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Internacional

París a 40 grados: Así vive la ola de calor una ciudad en la que los techos de sus edificios son hornos que sofocan las 24 horas del día 

París duerme a oscuras y con las ventanas abiertas durante las olas de calor de este verano, suspendida en la certeza de que el invierno ya no basta para salvarla del cambio climático cuando fue diseñada para el frío. PRIMICIAS conversó en la capital francesa con ciudadanos que soportan un clima inédito.

Personas buscan el aire fresco de la noche y otros incluso duermen al aire libre en el Parque Buttes-Chaumont de París, Francia, durante la ola de calor del 25 de junio de 2026.

Personas buscan el aire fresco de la noche y otros incluso duermen al aire libre en el Parque Buttes-Chaumont de París, Francia, durante la ola de calor del 25 de junio de 2026.

- Foto

AFP

Autor:

Randy Nieves-Ruiz

Actualizada:

09 jul 2026 - 09:48

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PARÍS. Cualquier extranjero de latitudes tropicales que haya pasado un verano en París lo puede confirmar: El calor no es lo que mata, tampoco la humedad. Lo que mata es la falta de ventilación, de bebidas frías y de climatización: temas que se han convertido en un asunto de Estado en Francia, donde el cambio climático ya ruge con fuerza.

Francia atraviesa esta semana por su tercera ola de calor del año, o canícula, como se le conoce localmente, menos intensa que la del pasado mes de junio, cuando el país registró los dos días más calurosos de su historia desde que se lleva récord y cuatro de las cinco noches más cálidas.

"Durante este episodio histórico se superaron los 40 °C al menos una vez en más del 40% del territorio", señaló el servicio meteorológico nacional Meteo France.

La ola de calor duró 14 días, entre el 17 y 30 de junio, dos días menos que la canícula de 2003, la más fuerte en la historia de Francia. Pero aquella fue en agosto.

La del mes pasado comenzó antes del inicio del verano boreal el 21 de junio y fue “de una intensidad nunca antes observada en Francia”, según Meteo France.

No se sabe exactamente cuántas personas pudieron haber muerto por el calor, pero las autoridades registraron sobre 2.000 muertes en exceso durante los días de canícula, comparado con igual período el mes anterior.

Y los pronósticos no son optimistas.

Para julio, agosto y septiembre Meteo France estima que “el escenario más probable (…) es un trimestre más cálido de lo normal en Europa occidental, lo que incluye a Francia, (…) debido al efecto combinado del cambio climático y de un escenario que favorece las condiciones anticiclónicas en el oeste de Europa”.

Estas condiciones son las que permiten la formación de “domos de calor” que llevan las temperaturas a niveles récord.

  • En imágenes, así golpea la ola de calor a Francia, las víctimas más recientes son dos niños

El fin de la normalidad estacional

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Fuentes de agua refrescan a varios ciudadanos en París, Francia, el 22 de junio de 2026.AFP

La certeza de que el clima ha cambiado ya no es una proyección estadística; es una conversación de sobremesa y un dolor sordo en las sienes.

“Este invierno pasado yo sentía que hacía menos frío y le preguntaba a las personas y también había como esa esa misma opinión, como que el frío no estaba tan terrible”, comenta Aura Violeta Guevara, profesora de francés y fotógrafa colombiana que vive hace cuatro años en la región metropolitana de París.

“Y bueno, esta primera ‘canicule’ que acabamos de pasar empezó casi que la primavera. Todavía no había finalizado la primavera”, agrega.

Guevara, quien sufre de migrañas crónicas debilitantes que empeoran con el calor, tuvo que iniciar un tratamiento neurológico preventivo hace ocho meses para que el verano parisino no la dejara incapacitada.

“Yo sufro de migrañas y los cambios de clima siempre me hacen daño, sobre todo el calor. Pero yo hace ocho meses empecé un tratamiento con una neuróloga y fue lo mejor que he hecho porque son unos medicamentos que yo me tomo cada noche y pues esta vez la he tolerado. Me han dado dolores de cabeza muy cortos”, dice.

“Fui preparando mi cuerpo porque si no estaría loca”, agrega.

El trópico invertido: de Cali a la capital francesa

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Joven salta al agua en el Canal Saint-Martin en París, Francia, el 20 de junio de 2026.EFE/EPA

La ironía es geográfica. Quienes migran a Europa desde el eje ecuatorial descubren que el trópico es, en realidad, un refugio más fresco.

En Cali, la ciudad natal de Guevara, el termómetro puede alcanzar o rozar los 38 grados, pero el sol cae a las seis de la tarde y da paso a la "brisa caleña”, que es un viento que refresca la noche.

