Leyenda Urbana

Putin se ensaña con las mujeres de Ucrania y amordaza a la prensa en Rusia

Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

7 Mar 2022 - 19:03

La interpretación de la canción ‘1944’, que habla de los tártaros expulsados de Crimea por las fuerzas soviéticas, encantó a todos y Jamala fue la ganadora de Eurovisión 2016.

La melodía rendía homenaje a su bisabuela que, en los años 40, fue deportada de Crimea, por el cruel régimen de Stalin, junto a sus cinco hijos, mientras su marido luchaba contra los nazis, en el Ejército Rojo, en la Segunda Guerra Mundial.

Seis años después de ese triunfo, Jamala, ucraniana de ascendencia tártara, ha llegado a Turquía junto a sus dos hijos, huyendo de las tropas rusas, tras la brutal invasión de Vladímir Putin a Ucrania.

En Estambul, ha narrado a los reporteros los horrores de la guerra, la pesadilla en el refugio antiaéreo, en Kiev, y el terror en la travesía para llegar a la frontera. Su esposo se unió a la resistencia.

Mientras la OTAN y los aliados buscan arrinconar, financieramente, a Rusia y doblegar a Putin, las mujeres de Ucrania se ponen a sus espaldas el incierto porvenir de sus hijos y el de ellas mismas.

Por culpa de Putin, sus vidas se han vuelto un infierno.

Han presenciado, con espanto, el bombardeo de hospitales, maternidades, jardines de infantes y escuelas. Han visto morir a niños.

Dormir en sótanos, sin luz, calefacción y en condiciones extremas, es su cruel realidad, desde cuando empezaron los ataques, el 24 de febrero.

Para escapar de su país, algunas han debido conducir por largas horas; miles lo han hecho en buses, en trenes y hasta a pie, con temperaturas de cero grados y bajo asedio enemigo.

La cobarde invasión ha interrumpido la niñez de miles de ucranianos, y ha roto a las familias, de un sopetón.

Las fronteras han devenido en espacios de dolor y llanto de padres que despiden a sus hijos, a sus esposas, a sus madres; de hermanos y parientes que no saben si algún día volverán a verse.

Una Ley Marcial obliga a los ucranianos de entre 18 y 65 años a permanecer en el país para reclutamiento militar, pero cientos de mujeres también se han enlistado para resistir, aunque la mayoría ha salido del país.

El éxodo de los refugiados es colosal y veloz. Se estima, a la fecha, que son más de 1.700.000 personas.

La mayoría se quedará en Polonia donde viven cerca de dos millones de ucranianos, que han abierto sus casas a familiares y amigos. Pero miles van al país que los acoja.

Son obreras, funcionarias, profesionales, pobres y también con dinero; hay embarazadas, ancianas y hasta personas enfermas.

“Es la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial”, ha declarado, en Ginebra, Shabua Mantoo, portavoz del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados.

¿Cómo se llegó a esto? ¿Cómo no han podido detener a Putin, luego de la sevicia con que actuara en Chechenia, en Georgia, en Crimea, en Siria, mostrando que es una amenaza para la paz mundial?

Una sensación de estar de regreso a épocas oscurantistas, superadas por la historia, ha puesto a la humanidad de bruces ante una realidad no prevista, con el pavor adicional de mortíferas armas nucleares en manos de un régimen demente.

Y es que nadie sospechó que la egolatría de un auto-convencido de que su designio es devolver a Rusia el poder imperial, arrastraría al mundo al abismo.

Mientras el liderazgo de Occidente ve cómo destruyen un país, pero obsesionado con sus leyes y tratados, evita involucrarse militarmente en el conflicto; Putin, acorazado en su ego, parece convencido de que sigue vigente aquello de que “el mejor modo de defender las fronteras es expandirlas”, dicho por Catalina la Grande, en el siglo XVIII.

El autócrata del Kremlin bebe también de las fuentes malévolas del estalinismo para usar el miedo como arma de poder y controlar las Fuerzas Armadas, los servicios secretos y los medios de comunicación; moldear la opinión y tener respaldo popular.

Su narrativa habla de la “liberación” de Ucrania y de la amenaza de la OTAN por su presencia en los países vecinos.

La batalla por la información, casa adentro, la tiene ganada. Nadie altera el relato oficial sin ser penalizado y encarcelado.

Cinco mil científicos han dicho a Putin que “no hay justificación razonable para esta guerra”; que Ucrania “no representa una amenaza para la seguridad de nuestro país” y que la guerra es “injusta e insensata”.

El silencio ha sido la respuesta.

En las calles, la gente evita opinar tras constatar cómo miles de quienes se han manifestado en contra de la invasión, han sido puestos en prisión.

Para que la prensa extranjera no cuente lo que sucede en Rusia, Putin, con el Parlamento que le es adicto, acaba de reformar el Código Penal para castigar “la desinformación”.

Las sanciones llegan hasta 15 años de cárcel. La ley se aplica a todos los ciudadanos, no solo a los rusos, e incluye blogs y redes sociales. Ya bloqueó Facebook.

Las grandes cadenas han salido Moscú. Y hasta TikTok se ha marchado. El mundo no sabrá lo que pasa en Rusia.

La despiadada guerra de Putin es de aniquilación; ojalá la fuerza moral del pueblo ucraniano y del presidente Zelenski pudiera detenerla.

Para sobrevivir, una familia de tres generaciones de mujeres ha cruzado la frontera. Allí van quienes deberán reconstruir, en su momento, el país. 

Jamala que cantó en honor a su bisabuela, piensa que sus hijos lo harán, un día, por ella. Hablarán de Putin que se ha ensañado con las mujeres de Ucrania. Y su país.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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