años de temor constante bajo la vigilancia de las autoridades federales.
La travesía terminó con una orden de expulsión, que en un inicio ignoró. Pero, según las normativas, las autoridades estadounidenses le impusieron una multa de USD 1.000 diarios por la permanencia irregular. Jorge acumuló una deuda de USD 182.000, una cifra impagable que lo obligó a volver para evitar la prisión.
De vuelta en Quito, advierte que arriesgar la vida en esa ruta es una idea extrema. Su testimonio es tajante al asegurar que tras "irse así es de locos" debido a los peligros, el sueño terminó en deudas y el retorno forzado a su hogar en la capital hoy. Usó sus ahorros de los dos años trabajados en Estados Unidos para comprar un vehículo, que hoy es su herramienta de trabajo como taxista.
Este especial fue elaborado como parte del tour de reportería sobre políticas de inmigración organizado por la Embajada de los Estados Unidos en el Ecuador.
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