Jorge Velasco Mackenzie, el escritor que se transformó en novela

En Exclusiva

Autor:

Juan Manuel Yépez

Actualizada:

1 Nov 2021 - 0:05

El escritor Jorge Velasco Mackenzie, en el estudio de su casa, en el tradicional barrio del Astillero, en Guayaquil. - Foto: Cortesía familia Velasco

Jorge Velasco Mackenzie, el escritor que se transformó en novela

Autor:

Juan Manuel Yépez

Actualizada:

1 Nov 2021 - 0:05

Antes de sufrir un accidente cerebrovascular, el escritor guayaquileño Jorge Velasco Mackenzie preparaba dos novelas y un libro de cuentos titulado “El sueño es la imitación de la muerte”.

La noche del 23 de julio de 2021, el escritor guayaquileño Jorge Velasco Mackenzie estaba poseído por las letras. Su cerebro era una máquina creativa que ningún poder humano podía detener.

Escribía tres libros –El búho en el espejo, El hijo del volcán y la antología de cuentos El sueño es la imitación de la muerte-, iba a ser jurado de un concurso de literatura en Guayaquil y ya había leído 4 de las 10 obras inscritas.

Además participaba activamente en la elección de autoridades de la Casa de Cultura Núcleo del Guayas, apoyando la candidatura de Miguel Cantos Díaz para la presidencia.

Mientras preparaban un asado en la casa de su hijo Sebastián, en Durán (Guayas), Velasco le contaba a su hija mayor, Cristina, que quería impulsar la postulación de Cantos para concretar el proyecto de rehabilitación de la biblioteca de la Casa de la Cultura.

Estaba emocionado, ansioso, frenético, pero esa máquina cerebral creativa comenzó a saturarse a las 20:00, cuando le atacó un fuerte dolor de cabeza.

Cristina siempre estaba lista ante cualquier eventualidad que se presentara en la salud de su padre, afectado desde hace algunos años por la hipertensión arterial que le provocaba convulsiones hasta el desmayo.

Las tres décadas de bohemia y alcohol comenzaban a pasarle factura.

A los 72 años, Velasco, el escritor que marcó a fuego la marginalidad de Guayaquil en la literatura ecuatoriana, en su obra cumbre El rincón de los justos, había sufrido un accidente cerebrovascular.

Lo llevaron de urgencia al Hospital de la Seguridad Social en Durán, donde no tenían los insumos necesarios para atenderlo.

Como no había tiempo que perder, sus hijos lo trasladaron al Teodoro Maldonado Carbo, en Guayaquil, a donde Velasco llegó cerca de las 21:00.

Pero no lo internaron enseguida. Velasco permaneció en estado catatónico, sentado en una silla de ruedas, hasta las 02:00 del 21 de julio, cuando finalmente fue ingresado a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Jorge Velasco y sus hijos Sebastián (i), Cristina y Jorge, quienes lo cuidaron hasta su muerte.

Jorge Velasco y sus hijos Sebastián (i), Cristina y Jorge, quienes lo cuidaron hasta su muerte. Cortesía familia Velasco

“Salí disgustada con la salud pública, porque desde el primer momento nos fallaron. En Durán no tenían equipos, en el Teodoro Maldonado le hicieron la primera tomografía cuatro días después de que llegó”, cuenta Cristina con la indignación a flor de piel.

En ese hospital tampoco había medicinas, así que la familia Velasco tenía que comprar alcohol, catéteres, inyecciones.

Velasco estuvo un mes internado en el Teodoro Maldonado. Cuando regresó a la casa de su hijo, donde vivía desde hace cinco meses, lo primero que hizo fue buscar la computadora para continuar trabajando en la que sería su última obra, El búho en el espejo.

Pero las fuerzas lo abandonaban y solo alcanzó a escribir dos páginas. Su piernas comenzaron a hincharse por un daño renal irreversible, por lo que fue necesario contratar a una enfermera para estabilizarlo.

Días después le sobrevino un segundo accidente cerebrovascular y ya no podía hablar, por lo que regresó al Hospital Teodoro Maldonado Carbo, donde ya no quiso saber nada de sueros.

Para calmarlo, Cristina le leyó Tierra Yerma, del estadounidense TS Eliot, y le preguntó: “¿Recuerdas quién escribió este poema?”. Velasco asintió, derramó una lágrima y cayó en un sueño profundo del que nunca despertó.

Una vida de novela

Jorge Velasco Mackenzie nació en Guayaquil el 16 de enero de 1948. Fue el segundo de los tres hijos de Alfredo Velasco Hernández y de Aída Mackenzie Zambrano, oriunda del cantón Palestina (Guayas).

