Barrios Centenario y La Saiba, dos huellas históricas de la expansión residencial hacia el sur de Guayaquil
El Centenario, primer barrio planificado de Guayaquil, abrió una nueva etapa de expansión residencial hacia el sur; medio siglo después, La Saiba representó otro momento de ese crecimiento. Hoy, ambos atraviesan transformaciones asociadas a las nuevas dinámicas urbanas de la ciudad y permiten entender cómo ha cambiado la forma de habitar Guayaquil.

El barrio Centenario está ubicado en el sur de Guayaquil y es uno de los sectores más emblemáticos de la ciudad.
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Primicias
Autor:
Gonzalo Herrera Vargas
Actualizada:
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“Dejar morir el Centenario es dejar morir a Guayaquil”, dice Natalia Brito desde su nueva casa, en el norte de la ciudad. El Centenario fue su hogar durante más de dos décadas, hasta que la inseguridad la obligó a mudarse. La frase abre una pregunta inevitable: ¿por qué la transformación —o incluso el deterioro— de este sector puede entenderse como una pérdida para toda Guayaquil?
La respuesta está en la historia de una ciudad que fue extendiéndose hacia el sur mediante proyectos. A comienzos del siglo XX, el Centenario inauguró una forma planificada y exclusiva de vida residencial; medio siglo después, La Saiba representó otra etapa de ese crecimiento, esta vez dirigida principalmente a la clase media.
Aunque no tuvieron relación directa en su desarrollo, ambos barrios forman parte del paisaje histórico del sur de Guayaquil. El Centenario, sin embargo, ocupa el centro de esta historia: fue el primer gran proyecto urbanístico planificado de la ciudad, reunió durante décadas a algunas de sus familias más influyentes y hoy intenta preservar su identidad frente a la migración, los nuevos usos inmobiliarios y una vida barrial muy distinta a la que lo hizo emblemático.
De haciendas y esteros a barrio de élite
Antes de convertirse en uno de los sectores más emblemáticos del sur de Guayaquil, el Centenario era una extensa sabana de esteros, manglares y potreros. En invierno, el terreno se convertía en lodo y lagunas; alrededor había haciendas, corrales y caballerizas. Allí funcionó primero un hipódromo y, años después, uno de los primeros campos de aviación de la ciudad.
Ese paisaje empezó a transformarse en 1915, cuando los empresarios Rafael Guerrero y Juan Aguirre impulsaron el primer proyecto urbanístico planificado de Guayaquil. En 1919 comenzaron a promocionarse los lotes y el nuevo barrio fue bautizado en honor al centenario de la independencia de la ciudad.
Concebido como una expansión para las élites que ya no podían crecer en el centro, Las Peñas o el Astillero, el barrio nació con un marcado carácter exclusivo. Registros históricos recogen que estaba destinado a familias de “alcurnia”, reflejo de una sociedad profundamente estratificada en la Guayaquil de comienzos del siglo XX.

El Centenario se convirtió en uno de los primeros grandes hitos de la expansión residencial planificada hacia el sur de Guayaquil. Décadas después, ese crecimiento continuó mediante procesos distintos: urbanizaciones dirigidas a las clases medias, como La Saiba, y barrios populares como Cuba, que también transformaron esta parte de la ciudad.
La Saiba, otra etapa del crecimiento de Guayaquil hacia el sur
Décadas después del surgimiento del Centenario, La Saiba comenzó a urbanizarse en los años 70, en medio del crecimiento acelerado de Guayaquil y de una mayor demanda de vivienda. A diferencia del Centenario, concebido a comienzos del siglo XX para las clases altas, nació como un proyecto residencial dirigido principalmente a las clases medias.
Xavier Flores, investigador de la historia guayaquileña, aclara que ambos barrios no tuvieron relación directa en su desarrollo, aunque representan etapas distintas de la expansión de la ciudad hacia el sur.
“Son dos procesos diferentes. El Barrio Centenario es muy anterior y estuvo orientado a las clases altas. La Saiba surgió unos 50 años después y estuvo dirigida a las clases medias”.
Xavier Flores, investigador de la historia guayaquileña
El vecino Barrio Cuba también forma parte de esa expansión de Guayaquil hacia el sur, aunque representa un proceso urbano diferente. Según Flores, no surgió como un proyecto inmobiliario previamente planificado, sino como un barrio popular construido progresivamente por sus habitantes.
Barrio Centenario, uno de los sectores más exclusivos
Durante décadas, el Centenario concentró buena parte del poder político, económico y profesional de Guayaquil. Por sus calles vivieron expresidentes como Clemente Yerovi y Gustavo Noboa, además de líderes políticos como Jaime Nebot y León Roldós Aguilera, junto a familias tradicionales como los Icaza, Noboa y Baquerizo, lo que consolidó al sector como uno de los más prestigiosos de la ciudad.
Las viviendas, diseñadas por arquitectos italianos, franceses y ecuatorianos, seguían estilos europeos y se levantaban sobre grandes terrenos con jardines, antejardines y amplios espacios abiertos. Muchas de esas residencias superaban —y aún hoy superan— los 500 metros cuadrados, reflejo del modelo residencial con el que fue levantado el barrio.
Más que un lugar para vivir, el Centenario representaba un símbolo de estatus. Vivir allí significaba pertenecer a uno de los sectores más exclusivos de la ciudad, donde la arquitectura, el tamaño de las propiedades y la vida comunitaria distinguían al barrio del resto de Guayaquil.
Aurelio Paredes, historiador, autor del libro 'El barrio del Centenario, mi historia' y residente del sector desde la década de 1960, resume a PRIMICIAS así el origen del barrio:
“Este barrio nace como un nuevo polo de desarrollo de la ciudad, porque los ‘millonarios’ que vivían en el centro no tenían dónde expandirse. Entonces se expanden acá”.
Aurelio Paredes, historiador
La vida cotidiana transcurría en las calles, entre vecinos que se conocían y compartían espacios comunes. El barrio incluso llegó a tener su propio centro comercial, con cine, supermercado y otros negocios que funcionaban como puntos de encuentro.

