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Sociedad

Adiós a los chats infinitos: la tendencia que rescata las llamadas telefónicas para sanar la fatiga del WhatsApp

Teléfonos que prometen “amigos y conversaciones reales sin pantallas” se han vuelto  un regalo de moda para niños de 5 a 13 años en Estados Unidos. La omnipresencia del celular en nuestras vidas con sus chats lleva a una "saturación lingüística", apuntan expertos, que piden plantearse volver a las llamadas, conversar en tiempo real, no discutir por WhatsApp y acabar con la telaraña de mensajes en los trabajos que se pueden resolver con una simple y eficaz llamada telefónica. 

Llamadas desde teléfonos de cortesía durante la tercera ronda del Torneo de Maestros de 2026 en el Augusta National Golf Club, el 11 de abril de 2026, en Augusta, Georgia, Estados Unidos.

Llamadas desde teléfonos de cortesía durante la tercera ronda del Torneo de Maestros de 2026 en el Augusta National Golf Club, el 11 de abril de 2026, en Augusta, Georgia, Estados Unidos.

- Foto

AFP

Autor:

Karelia Vázquez

Actualizada:

26 jul 2026 - 06:00

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Todo un ritual doméstico ha desaparecido en un par de décadas: el ring del teléfono fijo, la carrera hasta contestar y, finalmente, el acto de hablar enredando el cable en el dedo. Mientras hubo cable, claro. Dependiendo de la gestualidad y el tono, la conversación podía acaparar la atención de todos los presentes. La privacidad era un asunto menor. Al terminar se colgaba y la vida seguía. No se llevaba uno en el bolsillo la conversación con infinita posibilidad de réplica. La charla, con principio y fin, casi siempre transcurría en un rinconcito equipado con algo de confort para asentar las ideas.

En 2007, según el Marco General de los Medios en España, en el 75,4% de los hogares seguía habiendo una línea fija, pero en febrero de 2026 los datos de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia detectaron que más de la mitad de las casas la había eliminado. En ese tiempo, al menos una generación ha desarrollado auténtico pavor a las llamadas. Se prefiere escribir mensajes, dejar audios, mandar stickers… cualquier cosa menos una conversación sincrónica. Es decir, hablar en tiempo real, dar respuestas inmediatas más o menos coherentes, o quedarse en silencio, descolocado, cuando no hay nada que decir.

“Estamos acomodados en una conversación asíncrona en la que no están presentes todas las partes implicadas”, explica la terapeuta Adriana Royo. “Uno manda un audio y pueden pasar tres horas hasta que la otra persona lo ve. En ese tiempo el cerebro, que no le gusta nada la incertidumbre, va rellenando los espacios vacíos con inseguridades y expectativas… Y cuando el otro contesta ya uno tiene su versión de los hechos, quizás incluso se ha cabreado y está emocionalmente en otro sitio. La experiencia deja entonces de ser un encuentro y se convierte en algo a analizar, a corregir y a modular”.

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Pero en un giro nostálgico de los acontecimientos —dicen los expertos que la nostalgia por la tecnología viaja en bucles de 20 años—, la generación Z (nacida entre 1997 y 2010) rescató el teléfono fijo como objeto de decoración. Según una encuesta de la web Uswitch, más de un 20% tiene uno con esa función.

En otra vuelta de tuerca, las pasadas Navidades el regalo estrella de las escuelas primarias en Estados Unidos fue el Tin Tan Phone, un teléfono de estética noventera, con cable y teclas que según Wired ha vendido 100.000 unidades sin apenas publicidad. Está pensado para que los niños de entre 5 y 13 años puedan hablar con sus amigos sin interferencias ni pantallas. Los padres están encantados. Por un lado, se han liberado de gestionar la vida social de sus hijos —ya quedan ellos por teléfono— y, por otro, los chicos han dejado de pedir el iphone. Pinwheel Home es la competencia de Tin Can, sus teléfonos que también prometen “amigos y conversaciones reales sin pantallas” se lanzan este verano en Estados Unidos. Physical Phone es el teléfono analógico creado por Catherine Goetze, educadora de inteligencia artificial. Se fija a la pared, se conecta al móvil y permite responder llamadas desde el fijo, liberando al usuario de la tentación de scrollear. Aún no se ha lanzado al mercado, pero el video de presentación supera ya los dos millones de visualizaciones. La artista Erin Wakeland tuvo su minuto de gloria en TikTok explicando su método para convertir su smartphone en un teléfono fijo: atarlo con una cadena a la pared. La obliga, dijo, a sentarse cada vez que quiere usar el teléfono. “Es un límite físico que me ayuda a establecer límites digitales”, explica en su cuenta.

