'Pienso salir de esta': La historia de Víctor, un migrante ecuatoriano que lucha por dejar de dormir en las calles de Madrid
Trabajaba bien. Ganaba lo suficiente y hasta pudo levantar una casa en Ecuador. A Víctor, un migrante lojano con 25 años en España, un cáncer le cambió el destino. Y luego el alcohol, que lo ha llevado a dormir en la calle. Ahora, en Madrid, busca salir de esta racha dolorosa con la ayuda de la asistencia social de la capital española, una realidad que viven otros migrantes en medio de una crisis por los costos de alquiler.

Víctor, un migrante ecuatoriano, que por el momento vive en el Centro de Acogida San Isidro, en Madrid, ya que no tiene hogar.
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Soraya Constante
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MADRID. Víctor Ochoa lleva siempre un rosario de la Virgen del Cisne colgado al cuello. Es pequeño, discreto, pero suficiente para recordar de dónde viene. Nació en Loja y hace 25 años llegó a España siguiendo los pasos de sus hermanas, que habían emigrado antes. Aún recuerda con precisión la fecha de su llegada porque fue la misma semana en que cayeron las Torres Gemelas en Nueva York.
Su idea era sencilla. Trabajar unos años, ahorrar y regresar. “Yo dije unos tres años”, recuerda. Pero la vida fue alargando los plazos. Primero vivió en Madrid, luego en Valencia, más tarde en Navarra y finalmente regresó a la capital. Pasaron los años, formó una familia, trabajó en la pintura y las reformas, cotizó durante 17 años y llegó a ganar lo suficiente para levantar una casa en Ecuador. También consiguió traer a España a una hija de su primer matrimonio.
Durante mucho tiempo encarnó una historia de integración común entre miles de migrantes latinoamericanos. “Ganaba bien, tenía pagas extras, todo”, recuerda. Pero los caminos rara vez son lineales.
En 2006 le diagnosticaron cáncer testicular. La enfermedad se extendió a los pulmones y tuvo que someterse a un largo tratamiento de quimioterapia en Valencia. Pasó aquel proceso prácticamente solo. Logró superarlo, pero otras batallas llegaron después.
El alcohol fue una de ellas.
“Todo lo tiré a la borda por el alcohol”, admite. Lo que comenzó como un hábito de fin de semana terminó erosionando su estabilidad personal y familiar. Su segunda pareja le pidió que se marchara de casa y la ruptura acabó precipitando una caída más profunda. Sin vivienda y con problemas de salud cada vez más graves, terminó durmiendo en la calle.
Durante casi tres años durmió en distintos puntos del centro de Madrid. Algunas noches las pasó junto a otros compañeros en la zona de Sol. La calle se convirtió en rutina. Hasta que su cuerpo dijo basta.
“Perdí el conocimiento”, cuenta Víctor, de 48 años.

Madrid tiene plazas de acogida para personas sin hogar
Fue entonces cuando entró en escena el Samur Social, el servicio municipal de emergencias sociales que opera las 24 horas del día (también hay el Samur-Protección Civil). Tras ser trasladado al hospital, los equipos municipales gestionaron su acceso a la red de atención para personas en situación de sinhogarismo. Desde entonces reside en el Centro de Acogida San Isidro, conocido como CASI.
La historia de Víctor es singular, pero también refleja una realidad mucho más amplia.
Según los datos del INE correspondientes a 2022, en la Comunidad de Madrid viven unas 4.146 personas sin hogar. Frente a esta realidad, la red municipal dispone de alrededor de 1.100 plazas de acogida, una cifra que, según explica María Isabel Cebrecos del Castillo, subdirectora del Centro de Acogida San Isidro, puede acercarse actualmente a las 1.200 si se contabilizan distintos programas complementarios.
La inmensa mayoría de los usuarios son españoles. Según los datos facilitados por el centro, en abril la red municipal atendía a 695 personas extranjeras, de las cuales 132 procedían de Sudamérica. En los centros de acogida de la red, 56 usuarios eran sudamericanos.
La demanda supera habitualmente a la oferta y las listas de espera son una constante.
Cómo se distribuyen las camas para personas que no tienen dónde ir
El acceso a los recursos no depende de la disponibilidad inmediata de una cama. Existe un mecanismo centralizado denominado Puerta Única de Entrada (PUE), formado por trabajadores sociales que valoran cada caso y determinan qué recurso es el más adecuado para la situación concreta de la persona.
“Lo que hace la PUE es valorar no tanto la historia que traiga la persona sino el momento vital en el que se encuentra”, explica Cebrecos.
Mientras el Samur Social actúa como primera línea de intervención en la calle y en situaciones de emergencia, la PUE funciona como el centro neurálgico que distribuye los recursos disponibles dentro de la red municipal.
El propio Centro de Acogida San Isidro ocupa un lugar destacado dentro de ese sistema. Situado en el Paseo del Rey, abrió sus puertas en 1943 como un albergue municipal que quedaba en las afueras de la ciudad. Durante décadas fue prácticamente el único gran recurso de acogida de la ciudad. Gestionado históricamente con la colaboración de las Hijas de la Caridad, evolucionó desde un modelo centrado en la asistencia básica hasta convertirse en un espacio de intervención social integral. Con el crecimiento urbano de Madrid, el antiguo albergue terminó integrado plenamente en la trama urbana de la capital.
Hoy es uno de los cinco centros públicos de la red municipal y dispone de 268 plazas de pernocta —177 para hombres y 91 para mujeres—, además de plazas en pisos y pensiones externas y de un servicio de centro de día para personas que necesitan apoyo sin alojamiento permanente.
Pero el trabajo del CASI no consiste únicamente en ofrecer una cama.
En una de las paredes del centro cuelga un mural lleno de mensajes escritos por niños que han visitado las instalaciones. “Sois muy fuertes”, puede leerse en algunos carteles. “Podéis con todo”, dicen otros.

