Dolarización en Ecuador: estabilidad blindada, riesgos silenciosos y reformas pendientes
Tras 26 años de dolarización, Ecuador muestra una notable estabilidad de precios y del sistema financiero, incluso en contextos políticos adversos. Pero esa fortaleza también oculta desequilibrios fiscales y problemas de competitividad que solo pueden resolverse con reformas.

Bandera del Ecuador de fondo con manos contando billetes de USD 100
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Después de 26 años de dolarización formal, Ecuador es un laboratorio excepcional. A continuación, mis principales reflexiones que espero sean de interés no solo para economistas, sino también para un público más amplio.
Un arranque con ventaja competitiva
Pese a que se adoptó como último recurso para salir de una gran crisis financiera, la dolarización se inició con pie firme gracias a un tipo de cambio de conversión fuertemente depreciado (25.000 sucres por dólar). Ello aseguró que las reservas internacionales sean suficientes para retirar los sucres en circulación y proveer un respaldo adecuado a los depósitos de los bancos y del Estado en el Banco Central del Ecuador (BCE) lo que era indispensable para la credibilidad del nuevo régimen. Además, proporcionó un colchón de competitividad externa que facilitó un ciclo inicial de crecimiento y mejoras sociales. En su fase temprana, la dolarización fortaleció los ingresos de los sectores más pobres —gracias al descenso de la tasa inflación y al redondeo hacia arriba de precios— y generó tasas de interés reales negativas, las cuales dieron alivio al sistema financiero y estimularon la expansión del crédito.
Una vez consolidada, la dolarización ha demostrado una capacidad notable para estabilizar los precios y las condiciones financieras bajo casi cualquier circunstancia local, incluso en contextos de alta conflictividad política y social, o de debilidades institucionales y estructurales persistentes. La inflación local ha convergido hacia la de Estados Unidos, con desvíos cíclicos acotados (Gráfico 1).
Además, las tasas de interés pasivas (que no están sujetas a techos) han sido relativamente estables, y los plazos del crédito se han alargado. Los depósitos bancarios han sido sorprendentemente resilientes: sin una moneda local de la cual huir, y con la percepción de que los dólares están seguros en los bancos, el sistema se ha vuelto menos vulnerable a corridas, pese a que el BCE no puede actuar como prestamista de última instancia. Quizás por ello, los banqueros han sido prudentes, manteniendo fuertes colchones de liquidez.
Estabilidad que también oculta señales de alerta
Esta estabilidad; sin embargo, ha tenido un costo menos visible pero significativo: la dolarización apaga las señales de alerta. Sin variaciones en el valor de la moneda, la inflación o las tasas de interés, la economía puede padecer una infección crónica sin que exista un termómetro para detectar la fiebre. Ello puede incubar desequilibrios más profundos que, si no se corrigen a tiempo, pasarán una dolorosa cuenta a la población.
Contrario a una creencia extendida, la dolarización no impone disciplina fiscal, ni requiere que esta exista como condición previa. En efecto, la bonanza petrolera ecuatoriana fue despilfarrada durante la administración de Rafael Correa: el gasto público se expandió sin control, el fondo de estabilización petrolera se desmanteló y el país decidió no pagar su deuda externa en 2008, pese a que contaba con recursos de sobra para hacerlo.
Con el tiempo, sin embargo, la ciudadanía ha ido comprendiendo que un desorden fiscal crónico puede socavar la dolarización si el gobierno de turno, al no contar con los dólares necesarios para pagar sueldos y otros gastos, reintroduce una moneda alternativa. Para reducir este riesgo, la prohibición legal de que el BCE otorgue financiamiento al gobierno —que abre la puerta la emisión inorgánica y que fue eliminada en la administración de Correa— se reintrodujo.
La dolarización es además asimétrica con respecto al entorno internacional. Funciona de manera sobresaliente bajo condiciones externas favorables —altos precios de commodities, dólar débil, abundante liquidez y bajas tasas de interés en los mercados globales— sin generar los dolores de cabeza que típicamente sufren los países vecinos con moneda propia, causados por influjos de capital golondrina y temores de apreciación cambiaria.
Pero, en ausencia de reformas, la dolarización puede asfixiar a la economía cuando ese entorno se torna adverso. En particular, los ajustes en los salarios reales que se necesitan para recuperar competitividad externa se producen mayoritariamente a través de la informalidad, es decir, mediante la precarización del trabajo. La dolarización genera un sesgo sistemático hacia la pérdida de competitividad en las fases bajas del ciclo, cuando el ajuste real requerido no puede darse por vía del tipo de cambio, con efectos negativos sobre el crecimiento, el empleo formal y la productividad.
No deja de sorprender gratamente, por tanto, que algunas exportaciones no petroleras (camarón, café, cacao, flores, etc.) hayan mostrado un excelente desempeño. Ellas han remontado las disfuncionalidades del mercado de trabajo formal gracias a las bondades de nuestra geografía, aunadas a creatividad empresarial, mejoras tecnológicas y desarrollo de mercados de nicho.
Sin reformas, la dolarización no alcanza
La dolarización, por sí sola, no genera crecimiento. Más aún, tiende a reducir los incentivos para emprender reformas estructurales, salvo cuando emerge una amenaza clara y presente de desdolarización. La estabilidad monetaria y financiera induce complacencia.
La conclusión es inevitablemente matizada. Para países expuestos a choques asimétricos respecto de Estados Unidos (es decir, ciclos económicos divergentes), la dolarización no es una solución de primer orden. En el caso ecuatoriano es más bien un reflejo de la incapacidad del país para mantener una institucionalidad monetaria sana y creíble.
Sin embargo, el poder estabilizador de la dolarización es indudablemente extraordinario y, por ello, su popularidad es comprensible.
La dolarización no es una panacea ni es inmortal. Aprovechar sus beneficios exige un compromiso particularmente alto con reformas fiscales, laborales y financieras. Sin ellas, la estabilidad inherente a la dolarización no bastará para generar prosperidad económica y su misma viabilidad podría erosionarse.
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