Volverse 'invisible' hasta quitándose el apellido: el miedo a ICE altera la jornada laboral en Nueva York y Nueva Jersey
Trabajadores con permiso laboral reducen recorridos, buscan la noche o la madrugada para movilizarse, cambian vehículos, les quitan cualquier identificación de sus empresas y evitan ciertas zonas por temor a los operativos migratorios. Negocios de construcción y servicios en Nueva York y Nueva Jersey ya sienten el impacto.

Personas caminan por la avenida Broadway, en el área de Manhattan, en Nueva York, el 12 de mayo de 2026.
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AFP
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NUEVA YORK. Hace apenas un mes, Diego podía atender hasta diez servicios en un solo día. Su empresa se mueve entre Nueva Jersey, Pensilvania y Nueva York haciendo trabajos que pocas veces pueden esperar demasiado: una tubería rota en un condominio, una falla eléctrica en una vivienda, un aire acondicionado que deja de funcionar en pleno verano o el mantenimiento de un jardín.
Diego, un migrante brasileño, lleva más de 21 años trabajando con cuadrillas formadas principalmente por migrantes. Dependiendo del tipo de reparación, la ubicación y el cliente, paga entre 25 y 40 dólares por hora. Pero últimamente tener el trabajo no significa tener a quien enviarlo.
“Antes llamaba y decía: ‘Tengo esto, hay que ir mañana’. Hoy tengo que preguntar primero dónde es, quién quiere ir y a qué hora puede hacerlo”, cuenta.
Algunos trabajadores prefieren no desplazarse durante el día hacia lugares donde han escuchado que hay operativos migratorios a cargo de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Otros rechazan recorridos largos o evitan salir en camionetas que llevan escaleras, herramientas y otros equipos propios de la construcción. Diego termina trasladando ciertas reparaciones a la noche o buscando a otra persona. En una jornada en la que antes podía resolver diez servicios, dice, ahora puede completar cuatro o cinco.
Ha intentado ampliar su equipo. Tampoco ha sido fácil.
“Busqué gente con residencia o ciudadanos, pero ellos pueden cobrar prácticamente el doble de lo que yo pago y tampoco tienen esa disponibilidad”. En un negocio basado en emergencias, esa diferencia termina afectando los tiempos y, algunas veces, el precio que paga el cliente, explica.
Una furgoneta sin escalera, sin apellido y sin número telefónico
Joaquín conoce muy bien ese cambio. Es macareño, llegó a Estados Unidos hace 13 años y casi siempre ha trabajado en construcción. Tiene su propia cartera de clientes y normalmente trabaja solo o acompañado por un primo, aunque también ayuda a Diego cuando necesita completar una cuadrilla o resolver varios servicios a la vez.
Durante años no le importó demasiado dónde estuviera el próximo trabajo. Podía manejar una hora y media o dos horas si el cliente lo necesitaba. Salía en una furgoneta blanca en la que llevaba escrito su apellido y su número telefónico, con una escalera instalada en el exterior y las herramientas necesarias para resolver casi cualquier reparación.

Ya no. Desde hace aproximadamente dos meses, intenta aceptar trabajos que queden a menos de una hora de distancia. Borró de la camioneta su apellido y el teléfono. Retiró también la escalera del techo y ahora intenta llevarla dentro de un SUV blanco.
“Pero si te fijas bien igual se nota que soy latino”, bromea. Después deja de reír.
“Si no es por la escalera, será por la placa del carro o por mi apariencia. Trato de ser invisible, pero sé que si quiero trabajar tengo que exponerme. Solo toca rezar, nada más”.
Joaquín, migrante ecuatoriano radicado en Nueva York
Cuando puede, Joaquín trabaja de noche. No es una estrategia únicamente suya. Dice que entre conocidos han comenzado a organizarse. Si un trabajo queda demasiado lejos para uno, se lo pasan a otro que vive más cerca. Si alguien no quiere utilizar su camioneta, otro puede prestarle un automóvil. También se recomiendan clientes entre ellos.
Las experiencias de Diego y Joaquín coinciden con un mercado laboral estadounidense donde la mano de obra inmigrante tiene un peso difícil de sustituir rápidamente. En 2025, los trabajadores nacidos fuera de Estados Unidos representaban 19,1% de toda la fuerza laboral del país, casi uno de cada cinco trabajadores, según el Bureau of Labor Statistics (BLS). Además, tienen una presencia proporcionalmente mayor que los nacidos en Estados Unidos en ocupaciones de servicios, construcción, mantenimiento y transporte.
Las empresas constructoras ya reportaban el impacto de la política migratoria sobre sus plantillas. En una encuesta nacional publicada en enero de 2026 por la Associated General Contractors of America, 33% de las compañías dijo haber sido afectada por acciones de control migratorio durante los seis meses anteriores; 11% señaló que trabajadores dejaron de presentarse debido a operativos reales o rumores sobre ellos y 24% informó que sus subcontratistas habían perdido personal.
Eso explica por qué el fenómeno se percibe primero en lugares como el negocio de Diego: en llamadas que tardan más en encontrar respuesta, cuadrillas que ya no quieren recorrer ciertas rutas y reparaciones que empiezan cuando el sol ya cayó.
El miedo no se limita a la construcción

Víctor, quiteño, trabaja formalmente en un restaurante ubicado en Manhattan entre las 15:00 y las 23:00. Tiene número de Seguro Social y permiso de trabajo vigente. Durante un año aprovechó las mañanas para completar sus ingresos haciendo entregas o conduciendo para aplicaciones de transporte.
Ahora evita hacerlo. Dice que durante el día prefiere permanecer fuera de las calles cuando escucha sobre operativos migratorios. El problema es que necesita ese segundo ingreso.
Por eso cambió el horario. Cuando termina su turno en el restaurante, cerca de las 23:00, en lugar de volver directamente a casa abre la aplicación y comienza a conducir. Algunas noches termina a las dos de la madrugada. Otras, más tarde.
Tiene una regla. “No me voy a casa hasta hacer por lo menos 100 dólares”. Son los mismos 100 dólares que antes intentaba conseguir durante la mañana. Lo que cambió es el momento del día en que siente que puede salir a buscarlos.
A Diego le ocurre algo parecido con sus cuadrillas:
“Las tuberías siguen rompiéndose y los aires acondicionados continúan necesitando reparaciones, trabajo hay; lo que ahora cuesta encontrar es gente que quiera salir”.
Diego, migrante brasileño dueño de empresa de servicios que opera con cuadrillas de trabajadores latinos
Víctor recuerda un día de julio en que una compañera del restaurante avisó que llegaría tarde. Había operativos migratorios cerca de su casa y tenía miedo de salir. Primero dijo que llegaría un poco tarde. Al final, no llegó. “El miedo se apoderó de ella”, cuenta.
Ninguno ha dejado de trabajar porque tampoco puede permitírselo. “Las cuentas no entienden de miedo ni esperan a que pase una redada”, dice Víctor. Por eso siguen saliendo. “La diferencia es que algo tan normal como ir a trabajar, aún con documentos legales, ha dejado de ser una decisión cotidiana”, concluye Joaquín.
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