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Fotografía referencial de un grupo de jóvenes que usan sus celulares para navegar en redes sociales.Robin Worrall / Unsplash

Hay mucho más que nostalgia en estos experimentos. La gente está agotada y quiere liberarse de una tecnología tan cómoda como pesada y adictiva. Felipe Romero, socio de la consultora de tendencias The Cocktail, observa que las conversaciones pasan cada vez más rápido de WhatsApp al teléfono porque, explica, “es más resolutivo, exige menos esfuerzo, se matiza mejor y uno se quita de estar atento a la pantalla, escribiendo y esperando, siempre con un reducto de atención pendiente”, expone vía correo electrónico.

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En su análisis anual de tendencias, los expertos de The Cocktail nos han diagnosticado un mal: “Saturación lingüística”, sobre todo escrita. “En un contexto de alto ruido lingüístico el lenguaje es una herramienta de doble filo, la intención puede ser manipulada y la autenticidad, cuestionada”, dice el informe. Describen un entorno saturado de palabras y contenido donde “el ejercicio de discernir entre lo significativo y lo trivial genera ansiedad y mucha carga cognitiva”. El alivio llega con “la experiencia directa” y conexiones menos ambiguas que minimizan malentendidos y evitan “el desperdicio del procesamiento lingüístico”.

El psicólogo Luis Miguel Real lleva años pidiendo lo mismo a sus pacientes: “Si estáis enfadados no discutáis por WhatsApp”. “Casi nadie se expresa bien por escrito en medio de la intensidad emocional. La pantalla favorece la impulsividad. En cambio, una conversación de voz suele ser más empática, se recupera todo lo que pierde en las interacciones digitales escritas: el tono, el contexto, el registro”, explica por teléfono el autor de 'No pienses en un oso verde' (Vergara, 2023).

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Adriana Royo, que confiesa que ha llegado a depilarse mientras atendía una conversación empezada en Instagram, que luego pasó a Spotify, y finalmente terminó en WhatsApp, reconoce que estas charlas fragmentadas se adaptan muy bien a nuestro modo de vida, pero —tercia— la conversación debe ser una experiencia continua para que el cerebro deje de estar en una alerta distribuida por todas esas ventanas y empiece a estar presente del todo en algún sitio”. Royo, autora de los libros 'Falos y falacias' (Arpa Editores, 2018) y 'Ética del despiadado' (Ediciones B, 2020), diagnostica: “Estamos más pendientes del flujo de información que de la experiencia. Cuando escribes el párrafo perfecto a tu ex y lo editas 12 veces, lo relees, lo borras y lo vuelves a escribir, entonces lo que debía ser un encuentro se convierte en una clase de redacción”.

En el trabajo la aversión a hablar por teléfono se traduce en un trasiego digital de hilos de correos electrónicos o de mensajes de Slack con decenas de testigos que nadie es capaz de desentrañar. Quizás podría ser más eficaz una llamada, ¡ah, pero entonces no quedaría por escrito!, estará pensando algún obseso de las cadenas infinitas de mensajes. El tiempo perdido en el trabajo realizando tareas digitales alienantes fue denominado “tasa de inutilidad ponderada”, en un estudio citado por The Economist y atribuido a profesores de la Maryland and Delaware Enterprise University Partnership (MADEUP). Las siglas en inglés de la universidad (made up, inventada en inglés) y de la tasa en cuestión (WTF, weighted total futility y también what the fuck, “qué coño”) inducen a pensar que el estudio es una broma, pero el problema al que aluden es real como la vida misma.

Los padres que compran un teléfono analógico para sus hijos comprueban lo que se ha perdido en estas décadas de cháchara digital. Deben enseñarles los tempos para sostener una conversación, las fórmulas de cortesía y la habilidad de contestar en tiempo real, apetezca o no.

A mediados del siglo XX, cuando el teléfono empezó a conquistar la vida doméstica, la revista estadounidense Life dedicó un fotoensayo firmado por Grey Villet a señalar a una generación “vacía”, “obsesionada con el teléfono”. Era 1956, y vistas en perspectiva esas personas hoy nos parecen equilibradas, sanas y felices, concentradas en una sola cosa: hablar por teléfono. Unos adolescentes que colgaban sus llamadas y salían a jugar a la calle. Menos de 100 años han pasado.

Contenido publicado el 16 de julio de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.

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