El caos bélico en Oriente Medio lleva a Europa a las puertas de una nueva crisis energética
"Lo que estamos viendo es algo inaudito", aseguran expertos petroleros sobre escenarios que se dan al mismo tiempo. La escalada por el avance de los hutíes en Yemen, sumado a la guerra en Irán, provoca que las vías para distribuir combustibles estén cada vez más cercadas y que la violencia impacte en la producción de refinerías clave. El abastecimiento, con miras al invierno en Europa, por ejemplo, se torna un desafío.

Un barco comercial permanece anclado en la costa del estrecho de Bab el Mandeb, el 12 de septiembre de 2026, en Yemen, una estratégica zona para el traslado de combustibles saudíes, que está bajo asedio de rebeldes hutíes.
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AFP
Autor:
Ignacio Fariza
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Donald Trump volvió al poder con dos grandes promesas en política exterior: solucionar la guerra en Ucrania “en 24 horas” y no meter a su país en más contiendas “interminables”. Casi dos años después de su contundente victoria electoral, la invasión rusa continúa, sin viso alguno de un pronto final, y Estados Unidos se ha metido de lleno en un nuevo avispero, uno más, en Oriente Próximo. Dos conflictos de final impredecible, que han arrastrado el coste de los combustibles fósiles a zona de máximos históricos en todo el mundo y arrojan cada vez más dudas sobre si, con la brújula de los precios desimantada, las cadenas de suministro soportarán la presión.
La martilleante concatenación de reveses tiene pocos precedentes a los que asirse. Por Ormuz, puerta ineludible de salida del petróleo y el gas del golfo Pérsico, navegan hoy apenas un puñado de barcos cada día, por su cuenta y riesgo o escoltados por la Marina estadounidense; una mínima fracción de los que transitaban por ese paso marítimo clave antes de los primeros bombardeos contra Irán.
Arabia Saudí, primer exportador mundial de crudo, lleva una semana larga fuera de juego: las milicias proiraníes han conseguido forzar el cierre hasta nueva orden del oleoducto Este-Oeste, su única alternativa a Ormuz. Los rebeldes hutíes, siempre a expensas de Teherán, amplían su dominio en Bab el Mandeb, otro paso marítimo clave. Y Rusia, con sus refinerías severamente dañadas por los contraataques ucranios, está a punto de renovar un mes más su prohibición de exportar diésel: atender a su propio mercado interno ya es casi una quimera. Un póquer de elementos adversos que dejan, en fin, al mundo al borde de otra crisis energética.
“La situación se ha deteriorado, y mucho, en las dos últimas semanas (las transcurridas desde la toma hutí del estrecho de Bab el Mandeb y los ataques contra el oleoducto saudí). Lo que estamos viendo es algo inaudito”, dispara por teléfono Francisco Blanch, jefe global de materias primas y derivados del Bank of America. “El desorden en Oriente Próximo es enorme, y ni hay suficiente crudo en el mercado ni, sobre todo, hay suficientes refinerías disponibles para procesarlo”.

Si en primavera el gran cuello de botella estaba en el combustible para aviones, ahora —un calco de lo sucedido en los primeros meses de la invasión rusa de Ucrania— las preocupaciones se centran en el diésel. Moscú, histórico proveedor europeo, tiene inactiva casi la mitad de su capacidad de refino. Riad, en la práctica, ha desaparecido del mercado: con tres instalaciones clave operando por debajo de su capacidad —las refinerías de Yanbu, Samref y Yasref, todas ellas bañadas por un mar Rojo devenido en polvorín— se ha visto obligada a pausar todos sus envíos de crudo y carburantes al Viejo Continente.
“Ni el diésel ni el gasóleo para calefacción tienen mucha solución a corto plazo”, sostiene Blanch. Y lo que los precios señalizan, con el galón a más de seis dólares en EE UU y el litro a más de dos euros en la mayor parte de la UE, es un “gran” problema potencial de suministro en el horizonte “si las cadenas de suministro no se han restablecido para Navidad”.
¿Puede deslizarse el mundo hacia la segunda gran sacudida energética en menos de un lustro? “Definitivamente”, responde al otro lado del teléfono Thierry Bros, profesor de Sciences Po París. “Sobre todo Europa, por su dependencia del exterior y porque los subsidios a los carburantes siguen retrasando la electrificación. Como no tenemos ni gas ni petróleo, la única salida que tenemos es diversificarnos y destruir demanda”.
