Sergio Ramírez: 'La Gran Norteamérica de Trump incluye otra vez el Caribe, Centroamérica, México y, obviamente, Venezuela'
El escritor nicaragüense, que acaba de recibir en Barcelona el Premio Ortega y Gasset de Periodismo 2026, reflexiona sobre la realidad política y las tiranías, como la de Daniel Ortega, su excoideario de revolución, quien le quitó la nacionalidad. Desde el exilio, en España, dice que un escritor sin su biblioteca es una persona mutilada.

Sergio Ramírez en su casa de Madrid, el 29 de abril de 2026.
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Álvaro García - Contenido exclusivo de El País
Autor:
Juan Diego Quesada
Actualizada:
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La presencia silenciosa de Sergio Ramírez (Masatepe, 83 años) aguarda tras el umbral de la puerta. El escritor nicaragüense vive en un apartamento, en el barrio madrileño de Chamberí, alargado como los vagones de un tren. Desde la ventana de la sala se ve florecer a los cedros que hasta hace poco, antes de que llegase la primavera, parecían muertos. De las paredes cuelgan cuadros de artistas como el cubano René Portocarrero junto a otros de IKEA que venían con la casa cuando la alquiló. Los exiliados como él dejan parte de su corazón en el lugar que les fue arrancado, además de muchas de sus pertenencias.
Ramírez espera algún día recuperar su patria, sus cuadros y su biblioteca, y que todo vuelva a ser un todo. Premio Cervantes de Literatura, ahora recibe el Ortega y Gasset de Periodismo en la edición de 2026 por contar la historia de su país y la de Latinoamérica, en la que él resulta fundamental y no solo como espectador. Ha vivido como un hombre de letras, un intelectual que ha escrito más de 70 libros, pero la vida también le otorgó el vértigo de la acción. Ramírez formó parte de la revolución sandinista que tomó el poder por las armas en 1979 y después fue derrotado en las urnas. Su antiguo camarada, Daniel Ortega, gobierna hoy el país de forma despótica. Él escribe en una habitación con vista a un patio interior.
Usted fue protagonista de una revolución que asombró al mundo, la sandinista, y después testigo de su descomposición. Eso ha alimentado su literatura, pero a fuerza de realidad, de narrar unos hechos que no necesitaban ficción, se convirtió en periodista.
No en el que yo hubiera querido ser. Me hubiera gustado entrenarme en las redacciones como hizo Rubén Darío, que cubría las páginas rojas en los periódicos de Chile. Me convertí en columnista, que es donde más me he podido acercar al periodismo.
¿Cómo ha permeado su obra literaria?
He aprendido a imitar al periodista en la novela, la ficción del reportaje. Escribir con la objetividad aparente del periodista. Eso es un método de invención.
Decía Camus que no existe la verdad, sino verdades. ¿Aún así el periodismo debe empeñarse en buscarla?
Hay que buscarla aunque no se encuentre, tanto en el periodismo como en la literatura.
Ha pasado por dos exilios —con Somoza y ahora con Daniel Ortega—, la confiscación de sus bienes, pero nunca le he visto perder la serenidad, al menos en público.
Es una herencia de mi madre, una mujer muy calma, muy estoica, que se prohibía a sí misma llorar. No lloraba ni en los funerales.
¿Y usted?
Pocas veces. Mi madre tampoco se reía de manera estridente, le parecía de mal gusto. El estoicismo no es una escuela filosófica, es una manera de ser. Recuerdo que durante una reunión clandestina con unos jefes guerrilleros, el dueño de la casa vino a decirnos que la seguridad de Somoza rodeaba la manzana. Yo di un salto, pero los guerrilleros se quedaron sentados. Dijeron: “si vinieran por nosotros, ya hubieran entrado”. Esa es la filosofía que rige mi vida.
Nada le perturba.
No. Si te quitan tu casa, pero no eres muy apegado a los bienes materiales y la razón de tu vida no ha sido el dinero, no te aflige tanto. Me da un sentimiento de nostalgia, pero no me desespero.
Tampoco veo en usted un ánimo de venganza. ¿Cómo controla esos impulsos tan humanos?
En Nicaragua se cometieron durante la revolución muchos actos de venganza, las revoluciones reivindican el castigo. Y la verdad es que eso no te lleva a ningún lado. Si cayera Daniel Ortega mañana, habría que mandar al exilio a medio país. ¿Qué sentido tendría?
