En una diminuta celda sin ventanas, el brutal encierro de dos políticas venezolanas en la infame prisión de El Helicoide
Dignora Hernández y María Oropeza, integrantes del partido político Vente Venezuela, de María Corina Machado, fueron encarceladas en 2024 en la cárcel política de El Helicoide, en Venezuela. Allí compartieron celda. El 8 de febrero de 2026 fueron liberadas. Esta es su historia.

Dignora Hernández (izq.), Catalina Ramos (centro) y María Oropeza (der.), integrantes del partido Vente Venezuela y expresas políticas, el 8 de febrero de 2026, día en que fueron liberadas.
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Cortesía Dignora Hernández.
Autor:
Caracas. Enviada especial Patricia González
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20 de marzo de 2024. Dignora Hernández, secretaria política y dirigente nacional del partido Vente Venezuela, fundado por María Corina Machado, fue detenida en Caracas, a cuatro meses de las elecciones presidenciales en Venezuela. Su arresto ocurrió en medio de un contexto de fuerte persecución estatal contra dirigentes opositores, especialmente hacia el círculo cercano de Machado, pese a que ella se encontraba inhabilitada para ser candidata.
María Oropeza, coordinadora de Vente Venezuela en el estado Portuguesa, fue detenida nueve días después de las elecciones presidenciales. Fue sacada a la fuerza de su casa, en una escalada poselectoral de la persecución política a una disidencia que se encargaba de mostrar ante el mundo las actas electorales que demostraban el triunfo de Edmundo González y que el Consejo Nacional Electoral (CNE) —que declaró ganador a Nicolás Maduro para un tercer mandato— jamás hizo públicas.
En ambos casos, no hubo una orden de detención, no les permitieron tener acceso a sus expedientes ni a una defensa privada. Y nunca llegaron a la etapa de juicio, apenas a audiencias preliminares.
Dignora (57 años) y María (31 años) terminaron compartiendo celda en el El Helicoide, una sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), en el centro-sur de Caracas: un edificio concebido en los años 50 como símbolo de modernidad y convertido hoy, según informes de las Naciones Unidas y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en uno de los principales centros de detención y tortura para presos políticos en Venezuela.
Tras la captura de Nicolás Maduro por parte del Gobierno de Estados Unidos en Caracas el 3 de enero de 2026, cientos de presos políticos han sido liberados. Sin embargo, según la ONG Foro Penal, aún hay cerca de 400 presos políticos en Venezuela.
Dignora y María fueron liberadas el pasado 8 de febrero. Esta es su historia en El Helicoide.

"Llegamos a pasar 45 días sin ver el sol"
Durante los primeros meses de detención, Dignora Hernández compartió celda con cinco mujeres. Luego, cuando llegó María Oropeza, le permitieron mudarse con ella. "Desde entonces, lo que antes era una amistad, se convirtió en una hermandad, en familia, en una responsabilidad de protegernos las unas a las otras", comenta Oropeza, quien también es abogada.
Por dos meses, solo estuvieron las dos. Pero, en esa celda llegaron a convivir hasta seis personas, entre sus compañeras estuvieron Catalina Ramos, coordinadora de asociaciones ciudadanas de Vente Venezuela, y la venezolana-española Sofía Sahagún.
La celda era un espacio cerrado, sin ventanas, de cuatro por tres metros, más un baño. Nunca se sabía cuándo es de día ni cuándo es de noche. Entre las reclusas, y el apoyo de sus familiares, "humanizaron" este sitio: tenían una pequeña cocina eléctrica para cocinar, un refrigerador y un aire acondicionado.
Pintaron la celda y siempre procuraban mantenerla limpia, pese a que, en ocasiones, no tenían agua o les tocaba lidiar con cucarachas y ratones.
Las salidas al patio, a tomar el sol, fueron escasas. "El primer año salimos al sol cuando a ellos les daba la gana. En una ocasión, llegamos a pasar 45 o 50 días sin ver el sol", comenta Dignora, profesora de historia y exdiputada, oriunda del estado Yaracuy, en el centro-occidente de Venezuela.
Luego, esas salidas pasaron a ser dos veces por semana, durante 30 minutos o una hora, máximo. Pero, en los meses previos a ser liberadas, el trato de los custodios empezó a cambiar y las salidas al sol comenzaron a ser recurrentes, incluso dos veces al día, en especial, luego de la captura de Maduro.
En esos últimos tiempos, también les dejaban la celda abierta para que caminaran por el pasillo, eso les permitía compartir con otras compañeras de la cárcel. De esos días, María recuerda que aprendió a jugar Rummy, un famoso juego de cartas.
En El Helicoide, Dignora y María no solo convivieron con personas de oposición, también lo hicieron con exfuncionarias del régimen. "Yo las llamo las presas invisibles, porque están allí, pero su familia no levantó la voz por ellas, por temor. El chavismo o el comunismo es un monstruo que se come a sus hijos", dice Hernández.
La tortura blanca
El exfiscal de Venezuela, Tarek William Saab, acusó a Dignora —y a otros dirigentes de Vente Venezuela— de estar involucrada en supuestas acciones dirigidas a desestabilizar el país y a atentar contra la vida de Maduro. Le imputaron los delitos de conspiración, asociación para delinquir y legitimación de capitales.
Los interrogatorios en El Helicoide podían ocurrir en cualquier momento y a cualquier hora del día, incluso de madrugada. "En el momento que quieren interrogarte, van y te buscan", asegura Dignora.
Hernández recuerda que jamás le preguntaron por los delitos que le imputaban ni sobre ella misma, sino por otras personas. "Ellos tenían el planteamiento de que la sustituta de María Corina Machado para las elecciones iba a salir de un cúmulo de mujeres que estaban dentro del partido".
A María la acusaban de haber organizado una "rebelión" en Portuguesa para el desconocimiento de los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024. "No importan los delitos que te inventen. Tú solo eres una ficha o un rehén para ellos", dice Oropeza, oriunda de Guanare, estado Portuguesa, quien comenzó a hacer política desde los 16 años, junto al equipo de María Corina Machado.