Vienen, en palabras del analista del Bank of America, “semanas muy complicadas”. Con una incógnita importante: qué ocurrirá después de las elecciones de mitad de mandato en EE UU, el próximo 3 de noviembre, en las que los sondeos apuntan a un revolcón de campeonato para el Partido Republicano, que incluso puede perder las dos Cámaras del Congreso. “La gran duda es cómo reaccionará Trump y si entonces puede o no abrirse un espacio para la diplomacia”.
Lejos de ser compartimentos estancos, gasóleo, gasolina y queroseno son, en gran medida, vasos comunicantes. Las refinerías, sobre todo las más modernas y flexibles, pueden optar por producir más de uno de ellos en detrimento del resto. Y eso es exactamente lo que lleva meses sucediendo: estas instalaciones, que privilegiaron el queroseno durante meses, ahora hacen lo propio con el gasóleo. Resultado: todo mucho más caro y una sensación —compartida por todos los analistas consultados— de que, pese a estar ya por las nubes, los precios no reflejan del todo la gravedad de la situación.
Hay, dice Blanch, algo que podría “empeorar aún más” las cosas: que Trump prohíba las exportaciones estadounidenses de combustibles fósiles, una idea que el propio presidente ha aireado públicamente este martes. “Sus consumidores quizá salieran beneficiados, con precios más bajos, pero haría mucho daño a su economía, que se está viendo muy respaldada por esas ventas”, aquilata. El golpe de ese potencial veto, precisan Gregory Brew y Henning Gloystein, de Eurasia Group, en una reciente nota para clientes, sería particularmente agudo en dos regiones: Europa y América Latina. Las más dependientes, por mucho, de los carburantes de origen estadounidense. Con todo, Samantha Gross, del Brookings Institute, sospecha que “la escasez real puede llegar en los países que no pueden permitirse pagar mucho más por los carburantes”.
Si la sangre no ha llegado aún al río, a una crisis energética de caballo, es solo gracias a cuatro mitigantes con escasos antecedentes históricos. Primero, que el mercado mundial chapoteaba en petróleo antes de que la dupla Trump-Netanyahu lanzase las primeras bombas sobre Irán: había más oferta que demanda, un desequilibrio estructural y que irá más. Segundo, que la cada vez más necesaria electrificación reduce —y reducirá, sobre todo reducirá— la demanda de gasolina y gasóleo. Tercero, que las reservas estratégicas estaban repletas; eso, en cambio, ya no es así, tras su rápida utilización en los primeros compases del cierre de Ormuz. Cuarto, que la economía mundial depende mucho menos que nunca antes del petróleo y sus derivados, lo que aligera y mucho la losa de los precios.
Y luego está el gas. Auténtico nudo gordiano en la crisis energética europea de 2022 y 2023, ahora parece opacado por un petróleo que lo abarca todo. Pero aquí también hay motivos para tener las orejas tiesas: el cierre de Ormuz ha dejado fuera de juego al segundo mayor exportador mundial de gas natural licuado (GNL), Qatar, que se ha visto obligado a cancelar el grueso de sus ventas a la UE y a Asia alegando “fuerza mayor”.
Las reservas continentales de este combustible, clave para la industria y las calefacciones, están en mínimos de más de una década y unos 20 puntos porcentuales por debajo de donde suelen estar a estas alturas del año. “Lo que esperamos es que este invierno, como los últimos, no sea demasiado frío en Europa. Porque, si lo es, sí podemos tener problemas importantes”, desliza Ana Maria Jaller-Makarewicz, analista del Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero (IEEFA, por sus siglas en inglés).
A diferencia de 2022 y 2023, cuando la invasión rusa de Ucrania disparó súbitamente el precio y el temor al desabastecimiento, estamos, esboza la analista del IEEFA, “ante una crisis a cámara lenta”. Qatar no está en el mercado. Los flujos procedentes de Noruega están cerca de su tope. Y la competencia con Asia por el GNL es mucho mayor que hace unos meses. Los más de 70 euros por megavatio hora de hoy han elevado el precio de la luz, pero palidecen frente a los más de 300 de cuatro años atrás. “Europa tendrá que pagar más para atraer metaneros que originalmente van a otras partes del mundo”, augura Gross por correo electrónico. “La incertidumbre es enorme: lo único claro es que no hay ninguna solución clara a la vista”, zanja Jaller-Makarewicz.
Contenido publicado el 22 de septiembre de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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