¿Se sentaría a hablar con Daniel Ortega después de todo lo que ha pasado?
Los dos estamos ya mayores.
Le retiró la nacionalidad.
Pero yo no se lo reconozco. No lo doy por válido. ¿Con qué derecho lo va a hacer? Nadie me puede arrancar Nicaragua. Me puede quitar el pasaporte, no dejarme entrar a Nicaragua. Me quitó hasta el título de abogado. ¿Quién me quita a mí esas horas en las aulas y las noches en vela?
¿El mundo camina hacia un nuevo orden imperial en el que Latinoamérica queda bajo la influencia directa de Donald Trump?
Se parece mucho a finales del siglo XIX, cuando Estados Unidos derrotó a España en la guerra por Cuba. Como consecuencia de esta intervención, Cuba pasó a ser una especie de protectorado bajo lo que se conocía como la Enmienda Platt: la última palabra sobre la aplicación de la Constitución cubana la tenían ellos. Luego, dos años después, en 1903, ocurrió la segregación del territorio de Panamá del Estado de Colombia para la construcción del Canal. Estos dos hechos, dentro de la doctrina Monroe de “América para los americanos”, conmovieron mucho a los intelectuales de entonces. Ahora, Trump ha resucitado la doctrina. La Gran Norteamérica de Trump incluye otra vez el Caribe, Centroamérica, México y, obviamente, Venezuela.
¿Cómo define la situación política de ese país después de la extracción de Nicolás Maduro por parte del ejército de Estados Unidos?
Se ha establecido un protectorado igual que en Cuba en 1898. Se quitó a un tirano, pero no a la tiranía. El aparato represivo y de dominación sigue inamovible. Se está ignorando que deberían convocarse elecciones y que María Corina Machado, que tiene un amplio respaldo popular, ganaría sin ninguna duda. Todo esto se va aplazando en aras de los intereses económicos y de seguridad nacional de los Estados Unidos.

¿Podría tener alguien la tentación de sacar así del poder a Daniel Ortega?
Nicaragua sería otro protectorado. Si prescindieran de la familia Ortega y dejaran intacto el aparato político y represivo, donde no hay libertad de expresión, donde no hay ni periódicos ni radios independientes, donde muchos estamos desnacionalizados, el país seguiría siendo el mismo.
¿Cómo puede hacer frente Latinoamérica a esta amenaza?
No solo Latinoamérica, también Europa. Si esta política se va a sostener más allá de las elecciones de medio periodo (las que ocurren a los dos años de gobierno de un presidente y sus resultados reflejan el sentir de la población), se trata de un cambio de paradigma. Es algo sobre lo que hay que reflexionar. Los grandes consorcios digitales también imponen que la democracia debe pasar a segundo plano y que lo importante es que los estados se manejen como las empresas, de manera vertical.
En las solapas de sus libros nunca se dice que fue vicepresidente de Nicaragua.
Cuando volví a escribir le pedí a Juan Cruz, mi editor en Alfaguara, que no lo pusiera. La gente no compra un libro si ve que el autor antes era político.
Se dice que el poder es un alucinógeno. ¿Cayó bajo ese influjo?
No, siempre viví el poder como escritor y con la nostalgia del escritor de por medio. Ningún político de raza se va porque perdió una elección. Se queda y vuelve a competir hasta que gane. ¿Cuántas veces perdió Lula antes de llegar? ¿Petro? ¿López Obrador? Yo no soy así.
En El pez en el agua, el libro en el que Vargas Llosa relata la campaña electoral en la que se presentó a presidente en Perú, su esposa, Patricia Llosa, dice que Mario lo hace porque siente un deber y una responsabilidad, pero también por cierto sentido de la aventura, como si fuese Jasón al frente de los argonautas.
Era muy de Mario probar distintas vidas, multiplicarse. Los amores hasta el fondo, la política hasta el fondo, la experiencia. Lo mío es distinto. No era un entusiasta. No ha habido cosa más repulsiva para mí que subirme a una tarima a bailar. Ahora que lo recuerdo me da vergüenza.
Porque usted es tímido desde la infancia.
El estrabismo y la altura me condicionaron mucho de niño. Me hacían bullying. Era muy alto y nunca aprendí a bailar por eso. Sacaba a una niña a bailar y me rechazaba. Eso me fue inhibiendo y apocando. Rehuía las fiestas. Ahora nunca llego a una conversación a imponerme ni a hablar más que los demás. Prefiero escuchar.
