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De la Vida Real

El premio más importante del Ecuador… que no paga

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

23 mar 2026 - 05:50

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Hay algo profundamente incómodo —y hasta indignante— en lo que está pasando con el Premio Eugenio Espejo.

Para entender la gravedad del asunto, este es el mayor reconocimiento que entrega el Estado ecuatoriano a quienes han dedicado su vida a pensar, crear, investigar y construir el país. No es cualquier premio. Existe desde 1975 y lo otorga directamente el presidente de la República.

Se entrega a personas que han trabajado durante décadas —mínimo 25 años— en tres grandes áreas: cultura y arte, literatura y ciencia.

Es decir, se lo entrega a escritores, científicos, artistas e investigadores: personas que no buscaron hacer dinero rápido, sino que dedicaron su vida a construir conocimiento, identidad y memoria.

Y el Estado reconoce eso por medio del Premio Nacional Eugenio Espejo.

El premio incluye una medalla, un diploma, 10.000 dólares y, lo más importante, una pensión vitalicia mensual equivalente a cinco salarios básicos, es decir, 2.300 dólares.

No es un lujo. Es la manera de garantizar una vejez digna.

Porque la mayoría de estas personas no vienen de industrias que generen riqueza. Vienen de la cultura, de la academia y de la escritura. Vienen de dar, no de acumular.

Por eso esa pensión existe.

Y por eso que no se les pague es tan grave.

Los ganadores del Premio Eugenio Espejo no están recibiendo sus pagos a tiempo. Ya son tres meses sin pago. Y no es un rumor ni una exageración: es algo que está pasando.

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Hay personas que dependen de ese dinero para comprar medicinas, pagar el arriendo, hacerse exámenes o seguir tratamientos médicos y también para sostener su día a día.

Gente mayor. Gente que ya hizo todo lo que tenía que hacer por este país.

Y están esperando.

Esperando lo que ya se les otorgó.

Esperando lo que es suyo.

Y aquí es donde todo se rompe.

Porque el mismo Estado, o sea el presidente, quien se sube al escenario a entregar el premio, aplaudir, hacer discursos y hablar de cultura y de país, es el mismo que después no cumple.

Ese mismo que queda mal.

El que reconoce, pero no paga.

El que honra en público, pero abandona en privado.

El que entrega una medalla, pero deja a la gente resolviendo cómo pagar sus medicinas.

Y no es nuevo.

Estamos hablando de algo que se tambalea cada cierto tiempo.

Y eso dice mucho.

Dice que la cultura en el Ecuador sí importa, pero hasta cierto punto.

Hasta la foto.

Hasta el evento.

Hasta el discurso.

Porque el verdadero reconocimiento no está en la ceremonia de ese día.

Debería estar en cumplir a tiempo, para que las personas que dieron todo al país puedan descansar sin preocuparse, disfrutar su vejez sin angustias económicas y estar tranquilas sabiendo que hay un Estado que sí cumple.

Pero no.

Ellos van una y otra vez al banco a ver si ya se les hizo el depósito. Y salen con angustia, sin saber cómo van a pagar sus cuentas ni cuándo podrán hacerlo.

Se endeudan para poder llegar a fin de mes. Se estresan, porque la incertidumbre a esa edad pesa mucho más que cuando tenían 40 años.

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No quieren perder su dignidad. Confían en que algún día se les pagará lo ofrecido.

Y mientras tanto, esperan.

En silencio.

En la soledad del desamparo.

Esperan ese premio que hoy los tiene olvidados y angustiados.

Como, con gran lucidez, escribió Gonzalo Ortiz Crespo en su columna:

“Hoy están mendigando a ese mismo Estado.

Y no es justo. Es más que una injusticia: es una indignidad nacional.”

El Premio Eugenio Espejo debería ser un símbolo de respeto, de gratitud y de memoria. No de angustia y desamparo.

Pero ahora este premio nacional se está convirtiendo en una contradicción.

En una promesa que no se sostiene.

En una forma elegante de decir “gracias por todo”, mientras se deja a esas mismas personas esperando un depósito.

Y hay algo más duro todavía.

Muchos de los premiados ya no tienen la fuerza para reclamar. No están en redes haciendo ruido. No están protestando. No están armando escándalo.

Cito nuevamente a Gonzalo Ortiz:

“Ellos no se quejan. No organizan protestas ni levantan escándalos. Rumian su humillación en silencio, con la dignidad intacta…”

Simplemente esperan en silencio.

Y eso es lo más injusto de todo.

Porque esto no es un favor.

No es una ayuda.

No es un bono.

Es un derecho.

Un derecho que el mismo Estado creó, firmó y anunció.

Y que hoy no está cumpliendo como debería.

Un país que no paga a quienes lo construyeron es un país que no se respeta a sí mismo.

Así de simple.

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