El modelo iliberal de Orbán
Fellow en Estudios Latinoamericanos del Instituto Cato. Entre 2006-2026 escribió para El Universo (Ecuador). Es autora de En busca de la libertad: Vida y obra de los próceres liberales en Iberoamérica (Editorial Planeta, 2025).
Actualizada:
Tras 16 años en el poder, la Hungría que deja Orbán es menos libre y próspera. Mi colega Johan Norberg, en su estudio acerca de este experimento dice que “Lejos de ser un modelo a seguir, la Hungría de Orbán es un ejemplo aleccionador de lo que se deriva de un poder ejecutivo sin límites, con un poder fuertemente centralizado, un capitalismo de compadres y el desmantelamiento sistemático del Estado de derecho”.
Norberg explica que, si bien Orbán se suele presentar como un “luchador por la libertad”, él se refiere a su libertad de acción, de ejercer el poder sin límites, no a la libertad de las personas. Por ende, los húngaros hoy son menos libres que en 2010 cuando se inició el periodo transformativo de Orbán. En 2019 Freedom House reportó una caída de 20 puntos en una escala sobre 100 para Hungría desde que Orbán había llegado al poder.
Según el Índice de Libertad Humana del Instituto Cato y el Instituto Fraser —que mide las libertades personales y económicas— Hungría pasó de ubicarse en la posición número 31 del ranking a la 67 entre 2010 y 2023. Hungría es hoy la nación menos libre de la Unión Europea.
Lo primero que hizo el partido de Orbán, Fidesz, tan pronto obtuvo una mayoría amplia en el parlamento en 2010, fue escribir y aprobar una nueva constitución, con poca transparencia, sin la participación de la oposición en la redacción y sin un referéndum para aprobarla. La procuraduría general, la autoridad tributaria, el banco central, la Oficina Central de Estadísticas se convirtieron en apéndices de la Presidencia.
Las reglas electorales fueron reescritas para favorecer al oficialismo. La propaganda política fue prohibida en todos los medios, salvo los estatales, que eran controlados por el partido oficialista. Así se impactó el bolsillo de los medios privados e independientes, conforme solo el gobierno podía autopromocionarse en todos los medios mediante “campañas de interés público”, financiadas con el dinero de los contribuyentes.
Luego vino el control de la prensa. En 2010, Hungría gozaba de la posición número 23 en el Índice de Libertad de Prensa de Reporteros Sin Fronteras. Para 2025 había caído a la posición 68. No se dio principalmente por la censura estatal, sino por la captura de la mayoría de los medios estatales y privados. Primero el partido tomó control de los medios públicos y luego respaldó a los medios amigables con préstamos del estado, compra de acciones y una asignación desequilibrada de frecuencias de radio y frecuencias de televisión.
En lo económico, Orbán adoptó políticas anti-mercado: confiscó las cuentas de ahorro previsional de casi tres millones de húngaros —expropiando un fondo equivalente al 10% del PIB— y fue gradualmente tomando el control del sistema financiero para dirigir créditos hacia sus aliados. La propiedad estatal pasó de 11% a 16,5% del PIB entre 2007 y 2016. Orbán consideraba un error que su antecesor no hubiera repartido la economía entre "ocho o diez grandes capitalistas" leales al gobierno. No puede haber una mejor síntesis del capitalismo de compadres.
Todas estas políticas derivaron en un incremento significativo de la corrupción, habiendo descendido en el Índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional de la posición 55 a la 40 (100 implica menos corrupción) entre 2012 y 2025.
De todos los países excomunistas de la UE, Hungría es el que más fondos ha recibido per cápita y como porcentaje de su PIB. No obstante, su crecimiento ha sido opacado por aquel de sus pares. Por ejemplo, en 2010 los polacos eran más pobres que los húngaros, hoy son un 11% más ricos. Norberg habla de la “flexibilidad ideológica con la que Fidesz persigue el poder”. Y es que realmente se trata de eso, del poder versus la libertad. David Boaz, exvicepresidente del Instituto Cato, decía en su libro 'Liberalismo' que a lo largo de la historia de la humanidad se puede decir que ha habido dos filosofías: la del poder —que abarca sus variantes tanto de derecha como de izquierda— y asume que siempre alguien debe estar a cargo planificando la vida de los demás y la filosofía de la libertad, que confía en los órdenes espontáneos, los derechos individuales y la cooperación voluntaria entre individuos.