José Jacinto, 'Chinto' Vega, múltiple campeón de El Nacional: 'Los de antes abrimos el camino, los que vinieron después lo empedraron y los de hoy lo asfaltaron'
El exseleccionado ecuatoriano vive desde hace dos décadas en Nueva Jersey, donde forma a nuevas generaciones de futbolistas. En el recuerdo está su paso por la selección ecuatoriana, dentro de una generación de futbolistas que soñaba con llegar a un Mundial. Ahora está ansioso de ver a Ecuador jugar la Copa del Mundo en su segunda casa.

José Jacinto Vega, exjugador ecuatoriano, radicado desde hace 20 años en Nueva Jersey, Estados Unidos, donde tiene una escuela de formación de futbolistas.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. José Jacinto Vega tenía 15 años cuando El Nacional le abrió las puertas de una institución que marcaría su vida. Había llegado para probarse como cientos de jóvenes ecuatorianos que buscaban una oportunidad en el fútbol, pero terminó dando un salto poco habitual para la época: fue incorporado directamente al equipo de reserva y poco después comenzó a disputar sus primeros partidos con el club que lo convertiría en uno de sus futbolistas más recordados.
Casi medio siglo después, Vega observa el fútbol ecuatoriano desde Nueva Jersey. Tiene 65 años, dirige la JJV Soccer Academy y se prepara para asistir al Mundial 2026, el primero que se jugará tan cerca de la comunidad ecuatoriana que vive en Estados Unidos. Esta vez no estará en la cancha. Estará en las gradas.
Antes de llegar a Estados Unidos construyó una carrera que lo ubicó entre los futbolistas más exitosos de El Nacional, de aquel legendario equipo Bi-Tri del Ecuador. Formó parte de una de las generaciones más recordadas del club quiteño, conocido por su política de alinear exclusivamente jugadores ecuatorianos, razón por la que fue identificado durante décadas como el equipo de los "Puros Criollos".
Conquistó seis campeonatos nacionales, incluido el histórico tricampeonato de 1976, 1977 y 1978, y se consolidó como uno de los referentes de una etapa que marcó al fútbol ecuatoriano. También vistió las camisetas de Barcelona, Liga Deportiva Universitaria y Deportivo Quito, además de integrar la selección ecuatoriana en eliminatorias mundialistas y Copas América.
Habla de aquellos años con una precisión que sorprende. Recuerda fechas, rivales, entrenadores y alineaciones como si los partidos se hubieran jugado hace apenas unas semanas. Cuando menciona los campeonatos o las convocatorias a la selección, la conversación adquiere otro ritmo. El fútbol sigue ocupando buena parte de su vida cotidiana.
También conserva una mirada crítica sobre la situación actual del equipo. “El Nacional era rico y a través del tiempo se fue convirtiendo en una pobreza. Hoy es una pena. No solamente va a desaparecer, sino también la historia de quienes hicimos parte de esa institución”, reflexiona. La preocupación no está únicamente en el presente del club. Habla de una institución donde se formó como adolescente, ganó seis campeonatos y construyó gran parte de su carrera. Por eso insiste en que la crisis también amenaza una parte importante de la memoria del fútbol ecuatoriano.
Las clasificaciones son el resultado de una evolución
Admite que su generación jugó en una época muy distinta a la actual. “Ecuador todavía buscaba un lugar entre las grandes selecciones sudamericanas y clasificar a un Mundial parecía una meta remota. Antes solamente clasificaban dos selecciones. Brasil o Argentina muchas veces ya tenían asegurado su lugar por ser campeones del mundo y quedaban muy pocos cupos para el resto”, recuerda.