El objetivo: 'salir del bucle'
Detrás de esos mensajes está la filosofía que guía la intervención de los profesionales: ayudar a las personas a salir de lo que denominan “el bucle”.
Para Cebrecos, el concepto tiene un significado muy concreto. “Nosotros llamamos salir del bucle el salir de la red, aunque sea ir a otra red”, explica.
No siempre significa alcanzar una autonomía completa. A veces consiste en acceder a un recurso más adecuado para las necesidades de cada persona. Un usuario mayor que pasa a la red de atención a personas mayores, alguien que reconstruye sus vínculos familiares o una persona migrante que decide regresar a su país de origen también pueden estar rompiendo ese círculo de exclusión.
“A veces no se trata de autonomía, sino de que estés en el recurso donde mejor se te pueda atender”, señala.
Las salidas son múltiples. Algunas personas consiguen rehacer su vida de forma independiente. Otras regresan con familiares. Otras vuelven a sus países. Pero ninguna de esas trayectorias suele ser rápida ni sencilla.
“Las recaídas siempre son parte del tratamiento. Ya cuentan con eso. Va a haber”, afirma la responsable del centro.
La experiencia de décadas de trabajo le ha enseñado que los procesos de recuperación no son rápidos y que detrás del sinhogarismo suelen confluir múltiples factores: problemas de salud mental, adicciones, rupturas familiares, pérdida de redes de apoyo, dificultades económicas o una combinación de varios de ellos.
A ello se suma un problema cada vez más visible en Madrid: el acceso a la vivienda.
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Cebrecos considera que el encarecimiento de los alquileres y las dificultades que encuentran muchos inmigrantes para acceder al mercado residencial hacen cada vez más difícil abandonar los recursos asistenciales. Por eso insiste en que la verdadera solución pasa por actuar antes de que una persona llegue a la calle. “Donde está la solución, donde hay que poner el foco, es en la prevención”, sostiene.
También rechaza las etiquetas que convierten una circunstancia temporal en una identidad permanente. “Odio la palabra persona sin hogar. ¿Naces ya como persona sin hogar? Pues hombre, no. Estás en una situación temporal”.
Por eso prefiere hablar de personas "en situación de sinhogarismo" o "en situación de sin hogar", expresiones que ponen el foco en una circunstancia y no en una identidad permanente.
Víctor conoce bien esa temporalidad.
Hace apenas unos días sufrió una agresión. Le robaron el móvil, la documentación y la tarjeta bancaria. El episodio se convirtió en una nueva sacudida. También en un punto de inflexión.

“Ahora mismo hace una semana que he parado”, dice al referirse al alcohol.
No es la primera vez que intenta dejarlo. Ya acudió anteriormente a un centro especializado en adicciones. Ahora espera recuperarse físicamente para retomar el tratamiento, acompañado por su trabajadora social y su psicóloga.
Mientras tanto, vive en el Centro de Acogida San Isidro. Comparte habitación con otros residentes, recibe el Ingreso Mínimo Vital (unos 600 euros o USD 692) y realiza pequeños trabajos ocasionales. A veces ayuda en el bar de su hermana, en Usera. No tiene empleo estable porque sus problemas de salud siguen condicionando su día a día.
Aun así, cuando habla del futuro, mantiene una convicción que parece resistir a todas las caídas anteriores.
En el muro de los deseos del centro vuelve a leer esa frase: “Podéis con todo”, toca el rosario que lleva al cuello, el mismo que lo conecta con Loja, con el país que dejó hace un cuarto de siglo y con la vida que todavía espera recuperar.
“Pienso salir de esta. Claro que sí”.
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