“Alguna vez tocó 38 (grados en Cali), alcanzó a tocar los 38 grados, pero en general Cali está como entre los 27, 35 cuando hace mucho calor”, explica Guevara.

“En cambio acá, pues eso no pasa. Tenemos sol hasta las 11 de la noche en verano y las noches son iguales de caliente. Yo he sentido alivio como a eso de las cuatro de la mañana, un poco. Siento como que baja un poquito, pero a las seis ya está otra vez súper caliente”, explica.

La otra parte de la ecuación es que su ciudad es una urbe muy verde, con mucha vegetación y sombra, ubicada al pie de la cordillera y con abundantes ríos.

El radiador de piedra y la logística del espacio

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Residentes de París protegen sus departamentos del sol y del calor el 26 de junio de 2026.AFP

París no fue diseñada para el calor, así como Cali no fue diseñada para la nieve. Antes de que llegara la canícula, la ciudad venía de unos ocho meses de frío, aunque lo cierto es que se trató del cuarto invierno más cálido del cual se ha tenido registro, según Meteo France.

Su apariencia de postal que tanto gusta a los turistas y que la hacen una de las ciudades más visitadas de mundo, como los edificios con elegantes fachadas, en piedra, con tejados recubiertos de chapa funcionan hoy como un horno que emite calor las 24 horas del día.

El zinc en los techos absorbe la radiación diurna y la irradia hacia los apartamentos del último piso durante la madrugada, sin dar tregua a sus moradores.

Abajo, en la calle, el panorama no es mejor. Cientos de cuadras se suceden sin un árbol a la vista, solo piedra, concreto, asfalto y zinc emitiendo calor.

“Hay muchos parques con muchos árboles pero en los barrios como tal, por ejemplo los barrios residenciales donde yo trabajo, no hay árboles en las calles, o sea, no es chiste. Los árboles están en los pedacitos de parque y ya. Entonces, es demasiado calor”, agrega Guevara.

Por su parte, Tanya Gutiérrez, una nicaragüense radicada en París tras largos años viviendo en Estados Unidos, tiene la misma observación.

“Vivimos en una calle que es una calle muy transitada, muy popular con muchísimos bares y restaurantes. No hay un solo arbolito en esta calle. No hay uno, es una cosa impresionante. O sea que si caminas tienes que estar buscando siempre donde está la sombra de los edificios”, explica.

Gutiérrez aprendió rápido la disciplina del encierro parisino: Abrir todas las ventanas a las seis de la mañana para capturar el último aliento fresco de la madrugada y trancarlas y cubrir con cortinas cuando el sol toca la fachada.

El resultado son hogares en penumbra medieval en pleno junio. Es un mal necesario. En las redes sociales abundan los memes de latinos abriendo las ventanas de los apartamentos en Madrid o en París en plena canícula para que circule el aire, para luego ser incinerados por el fuego que entra de la calle.

En el transporte público, la asfixia es literal. A diferencia de los autobuses en múltiples países de América Latina, que carecen de aire acondicionado pero compensan con grandes ventanas correderas abiertas, los autobuses parisinos confinan a los pasajeros tras vidrios fijos con apenas unas pequeñas rendijas de ventilación.

Sin escapatoria, alivio ni permisos para aires acondicionados

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Varias personas se lanzan a una fuente de agua cerca de la torre Eiffel, en París, Francia, el 22 de junio de 2026.AFP

De las 14 líneas del Metro de París, solo seis tienen aire acondicionado.

Múltiples comercios, oficinas públicas, algunas salas de cine o incluso hospitales carecen de sistemas de climatización.

Ni siquiera una bebida fría puede darse por sentado, pues los parisinos prefieren muchas veces sus bebidas a temperatura ambiente o sin hielo, una costumbre, según algunos, muy “americana”.

Algunos días se siente que no hay escapatoria ni alivio alguno al calor.

Frente al colapso térmico, la respuesta del aire acondicionado choca en París con una triple barrera: la regulación patrimonial, el precio de la energía y la dictadura del metro cuadrado.

Las fachadas históricas no soportan compresores externos y las asociaciones de copropietarios prohíben su instalación, preocupados por el calor y el sonido que estos aparatos emiten durante la noche, cuando miles de personas duermen con las ventanas abiertas.

La única alternativa es el aire acondicionado portátil: Un monolito ruidoso, costoso y pesado que exige la instalación de un tubo por la ventana para expulsar el aire caliente, lo que reduce su eficiencia y que cuesta una fortuna eléctrica en un país con la energía en máximos.

