Hantavirus: En este pueblo de la Patagonia se confirmó hace ocho años cómo se contagia y cómo se contiene el virus
Hasta 2018 se sabía poco del hantavirus pero un brote en este pueblito de 2.400 habitantes confirmó que el virus se puede transmitir entre personas y cómo se puede contener su propagación.

Residentes limpian sus terrenos para evitar la infección por hantavirus en Epuyén, Argentina, el 9 de mayo de 2026.
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Autor:
AFP / Redacción Primicias
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El brote de hantavirus en Epuyén, un pequeño pueblo de la Patagonia argentina en donde hace ocho años murieron 11 personas y 34 se contagiaron, marcó un hito en la epidemiología al confirmar la transmisión entre humanos y establecer el aislamiento selectivo como protocolo sanitario vigente para lidiar con la mortal enfermedad.
Mailén Valle perdió a su padre y dos hermanas en ese brote de hantavirus que se transmitió entre varios pobladores y ocho años después, los contagios a bordo del crucero MV Hondius reabren la memoria de esta comarca patagónica marcada por la calamidad.
"Perder a mi papá y a mis dos hermanas en menos de un mes…", empieza Mailén, de 33 años, sin terminar. La voz se le rompe, ríe nerviosa. Decide leer un texto que había escrito porque anticipó que le costaría hablar: "Nadie estaba preparado para ver cómo en cuestión de días una mesa familiar quedaba vacía", dice.
Todo lo que debe saber del hantavirus
Se refería al brote de hantavirus que golpeó a este pequeño pueblo patagónico de 2.400 habitantes donde el virus dejó 34 casos y 11 muertos entre diciembre de 2018 y marzo de 2019.
El padre de Mailén, Aldo Valle, enfermó después de un cumpleaños en esta localidad encajonada entre montañas y al borde de un lago, donde el hantavirus es endémico.
"La persona con el virus estaba justo en la misma mesa de mi papá. Y en esa mesa hubo varios contagios y personas fallecidas", recuerda Mailén.
En un pueblo chico donde todos se conocen, el velorio de Aldo Valle fue otro foco de propagación. Días después enfermaron sus hijas. La muerte de la primera "fue cuestión de horas", cuenta Mailén. A la segunda, "la tuvimos que llevar al cementerio sin poder velarla".
La cepa Andes del hantavirus se transmite por contacto con orina, heces o saliva de roedores infectados, a menudo inhaladas en el polvo que las contienen. En la Patagonia argentina y chilena, el vector es el ratón colilargo.
El Bolsón, donde se descubrió la transmisión entre humanos

El epidemiólogo Jorge Díaz, de la Secretaría de Salud de la provincia de la provincia de Chubut y quien trabajó en la respuesta al brote de Epuyén, dijo que cuando ocurrió el brote en 2018 "se sabía muy poco sobre la enfermedad".
En 1996 se había descubierto la transmisión entre humanos en el cercano y turístico pueblo de El Bolsón, que fue confirmada años después en Epuyén.
"Se implementó la cuarentena, que obligó a los contactos de una persona positiva a aislarse por 45 días", explicó Díaz.
Un centenar de personas fueron puestas bajo aislamiento obligatorio, en una escena que anticipó, un año antes, los rigores de la pandemia de covid-19.
Ese abordaje, llamado "aislamiento selectivo", marcó un cambio en la respuesta epidemiológica: ahora, "cada vez que ocurre un caso de hantavirus (Andes), se indica o se recomienda el aislamiento".
El miedo de los otros

En la comarca saben convivir con el virus, al que llaman "el hanta". Ventilan habitaciones a menudo y limpian las supervicies con cloro para protegerse del colilargo.
Pero el brote de ocho años atrás cambió la escala: el enemigo ya no era solo el roedor, también podía ser el vecino.
Mailén recuerda el estigma. "Nos sentíamos muy discriminados", dice. Los pobladores cuentan que en otros pueblos de la comarca no les permitían entrar a los negocios.
Isabel Díaz, de 53 años, vivió la tragedia desde otro lugar. Su padre, Víctor Díaz, el que asistió a la fiesta con los primeros síntomas de "el hanta", fue señalado como el "paciente cero", rótulo que su familia rechaza como estigmatizante.
"A mi papá lo miraban mal. No tiene culpa de haberse enfermado. Porque sos de Epuyén, porque sos el caso cero, o porque sos la 'hija de'", dice Isabel. Sus ojos se llenan de lágrimas. "Uno no busca enfermarse y mucho menos contagiar, mucho menos perder a una madre".
Isabel también enfermó. Poco después se contagió la madre. "Fue la paciente seis" de los 11 fallecidos.
"Una tras otra"

Desde entonces se encadenaron la pandemia y dos incendios forestales consecutivos -en los veranos de 2025 y 2026- que cambiaron el paisaje.
La ruta nacional 40 muestra casas destruidas y árboles calcinados entre plantas de rosa mosqueta cargadas de frutos rojos. Donde no hubo fuego, las lengas salpican de rojo y naranja las laderas.
Víctor Díaz, el "caso cero" ahora de 74 años, baja del cerro con una motosierra en la mano, transpirado, delgado y fibroso, seguido por dos perros y un gato que lo acompaña a todas partes. Acaba de talar 12 árboles quemados en su terreno de las afueras de Epuyén.
Sobrevivió al hantavirus, a la pandemia y a los incendios, que entraron por lados opuestos de sus 15 hectáreas de bosque patagónico, ahora de álamos resecos y sauces carbonizados. "Es una, otra y otra", ríe. Se siente inmortal.
Él y su hija recuerdan que el “hanta” les provocó dolor de cuerpo y un sabor amargo que volvía intolerable incluso el agua.
"Empezó como un decaimiento. No tenía ganas de comer. Y me empezó a salir como una mancha morada", cuenta Víctor. "Ese mismo día perdí el conocimiento".
"A nosotros no nos van a contar lo que es vivir la vida y seguir adelante", dice Isabel.
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