“A veces me sentaba primero a rezar y a llorar”, recuerda Lupo Quiñónez, el Tanque de Muisne que aprendió a limpiar barcos en Estados Unidos
El exfutbolista ecuatoriano cuenta su historia migrante. Antes de empezar su jornada en Nueva Jersey, se persignaba y le pedía fuerzas a Dios. Entonces, mientras se metía en un compartimento oscuro a trabajar, pensaba en una imagen de luz: 30 mil personas gritando su nombre en un estadio de Guayaquil.

El exfutbolista ecuatoriano, Lupo Quiñónez, posa frente al Sports Illustrated Stadium, en Harrison, Nueva Jersey, donde sigue de cerca el fútbol y la comunidad ecuatoriana en Estados Unidos.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Lupo Quiñónez llegó a Estados Unidos a finales de 1990 junto a su familia. Tenía 33 años, una lesión en la rodilla que lo había obligado a retirarse del fútbol y la sensación de haber cerrado una etapa demasiado rápido. Nunca quiso migrar, dice ahora más de tres décadas después.
La decisión terminó empujada por la situación económica y por la insistencia de su esposa, a quien todavía describe como la persona que lo obligó a seguir avanzando. La familia tenía visa y optó por probar suerte en Estados Unidos, en una época en la que miles de ecuatorianos comenzaban a establecerse en barrios de Queens y Nueva Jersey.
Lo que encontró al llegar no se parecía en nada a los estadios donde había jugado durante años.
Su primer trabajo fue en el puerto de Bayonne, en Nueva Jersey. Entraba a las siete de la mañana y salía a las siete de la noche. Limpiaba barcos, grúas y tanques industriales. Dice que el trabajo más duro era entrar solo a los compartimentos internos de las embarcaciones, espacios oscuros y cerrados donde pasaba horas raspando y limpiando superficies.
“A veces me sentaba primero a rezar y a llorar”, recuerda. El trabajo consistía en entrar durante horas a los tanques de los barcos para raspar, limpiar y remover residuos en espacios cerrados y sofocantes. Dice que había personas que no soportaban ni siquiera el primer turno completo y abandonaban el trabajo el mismo día. “Cuando jugaba fútbol tenía treinta mil personas gritando en un estadio. Después estaba solo, metido dentro de un tanque”.
'¿Usted no es Lupo Quiñónez?'
Durante años evitó hablar en el trabajo sobre su pasado como futbolista profesional en Ecuador. Dice que el cambio de vida le golpeó fuerte y que prefería mantenerse en silencio. La situación cambió cuando algunos compañeros descubrieron quién era realmente.
“¿Usted no es el Lupo Quiñónez que jugaba en Barcelona?”, recuerda que le preguntaban algunos compañeros cuando empezaban a reconocerlo. Después llegaban las conversaciones sobre partidos, goles y clásicos. No solo los ecuatorianos se sorprendían. También otros trabajadores del puerto, que no podían creer que alguien a quien consideraban una figura del fútbol estuviera trabajando junto a ellos. Quiñónez dice que esa reacción le producía una mezcla de vergüenza y satisfacción.
Trabajó 33 años en el puerto. Empezó ganando siete dólares por hora. Con el tiempo logró convertirse en jefe de personal y regularizar su situación migratoria a través de la empresa. Mientras tanto, la comunidad ecuatoriana seguía apareciendo alrededor suyo de otras formas.

El fútbol en Nueva York le permitió sobrellevar la migración
En los años 90’s y 2000, las Ligas Amateur de Queens y Flushing se habían convertido en puntos de encuentro para miles de migrantes ecuatorianos. Ahí coincidían exjugadores profesionales, obreros, cocineros, taxistas y recién llegados. Los campeonatos llenaban canchas sintéticas cada fin de semana y movilizaban comida y reuniones familiares.
Quiñónez volvió a jugar ahí.
Los organizadores sabían quién era y querían tenerlo en sus equipos. Jugaba partidos los sábados, domingos y entre semana. Dice que, por cada encuentro, podía recibir entre USD 300 y USD 400.
“A veces terminaba ganando más en las ligas amateur de Nueva York, que durante mis mejores años en el fútbol ecuatoriano”.
Lupo Quiñónez, exfutbolista ecuatoriano radicado en Estados Unidos
Pero más allá del dinero, lo que recuerda es otra cosa: El fútbol le permitió sobrellevar la migración. “Había gente que apostaba en los clásicos de veteranos y después se acercaban a regalarme parte del dinero que ganaban”, cuenta entre risas. “El fútbol y esta comunidad me ayudó a manejar la pena y a olvidarme un poco de lo que había dejado atrás”, dice.

Con los años, Lupo Quiñónez terminó viviendo entre dos mundos. Estados Unidos se convirtió luego en el lugar donde trabajó y sostuvo a su familia. Ecuador siguió siendo el país al que vuelve constantemente.

Cuando habla de Guayaquil, de Muisne y de los años ochenta, menciona la tranquilidad con la que la gente podía caminar por las calles después de un partido. Dice que eso es lo que más extraña. También la gente. “El público es lo más grande y más bello que tiene el fútbol ecuatoriano”, hace una pausa, y sonríe: “aunque cuando perdamos nos insulten”.
Hoy, a los 69 años, vive jubilado, entre viajes ocasionales a Ecuador y la vida tranquila que construyó en Nueva Jersey después de décadas de trabajo físico en el puerto. Todavía sigue el fútbol ecuatoriano, habla de Enner Valencia con admiración y espera poder asistir a algún partido de la selección durante el Mundial de 2026.

A veces, cuando algún ecuatoriano lo reconoce en la calle o en una cancha, vuelve a escuchar el apodo que lo acompañó durante toda su carrera. Hoy, ya lejos de las canchas y del puerto donde trabajó durante décadas, Lupo Quiñónez sigue cargando el apodo que marcó su carrera. “No necesito otra forma de ser recordado”. Después de todo lo que vino después del fútbol —la migración, el trabajo físico, la vida en Estados Unidos— todavía le basta con seguir siendo ‘El Tanque de Muisne’.
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