Migración, cambios y pérdida del tejido barrial
Esa forma de vida empezó a transformarse con el paso de las décadas. Según Paredes, el cambio comenzó en los años 70 con la migración de residentes hacia Urdesa y Los Ceibos, en el norte de Guayaquil, y continuó, años después, con el traslado de muchas familias a Samborondón, impulsado por la seguridad y las comodidades de las urbanizaciones privadas.
Para 2021 apenas siete familias fundadoras permanecían en el barrio, según recoge Paredes en su libro. Ese proceso no solo modificó la composición social del sector, sino también su paisaje. Muchas casas fueron vendidas, subdivididas o remodeladas, perdiendo en algunos casos su diseño original.
Concebidas para albergar a familias numerosas y una intensa vida residencial, muchas de esas propiedades hoy tienen un destino muy distinto. José Chimbo, agente inmobiliario de Global Haus, explica que la amplitud de los terrenos y de las construcciones ha convertido al Centenario en un sector atractivo para oficinas, bodegas, instituciones educativas, clínicas y proyectos de uso mixto.
“Hoy, el Centenario ya no se revaloriza solo como barrio residencial, sino por el potencial de sus propiedades para usos mixtos”.
José Chimbo, agente inmobiliario de Global Haus
Esa transformación queda reflejada en la oferta inmobiliaria. Una revisión realizada por PRIMICIAS en portales especializados encontró que varias casonas del Centenario se anuncian como espacios “ideales para empresas”, “centros educativos”, “proyectos comerciales” o “instituciones”. Muchas superan los 500 metros cuadrados, cuentan con cinco o siete habitaciones, piscinas, jardines y amplias áreas sociales, y algunas alcanzan precios cercanos a los USD 500.000.
Pero, para Paredes, el cambio más profundo no fue inmobiliario. “Se perdió el barrio. O sea, el barrio sigue geográficamente, pero las costumbres cambiaron”.
Inseguridad y casas vacías: el cambio del Barrio Centenario
Para quienes crecieron en el Centenario, la transformación no solo se mide en cifras o cambios urbanísticos, sino en la vida cotidiana.
Natalia Brito recuerda un barrio donde los vecinos se conocían y las calles formaban parte de la rutina diaria. Hoy, desde la casa a la que se mudó en el norte de Guayaquil, su diagnóstico es distinto: “Hoy por hoy es un barrio fantasma. No hay nadie en las calles y muchas casas están vacías”.
Su salida estuvo marcada por la inseguridad. En enero de 2026, ella y su esposo fueron asaltados a punta de arma al llegar a su vivienda. Les robaron el vehículo y posteriormente fueron extorsionados. “Lo que más pesó en esa decisión fue poder dormir tranquila”, recuerda.
Su experiencia no es aislada. Vecinos consultados por PRIMICIAS relatan que, en los últimos años, los robos en el sector dejaron de limitarse a la vía pública. También se registraron asaltos dentro de viviendas, algunos cometidos por delincuentes que se hacían pasar por policías o militares para ingresar a las casas.
A esa percepción se suma otro cambio: la pérdida del tejido vecinal. “Antes sabías quién vivía en cada casa. Ahora tus vecinos pueden cambiar en uno o dos meses”, afirma Brito, quien considera que el Centenario sigue siendo parte de la memoria de generaciones de guayaquileños.
Reconstruir la comunidad para recuperar el barrio
No todos decidieron irse. Para quienes permanecieron en el Centenario, el incremento de la delincuencia durante 2025 terminó convirtiéndose en un punto de inflexión.
Juan Acosta, presidente del Consejo Barrial del Centenario, cuenta que la organización nació en mayo de ese año, cuando los asaltos se habían vuelto parte de la rutina. “El año pasado casi todos los días estaban asaltando. Entonces los vecinos decidimos unirnos”, recuerda.
Lo que comenzó con un chat de siete personas hoy reúne a más de 280 vecinos, cerca del 40% de los residentes del sector que abarca el consejo. Desde entonces han impulsado acciones conjuntas con el Municipio, entre ellas la instalación de una Estación de Acción Segura (EAS), inaugurada en enero de 2026.
Según Acosta, la percepción de seguridad ha mejorado desde entonces. Pero, para él, el desafío ya no es únicamente la seguridad. “El mayor reto que tenemos es lograr la unidad de los vecinos”, afirma. La organización barrial impulsa ahora cámaras, alarmas comunitarias y actividades para recuperar una convivencia que, según recuerda Aurelio Paredes, alguna vez definió al barrio: “El ADN de Guayaquil son los barrios”.

Más de un siglo después de su fundación, el Centenario ya no es el barrio de casonas abiertas, vecinos que se conocían por nombre o familias que permanecían allí durante generaciones. Hoy conviven en sus calles la memoria arquitectónica de una ciudad que creció desde el sur, nuevas dinámicas inmobiliarias y una comunidad que intenta reconstruir el sentido de pertenencia.
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