La búsqueda de estos aparatos, que hora mismo escasean en Francia, provocó múltiples escenas de violencia en el país la semana pasada, de ciudadanos intentando comprar los pocos que quedaban antes de la actual canícula.

Gutiérrez estaba acostumbrada a la vida con aire acondicionado en Estados Unidos, “donde hay un aire acondicionado central, donde tú te subes al auto y el auto tiene aire acondicionado, que subes al transporte público y tiene aire acondicionado, vas a las tiendas”.

La solución y el problema del aire acondicionado

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Supemercado francés con inventario agotado de ventiladores y aires acondicionados en Fontenay-le-Comte, Francia, el 25 de junio de 2026.EFE

El pasado mes de marzo, cuando aún hacía frío, fue a comprar una unidad portátil usada “a insistencia mía y por recomendación de amigos”, y el aparato “ha sido la respuesta a muchísimos problemas. La verdad es que yo no sé qué haríamos nosotros sin el aire y sin el abanico”.

Gutiérrez también mantiene tapadas y oscuras las ventanas de su departamento para evitar que entre el sol e incluso un ventilador portátil en la cocina, lugar al que se limita a entrar solo durante las primeras horas del día cuando hace fresco.

Ella admite que contar con una unidad de aire portátil es un lujo y que mucha gente no podría tenerla por motivos de espacio, por las diminutas dimensiones de las viviendas en la ciudad.

“Los espacios en los apartamentos en París son tan reducidos pues la gente no tiene espacio para guardar un abanico tampoco. Los abanicos en cierta forma hacen algún bulto y creo que eso limita mucho también porque, pues te compras un abanico y lo tienes que guardar por nueve meses porque lo vas a usar tres solamente”, explica.

Gutiérrez cree que la solución al calor tiene que ver con los espacios verdes, que escasean en esta urbe y que está demostrado que son la mejor medida de mitigación. 

En su natal Nicaragua, explica, las casas están más acondicionadas al clima tropical y al calor, “que incluso es un calor mayor que el que hace aquí en París. Pero las casas tienen patios, hay árboles, creo que hay una mayor circulación de aire. Aquí los espacios no están acondicionados para este tipo de clima. Creo que es mucho más densa también la ciudad. No hay mayor circulación de aire, los edificios están muy pegaditos unos al otro”.

La brecha térmica

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Migrantes y otras personas sin hogar descansan en carpas debajo del metro de París, en medio de la ola de calor, Francia, el 22 de junio de 2026.AFP

El debate sobre la climatización ha adquirido en Francia un tinte casi moral. Existe una resistencia cultural que etiqueta el aire acondicionado como una comodidad superflua, un exceso de consumo norteamericano o una renuncia ecológica.

La profesora Guevara observa que en un lugar en donde trabaja los dueños cuentan con solo un ventilador y “tampoco quieren comprar más y yo entiendo”.

“Yo también de alguna manera entiendo cómo el ser reacio hacia el consumo extremo, a comprar en masa aires acondicionados, cómo el sobreconsumo de cosas pues es lo que nos ha llevado un poco a esto”, opina, en referencia al cambio climático como consecuencia de industrias que demandan cada vez más recursos y contaminan más el ambiente intentando satisfacer el insaciable apetito por bienes de consumo.

París intenta mitigar las consecuencias de este cambio climático que muchas personas creyeron que tardaría en llegar muchos años después.

Por lo pronto, la ciudad trabaja incesantemente en reforestar la urbe, en remover los autos de la ciudad o dar preferencia a los vehículos eléctricos y al transporte público masivo, instalar oasis de agua en calles, parques y jardines, en la transición al uso de energías renovables en los edificios y en mejorar la eficiencia energética de los hogares.

Para Guevara, “el Gobierno como tal tiene que concentrarse en esas personas que no tienen nada. Que realmente la están sufriendo en la calle. Y bueno, también los viejitos que están solos”, que son la población más vulnerable en estas crisis.

“La atención tiene que estar en las personas que realmente no tienen las posibilidades mínimas que tenemos los demás para soportar el calor. No paro de pensar en esa gente porque digo, ‘ellos son los que realmente la están pasando mal’. Entonces, por eso quejarme me da como hasta rabia”, agrega.

Al caer la medianoche sobre el Sena, mientras la piedra y los tejados de chapa siguen devolviendo al aire el calor almacenado durante el día, París duerme a oscuras y con las ventanas abiertas, suspendida en la incómoda certeza de que el invierno ya no basta para salvar del cambio climático a una ciudad diseñada para el frío.

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