El escritor vivió varios años en una casa de dos pisos, en las calles Los Ríos y Zavala Gangotena, centro-sur de la ciudad.

Por las venas de Velasco corría sangre jamaiquina. Su bisabuelo materno había llegado a la parroquia Ancón (en Santa Elena) para trabajar en la construcción del ferrocarril y ahí nació su abuelo William Mackenzie.

El historiador Rodolfo Pérez Pimentel cuenta, en el Diccionario biográfico del Ecuador, que Velasco enfermó de difteria en unas vacaciones en el campo y su madre le hizo una traqueotomía “introduciéndole una pluma de pavo para que pudiera respirar”.

La vida de Velasco Mackenzie cambió para siempre cuando, a los 16 años, leyó su primer libro, El Quijote, de Miguel de Cervantes, mientras estudiaba en el Colegio Mercantil, donde se graduó de Contador.

Como también tenía dotes de dibujante, Jorge se matriculó en el Colegio Bellas Artes, desertando meses después, seducido por las letras. Su habilidad narrativa era tal que sus compañeros de clase le pagaban 5 sucres para que les hiciera las tareas de gramática.

Por eso Aída Mackenzie decidió contratar a la profesora Zoila para cultivar los talentos de aquel prodigio. Es que Jorge también era un as para los chistes y los apodos. A uno de los novios de su hija le decía “ojos de caballo de carrusel”.

En la Universidad de Guayaquil obtuvo el título de Licenciado en Ciencias de la Educación y trabajó como profesor de Literatura en la Universidad Técnica de Babahoyo durante 40 años.

Se casó con Ana Cabrera Anda, con quien tuvo tres hijos, pero la unión terminó y ella viajó a Barcelona (España), donde vive desde hace años.

Jorge Velasco Mackenzie, en su faceta de escritor.

Jorge Velasco Mackenzie, en su faceta de escritor. Cortesía familia Velasco

Velasco devoraba varios libros a la vez y su memoria no perdía detalle de ninguno. En su biblioteca tenía cerca de 700 títulos.

Admiraba a muchos autores, pero deliraba por los cubanos José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante, así como por el uruguayo Juan Carlos Onetti.

Escribía desde las 04:00 hasta las 08:00 y leía diarios y revistas hasta después del mediodía. A Alfredo Velasco le molestaban las luces encendidas y el sonido de la máquina de escribir, así que Jorge lo resolvió encendiendo una vela para iluminar sus delirios.

También tenía sus manías. Escribía sus borradores a mano en un cuadernillo espiral de cuadros o en hojas de papel ministro, porque tenía la letra fina y pequeña.

En los deportes, llegó a ser tercera base en el equipo de béisbol de Emelec, que jugaba en el estadio Yeyo Úraga.

La vida de Velasco fue tan intensa como su obra. El primer texto que publicó fue Aeropuerto (1974), concebido en la despedida de una prima que viajaba a Estados Unidos, y que un año después ganó el concurso de cuentos de la Universidad Técnica de Machala.

Pero fue El rincón de los justos la novela que lo ubicó en la lista de los más grandes narradores ecuatorianos de todos los tiempos. Luego llegó Tambores para una canción perdida, que fue escrita en el taller literario de su amigo y maestro Miguel Donoso Pareja.

Fue precisamente Donoso quien le aconsejó que no malgastara el tiempo “con gente que no valía la pena”, cuando se perdía en la bohemia.

Sus problemas de alcoholismo los plasmó en La casa del fabulante, parte de la cual la escribió en un centro de rehabilitación, donde estuvo dos meses.

Amante del whisky y de la cerveza, su última copa se la tomó en 2002, cuando dijo basta, porque la bebida lo hacía sentir vulnerable.

Jorge Velasco no era un mal borracho, pero le gustaba beber solo, para apaciguar su mente atormentada.

“Decía que los escritores son un poco atormentados y él vivía atormentado por sus ideas, por buscar más trabajo, porque de sus libros casi no ganaba nada”.

Cristina Velasco, hija mayor del escritor.

Velasco Mackenzie dejó este mundo la mañana del 24 de septiembre de 2021, convirtiéndose así en un escritor de culto.

Curiosamente, el último párrafo del libro El sueño es la imitación de la muerte, que Jorge alcanzó a escribir, es premonitorio: “Escuché voces, ruidos, flautas, llamados, tambores, cantos… la marcha había comenzado”.

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