Leyenda Urbana
La agonía del IESS, la tumba de los jubilados
Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC
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En un ritual que retrata la indolencia de las autoridades de turno y la realidad social del Ecuador, los primeros días de cada mes, filas de enfermos se encuentran desde la media noche a las afueras de los hospitales para hacer cola en busca de un turno que, tras horas de sufrimiento y exposición a la intemperie, no llega. Algunas veces, la sonrisa se dibuja en el rostro de quien consigue una cita, pero de inmediato su alegría muta en dolor y furia, cuando se da cuenta de que, viviendo en Quito, le han agendado para un centro de salud del IESS en Loja.
Semejante crueldad debería llevar a una sanción ejemplar, pero el burócrata culpa al sistema y el paciente debe regresar a su casa más enfermo que cuando llegó a la madrugada, y con su corazón arrugado por la miseria de vida que le ha tocado vivir tras haber aportado desde su juventud al llamado Seguro Social.
Un país que somete a sus enfermos, la mayoría adultos mayores, a la tortura de hacer cola a la madrugada cuando el frío muerde y la inseguridad campea, para buscar un turno médico a las afueras de los hospitales, ha fracasado y la sociedad que no reacciona ha perdido el sentido de humanidad.
Los hospitales de la seguridad social son el espejo que refleja la condición humana de quienes detentan el poder, pero que no se atreven a tomar decisiones para revertir el destino de esas casas de salud, que significan la vida de los afiliados, sino que envían a gerenciar a personajes que no tienen idea de cómo se administra un hospital. Pero sí de sacar provecho de su posición.
La impunidad cobija a quienes han mal administrado y esquilmado al IESS, habiéndole usado para que unos hagan fortuna y otros organicen un partido político o paguen los haberes a los familiares prestadores de servicios saltándose la fila, mientras que sus verdaderos dueños, los afiliados, padecen lo indecible en busca de respuestas y atención que solo por excepción llegan.
Corrupción, nepotismo, puertas giratorias y clientelismo son aberraciones que han minado al IESS, que hoy simula un edificio al que le han quitado los cimientos y podría colapsar en cualquier momento.
Las cifras muestran la realidad en toda su magnitud: en 2015 había 3.200.000 afiliados y 400.000 jubilados; hoy hay 3.200.000 afiliados, pero los jubilados suman 800.000. Para pagar las pensiones se necesitan USD 7.400 millones, pero los ingresos son de 3.400 millones.
Las prestaciones de salud representan USD 2.000 millones y los aportes solo USD 1.500 millones. Por si fuera poco, la deuda del Estado es de alrededor de 20.000 millones, el 18% del PIB, por lo que resultaría impagable.
No se necesita mucha ciencia para entender la magnitud del problema y el riesgo inminente al que está expuesta la entidad y los millones de afiliados. Eso deben saber los funcionarios que, de forma inexplicable, desde hace tres años no han presentado los balances actualizados, a lo que están obligados por ley; eso sí, pronto lo tendrán que hacer porque eso consta en el Acuerdo con el FMI.
Las acciones de populismo aberrante que durante el correísmo obligó a que se atendiera a los hijos de los afiliados sin que el Gobierno ni los padres aportasen un solo centavo; pasar el dinero del Fondo de Pensiones al Fondo de Salud y obligar a comprar bonos y hacer inversiones en proyectos fallidos, no se ha detenido. Hoy se ofertan créditos a tasas de interés que contradicen la realidad del mercado y la responsabilidad de manejar plata ajena.
¿Alguna autoridad se atreverá anunciar a los jubilados que madrugan para buscar una cita médica que pronto tampoco recibirían su pensión jubilar porque su negligencia les impidió presentar una reforma urgente para salvar al IESS de su agonía?