Juan regresó encadenado tras 18 años en Brooklyn: “Éramos unos delincuentes para ellos”
Juan salió de Quisapincha en 2007 huyendo de la crisis económica. Tras un primer intento fallido, pagó USD 22.000 para llegar a Estados Unidos, donde trabajó 18 años en construcción. Una redada de migración en Queens terminó con su sueño.

Imagen referencial del testimonio de un migrante ecuatoriano y la frontera entre Estados Unidos y México.
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La frontera entre Estados Unidos y México es un muro prácticamente impenetrable en el segundo mandato de Donald Trump. Los controles militares y la falta de asilo dejan a los ecuatorianos en vulnerabilidad.
Territorios como el río Grande o el desierto de Sonora son una barrera letal patrullada por agentes que aplican la deportación inmediata. Esta política de control territorial se extiende hacia el interior de las urbes con operativos constantes.
Esta vigilancia se traduce en arrestos del ICE. Entre 2022 y marzo de 2026, la entidad detuvo a 25.089 ecuatorianos. Juan (nombre protegido), de 61 años, es parte de esta cifra.
Su vida en Estados Unidos terminó en Queens, Nueva York, donde las redadas capturaron a 8.180 compatriotas. Su historia es el fin de un ciclo que inició con la dolarización y terminó con leyes estrictas que impiden vivir con tranquilidad hoy.
Tras 18 años de trabajo, fue procesado como criminal. Regresó encadenado el 22 de febrero de 2026. Su viaje de USD 22.000 terminó en Guayaquil con las manos vacías y el miedo a un sistema implacable.
El peso de la deuda en 2007
Juan dejó Quisapincha, parroquia rural de Ambato. Era artesano y hacía chompas de cuero, oficio clásico y representativo de esa zona del país, pero la dolarización mermó sus ingresos.
El dinero ya no abastecía para sustentar a su familia y las deudas se acumulaban. Entonces, decidió ir a Estados Unidos. Una medida que en esa época se popularizó en Quisapincha, que dos décadas después es un santuario de la migración.
En esa parroquia resaltan las calles semivacías y construcciones altas y abandonadas. Decenas de sus habitantes salieron del país y envían dinero para construir grandes casas, que en la mayoría de los casos permanecen en obra gris y sin habitar.
Tras contactar a un coyotero, Juan viajó a Guatemala en avión y luego caminó hacia México. El trayecto duró dos meses y medio hasta llegar a Estados Unidos. Pero el esfuerzo fue en vano, ya que fue detenido en El Paso -localidad de Texas- tras cruzar el río Grande con otros 20 migrantes.
Aquel viaje le costó USD 16.000. Lo deportaron desde Houston a Quito después de estar detenido dos meses en Richmond Hill. Regresó con la idea frustrada y deudas con intereses de hasta 14%.
Tres meses después, lo intentó de nuevo con el mismo grupo de coyotes. Esta vez pagó USD 22.000 para lograr su meta. Juan salió decidido a llegar a su destino sin conocer nada del camino, y esta vez pudo sortear los controles migratorios hasta llegar a Estados Unidos.
Una vida en Brooklyn
Ya en Estados Unidos, Juan llegó a Brooklyn, el distrito más poblado de Nueva York, donde conocidos le dieron hospedaje. Su primer empleo fue en factorías de trituración de pescado con largas jornadas.
Con el tiempo aprendió construcción y trabajó en diversos lugares durante 18 años. Su rutina era constante para enviar dinero a sus hijos que quedaron en Ecuador. Juan nunca pudo regularizarse debido al récord migratorio de su primera detención en 2007.
Vivir 18 años lejos de su familia, reconoce entre lágrimas, fue triste. Su hijo mayor tenía 14 años cuando él partió y la comunicación a la distancia siempre fue dolorosa. Pero lo soportó a cambio de darle una vida digna a su familia.
Sin embargo, con el segundo mandato de Donald Trump, la tranquilidad desapareció, pues Juan asegura que se vivía con el temor constante de ser buscado por los agentes del ICE que buscaban deportarlos.

El fin del sueño en Queens
El jueves 22 de febrero de 2026 su vida cambió. Juan salió a buscar empleo a la intersección de la 111 y Rockaway, en Queens. Ahí hay una explanada donde los obreros esperan que los contratistas los lleven a las obras.
Hacía mucho frío. Juan cruzó la calle con un amigo para comprar un café. Al intentar regresar, el semáforo en rojo los detuvo en el paso cebra. Cuando la luz cambió a verde y dieron el primer paso, cuatro carros de agentes de migración los rodearon.
El ecuatoriano decidió quedarse quieto y no correr para evitar ser golpeado. Recordó que había escuchado de casos de otros migrantes que llegaban a los centros con moretones por intentar escapar. Así, lo llevaron detenido a una sede federal en Nassau, donde se sintió tratado como "un delincuente común sin derechos".
Pasó un mes detenido entre Queens y Texas. Juan consintió la deportación voluntaria para evitar esperas en la corte. Un domingo en la tarde, mientras se duchaba, escuchó su número de registro. Le ordenaron alistarse.
A las 22:00 lo sacaron de las celdas y lo encadenaron de pies, manos y cintura. El viaje al aeropuerto duró una hora y media. Subió a un Boeing 747 junto a 120 ecuatorianos y 80 peruanos. “Totalmente éramos unos delincuentes para ellos”, relata sobre el trato de los agentes durante el vuelo.
Al aterrizar en Guayaquil, se vio de regreso a su país y totalmente solo, ya que nunca pudo avisar a sus hijos de que sería deportado. Compró un chip ecuatoriano, que introdujo en el teléfono que le devolvieron al aterrizar y pudo llamar a un familiar que lo ayudó a viajar a Quisapincha.
Hoy, cinco meses después de su regreso, Juan habla de secuelas psicológicas. Todavía no ha decidido qué hacer, si volver al cuero textil o buscar otro oficio. Pero lo que asegura es que no volvería a intentar migrar irregularmente.
Este especial fue elaborado como parte del tour de reportería sobre políticas de inmigración organizado por la Embajada de los Estados Unidos en el Ecuador.
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