¿Por qué repudiamos tanto a los tiranos y a la vez no podemos dejar de contemplarlos?
Hay un atractivo por lo extravagante. Es lo que hace que alguien pase de persona a personaje. Nadie se ocupa narrativamente de un presidente que cumple con la ley, respeta la separación de poderes y cuando termina su periodo se va para su casa. Hace historia el que quiere quedarse. Ese es el que llama la atención, el que interesa a la gente. Y por tanto al novelista y al periodista.
Sin conflicto no hay historia. En otra parte que no fuese Nicaragua, ¿qué hubiera sido?
No hay historia sin él, y en Nicaragua ha habido mucho. De otro modo, hubiera sido un escritor danés.
¿Cree en el destino?
Me gusta la idea del destino, pero no sé si sea parte de mi equipamiento imaginario. Como escritor me encanta creer en él, en los destinos cruzados. El azar es fundamental en la escritura.

Ya no cree en la revolución armada, pero en su día sí. Está esta anécdota en la que usted contactó al presidente venezolano Carlos Andrés Pérez a través de García Márquez para que les proveyera de armas.
Nicaragua no podía salir de Somoza sin las armas, era necesaria la violencia. Esa era mi convicción.
¿Y qué aprendió?
Una revolución armada siempre va a terminar en caudillismo. El político armado, una vez que se ve en el poder, no lo va a soltar. No admite este adorno burgués de las elecciones periódicas.
Formó parte de una causa que llevó que mucha gente entregase su vida. ¿Siente culpa?
Me atormenta, sí. Es una de las grandes tragedias de mi vida. Era gente muy pura, no perversa ni malvada que quería apoderarse de un país y entregarlo al comunismo, como se puede pensar desde la derecha.
Ingenuos, con la luz de hoy.
Sin duda.
¿Se puede hacer una revolución que no se corrompa?
Por ahora no se ha hecho. Los que participaron en la Revolución Francesa acabaron envilecidos. La mexicana creó una élite, la nueva burguesía. La cubana, igual.
¿Qué queda entonces?
Valores, conquistas. De la francesa queda la libertad, igualdad, fraternidad. La Declaración de los Derechos del Hombre. Por encima de los hechos de la gente están las palabras. Las revoluciones liberales en América Latina trajeron la separación de Iglesia y Estado, el matrimonio civil, el voto femenino. La humanidad avanza a través de luchas.
¿Alguna vez sueña que está en Nicaragua?
Muchas veces. En los sueños se reduce a mi pueblo. Si alguna vez regreso, me iré del aeropuerto a mi pueblo (León). Ese es mi microuniverso.
En Nicaragua se quedó su biblioteca. ¿Qué es un lector y un escritor sin ella?
Una persona mutilada. A veces estoy escribiendo y tengo el impulso de levantarme y consultar un libro; acumulé 10.000. Este espacio, esta casa, tiene casi el tamaño que ocupaba mi biblioteca. Pero esta es mi realidad. Y uno escribe donde puede.
Ha ganado el Cervantes y otros tantos. Ahora le dan el Ortega y Gasset. ¿Qué le lleva a seguir escribiendo a alguien que lo ha conseguido prácticamente todo en su oficio?
¿Y qué hago yo todos los días aquí en Madrid sin escribir? Me aburriría muchísimo. La escritura no tiene tercera edad. Lo voy a hacer mientras tenga memoria e imaginación.
¿Qué ha significado el amor en su vida?
El amor significa mi mujer, con la que me casé en 1964. He sido monógamo.
¿Cuesta mucho modificar la realidad?
De eso van las revoluciones. En política soy un sentimental: desearía que el mundo fuera más justo, más equitativo, que no hubiera tantas injusticias. Quise cambiarlo cuando tenía la energía y la edad.
¿Ya no?
No. Que Daniel Ortega esté en el poder y yo no pueda entrar a Nicaragua no puedo cambiarlo. Uno se pone en un estado pasivo frente a la Historia en la medida en la que todo va quedando atrás.
¿Cree que va a volver a Nicaragua?
Tengo una esperanza, pero no es una esperanza desesperada. La realidad es que tengo una edad avanzada y podría morir aquí, en Madrid.
Contenido publicado el 3 de mayo de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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