Vega insiste en que comparar el fútbol de los años setenta y ochenta con el actual exige mirar el contexto completo. Las eliminatorias eran mucho más cortas, existían menos cupos mundialistas y las grandes selecciones sudamericanas concentraban a muchas de las mejores figuras del continente. “Son dos épocas difíciles, pero muy distintas”, resume.
Sin embargo, no habla desde la nostalgia. Prefiere explicar el proceso. “Los de antes abrimos el camino, los que vinieron después lo empedraron y los de hoy lo asfaltaron”, dice al resumir la evolución del fútbol ecuatoriano. Para él, las clasificaciones mundialistas no son el resultado de una sola generación, sino de décadas de construcción acumulada.
Entre los recuerdos que conserva de la selección hay uno que todavía aparece en conversaciones de aficionados. El empate frente a Argentina en Quito y el gol que marcó aquella noche para el 2-2 definitivo. “Creo que fue el mejor gol que hice en mi vida deportiva”, afirma. Décadas después, todavía hay jóvenes que buscan videos de aquel partido y le hablan de una actuación que permanece en la memoria de muchos hinchas ecuatorianos.
Una vida migrante después del retiro del fútbol
La historia cambió de rumbo después de colgar los botines. Decidido a mantenerse vinculado al fútbol, viajó a Barcelona, España, para formarse como director técnico. Regresó a Ecuador con la expectativa de abrir una nueva etapa profesional, pero la experiencia no fue como esperaba. Dirigió selecciones juveniles y algunos clubes, pero terminó desencantado del medio. “No me sentí un fracasado, me sentí traicionado por la falta de confianza en el profesional ecuatoriano”, recuerda.
En 2006 tomó una decisión que cambiaría nuevamente su vida. Junto a su esposa decidió emigrar a Estados Unidos. Un amigo le abrió las puertas de su casa y le permitió trabajar con niños en una escuela de fútbol. Lo que comenzó como una oportunidad temporal terminó convirtiéndose en un proyecto de largo plazo. Hoy dirige la JJV Soccer Academy, una academia que lleva sus iniciales y que ha formado durante casi dos décadas a jóvenes futbolistas en Newark, Nueva Jersey. “Para mí, el proyecto se convirtió en una forma de transmitir la experiencia acumulada durante décadas dentro de una cancha”.
Actualmente también cuenta con una filial en Nueva York. La academia participa regularmente en torneos juveniles y este verano, varios de sus jugadores viajarán a España para competir en la Donosti Cup, una de las competencias internacionales de fútbol base más reconocidas de Europa. Vega sigue involucrado en los entrenamientos y en el seguimiento de cada grupo. También habla con orgullo de algunos de sus exalumnos, que lograron becas universitarias o se graduaron después de pasar por sus canchas. “Hoy son verdaderos profesionales”, dice al recordar a las primeras generaciones que formó en Estados Unidos.

Para Vega, la escuela es una forma de devolver al fútbol parte de lo que recibió durante su carrera.
A diferencia de muchos migrantes que debieron reinventarse profesionalmente, Vega nunca se alejó completamente del fútbol. Sigue entrenando niños, organiza equipos que participan en torneos internacionales y todavía juega en ligas para mayores de 50 y 60 años. Sonríe cuando cuenta que ya no ocupa la posición que defendió durante gran parte de su carrera: volante defensivo. “Ahora soy más creativo, juego de 10”, dice entre risas.
Con entradas para ver a Ecuador en el Mundial
El Mundial de 2026 tendrá para él un significado especial. Ya compró entradas para asistir junto a su hija, su yerno y su nieta al partido entre Ecuador y Costa de Marfil en Filadelfia. Será una experiencia distinta a las que vivió durante décadas. “Antes uno estaba en la cancha y los demás en las gradas. Ahora voy a estar en las gradas y los muchachos en la cancha”, comenta.
Como exseleccionado, asegura que pocas cosas se comparan con la energía que baja desde las tribunas. Recuerda los cánticos, el ruido previo a los partidos y la sensación que se genera cuando miles de personas alientan al mismo tiempo. “Uno se contagia. Hay pasión, hay amor a lo que uno hace y a lo que uno defiende. Esa adrenalina llega al jugador y lo empuja a dar más”, explica.
Cuando suene el himno ecuatoriano en Filadelfia, sabe que la emoción será distinta. Durante años lo escuchó desde el campo de juego vestido con la camiseta de la selección. Esta vez estará junto a su familia en las gradas. “A lo mejor se me vayan las lágrimas”, admite. Hace una pausa y sonríe. Dice que, por unos segundos, volverá a aquellos años en los que representaba al país dentro de la cancha. Entonces cerrará los ojos y dejará que los recuerdos hagan el resto: el ruido de las tribunas, la voz de miles de ecuatorianos cantando y esa sensación única de defender la camiseta nacional frente a todo un estadio.
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