El primer interrogatorio duró más de cinco horas. "Eran los días posteriores al 28 de julio. Ellos insistían en que les dijera dónde estaban las actas del estado Portuguesa, cómo fue que organizamos a la ciudadanía para recoger las actas. Nunca les di ningún tipo de información, más allá de lo que era público", cuenta María.
Oropeza recuerda que durante los primeros meses, el trato fue muy hostil. "De la nada llegaban a la celda, abrían la puerta y nos insultaban. También insultaban a mi mamá, les molestaba que ella estuviera en la puerta de la cárcel preguntando por mí".
La mamá de María vive en Guanare, Portuguesa, y viajaba seis horas hasta Caracas, para poder ver a su hija, cada 15 días. Si por alguna razón, su madre no podía ir, a María no le permitían reprogramar la visita, y tenía que esperar otros 15 días. "Yo pedía al menos una llamada, y me la negaban".
"Todos los días se sobrevive"
A pesar del encierro, los días en El Helicoide "no se parecen", dice Dignora. "Un día tienes mucha rutina, porque estás llena de ánimo, de fe. Ese día te levantas temprano a hacer ejercicio, ducharte. Pero, otro día, no quieres levantarte de la cama, solo quieres dormir. Todos los días se viven distinto y se sobrevive".
María solía levantarse a las 07:30 de la mañana. "Leía, me alistaba, siempre me alistaba por si acaso; incluso muchas veces me maquillaba por si ese era el día de la libertad, porque así es la esperanza dentro de las cárceles. Tú siempre tienes que estar preparado por si ese es el día", cuenta Oropeza, ahora libre, con sus labios pintados de rojo, como tanto le gusta.
Un código de solidaridad entre las compañeras de celda en El Helicoide es que la luz no se enciende hasta que la última no se despierte, lo cual puede ser incluso de tarde. Por eso, cada presa tiene una linterna en su mano. Mes y medio después de haber obtenido la libertad, Dignora seguía durmiendo con la luz apagada y una linterna en su mano. "No he logrado soltarla", dice.
La linterna también era útil porque en El Helicoide, como en cualquier parte de Venezuela, los apagones son recurrentes. "Llegamos a pasar hasta 30 horas sin electricidad, encerradas en un cubo oscuro. Algunas pudimos resistir, pero tuve compañeras con crisis de pánico", cuenta María.
Dentro de las cuatro paredes de esa celda, las lecturas también fueron un refugio y entre todas se intercambiaban libros. Durante los 690 días que estuvo en El Helicoide, Dignora leyó cerca de 30 libros, entre esos una colección de libros de historia; 'El hombre en busca de sentido', de Viktor Frankl, y 'El Mundo de Sofía', de Jostein Gaarden.
El libro con el que más se identificó María fue la autobiografía de José Antonio Páez, un prócer de la independencia de Venezuela. "Gracias a él, nos separamos de la Gran Colombia y somos República de Venezuela. Conocer su lucha por la independencia de Venezuela también me ayudó a resistir".
Las pruebas más duras
María Oropeza recuerda dos momentos como los más duros del año y medio que estuvo en ese lugar. Uno ocurrió a los dos meses de haber llegado, cuando llegó una compañera nueva. "Vuelves a revivir el momento en el que tú llegaste, se mueven muchas emociones. Ella es cristiana y llegó fortalecida en Dios, pero un día rompió en llanto y escuché un grito desgarrador que decía: '¿Qué voy a hacer con mi hija de siete años que está sola afuera, sin saber nada de su mamá? Y me dijo: 'María, ¿por qué esto es así?".
El segundo ocurrió mes y medio antes de salir, cuando se enteró por una llamada que su abuela materna había fallecido, un 22 de diciembre. "Lloré tanto ese día. El único soporte que tuve fueron mis compañeras de celda, que me abrazaron muchísimo. Mi abuela era mi segunda mamá. Yo le decía 'maíta', como decimos mamá en el llano. Es y será siempre la persona más importante en mi vida".
Para Dignora, los momentos más difíciles venían cuando se iban sus familiares en cada visita, que en su caso era cada ocho días. "Cuando la familia se va, tú te quieres ir con ellos y tienes que despedirlos con alegría, con afecto. El día anterior es un momento de felicidad, llegas al insomnio por la ansiedad de verlos. Pero el día después es de larga tristeza porque tienes que esperar otros ocho días".

La fe como soporte y refugio
"Hija querida, todos los días le pido a Dios y al Espíritu Santo te proteja y te cuide. Tu ángel de la guarda pronto te dé la libertad. Cada día, cada minuto, cada segundo, te estoy esperando”. Es una nota escrita por la mamá de Dignora, mientras estuvo detenida y que siempre la acompañó. Ahora, ella la lee sin poder contener las lágrimas.
Para Hernández, Dios era su "roca fuerte". Y aunque en algún momento su fe se quebró, luego se juró no volver a dudar: "Dios no te quita la prueba, Dios te da la fuerza para que vivas la prueba", dice. En medio del encierro, la memoria falla. Y un día, se dio cuenta que estaba olvidando la oración del Padre Nuestro, así que lo escribió en una hoja, junto al Ave María y el Gloria, para siempre tenerlas presentes y orar.
Arriba de su cama, tenía pegada una foto de las manos de sus madre, con un rosario, que ella misma le había tomado. Esa foto le recordaba que su madre siempre estaba orando por su libertad. Además, tenía un dibujo de su casa en Yaracuy, que le hizo su sobrina: "Ese es un lugar de alegría, allí me estaban esperando".

María también es una mujer de fe. Su principal refugio fueron Dios y la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, quien —según la tradición— se apareció en Guanare, Portuguesa, en 1652. A diario les pedía por fortaleza mental y espiritual para soportar el cautiverio. Además, solía orarle a San Francisco de Asís, porque en su juventud fue franciscana.
La ansiada libertad
Luego de la captura de Maduro, Dignora supo que la libertad estaba cerca. El 8 de enero se dieron las primeras liberaciones de presos políticos. Ese día, salió libre Sofía Sahagún, quien compartía celda con ellas. "Y ese día yo hice maletas. Las maletas del preso político son unas bolsas. Y las bolsas estuvieron un mes debajo de la cama", cuenta Hernández.
El 8 de enero de 2026, finalmente, llegó la libertad para Dignora Hernández, María Oropeza y Catalina Ramos, las tres personas que quedaban en esa celda.
Ese día, Dignora —sin saber que se iba— se levantó muy temprano, a las 04:00; hizo ejercicio, se duchó, se vistió, se maquilló, e incluso pidió que la llevaran al consultorio médico de la cárcel por un problema visual. Luego, pasó por la celda de una compañera, a pedirle permiso para citar a su hija en un libro que desea escribir para contarles a los niños la historia de los presos políticos en Venezuela.
Justo en ese momento, le llamaron para darle la noticia: "Vamos a hacerte un chequeo médico porque te vas hoy", pero ella ya se había hecho un chequeo más temprano, así que no fue necesario.
María recibió la noticia al mediodía, mientras la visitaban familiares. "Me lo dijeron delante de mi mamá: 'María te vas con ellas'. Quedé en shock. Todavía faltaban las boletas de excarcelación. Finalmente, a las 4 de la tarde, pude salir de ese infierno".

Tras salir de allí, Dignora, María y Catalina retornaron horas más tarde, en una caravana, a las puertas de El Helicoide para manifestarle su solidaridad a las madres de los presos políticos que exigían la liberación de sus hijos. "Ahí estábamos nosotras, con las convicciones intactas, por creer en la libertad", dice Hernández.
María retornó a su natal Portuguesa y lo primero que hizo fue visitar el templo de la Virgen de Coromoto, en agradecimiento por su libertad. Luego, se reencontró con su familia. Y en Guanare, su ciudad, fue recibida por una multitud de personas. "Yo sé que no solo se celebraba mi liberación, se celebraba una nueva etapa para Venezuela".
Pese a las secuelas del encierro, Dignora Hernández y María Oropeza se sumaron de inmediato al trabajo político. "Venezuela va a ser libre el día que nosotros podamos salir definitivamente de los que están en el poder, que todos los presos políticos sean libres y que los exiliados puedan volver a Venezuela sin temor a represalias. Esta lucha no ha terminado", asegura Oropeza.
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