Leyenda Urbana
Correa enfrenta sus propios demonios; la sentencia condenatoria ha sido confirmada
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

20 Jul 2020 - 19:00

“Recuerda que eres mortal”, le decía al oído un esclavo que iba junto al César, que pletórico por sus triunfos desfilaba por la Roma Imperial, en medio de los vítores del pueblo, que le hacía sentir un dios.

En Ecuador, durante 10 años, la Presidencia fue semejante a un trono con una corte de corifeos, sumisos y aduladores que le decían al gobernante que, como había ganado varias elecciones, todo lo que dijera e hiciera estaba correcto. Así, Rafael Correa, una y otra vez, se saltó la ley. Hoy, sin el escudo del poder, debe mirarse en el espejo, y descubrir que fue un gobernante que delinquió.

La sentencia a ocho años de prisión y de inhabilidad política en su contra, en el caso Sobornos 2012-2016, dictada el 7 de abril pasado, cuando el Tribunal concluyó que la víctima del delito es el Estado. Y dio la razón a la Fiscalía, que demostró la existencia de una estructura de corrupción, fue ratificada, ayer. 

El catálogo de delitos del exmandatario es enorme, como enormes son los montos de los perjuicios; pero fiel a su esencia, de seguro debe intentar hacerle trampa a su propia conciencia, para auto-convencerse que es un perseguido político. Pero no le dará resultado. 

Si dice Glas, sabe que se ha salvado de también ser procesado en la millonaria trama de corrupción de Odebrecht. 

Si menciona Esmeraldas allí están los sobreprecios en la refinería, la que no solamente no fue repotenciada sino a la que con un remedo de arreglo, con materiales reciclados, la afectaron más, pero despilfarraron USD 2.200 millones. 

Desde Europa, recordará el Pacífico, pero en lugar del apacible océano, debe asomar El Aromo en el que derrocharon USD 1.528 millones para aplanar un terreno de una refinería imaginaria. 

Correa debe saber que el país que gobernó no tiene dinero para enfrentar la pandemia, que ha cobrado la vida de miles de ecuatorianos, por lo que ha debido endeudarse, hasta para pagar sueldos. 

Y debe recordar su infame derroche en viajes por el mundo, farras y sabatinas. Y darse cuenta que, pese a los cuantiosos ingresos por alto el precio histórico del petróleo, durante su gestión endeudó al país hasta dejarlo con la estratosférica suma de USD 60.000 millones.

Claro que la Contraloría de Pablo Celi ha encajonado el examen especial que analizó la infame deuda pública y, sin explicación alguna, dejó de convocar a los once ecuatorianos de primer nivel designados como veedores. Eso también lo sabe el sentenciado de Bélgica y, en este caso, debe respirar.

Sin admitir sus yerros, por su mente deben desfilar los casos más siniestros que ocurrieron en el Ecuador y en los que sabe está involucrado, aunque ha logrado, hasta ahora, esquivar la justicia. 

Mencionar los helicópteros Dhruv le debe llevar al crimen no resuelto del general Jorge Gabela, excomandante general de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, proceso traspapelado en los anaqueles de los juzgados también contaminados por la corrupción y la impunidad. 

El dramático trance financiero del Seguro Social, al que su voracidad económica le infringió un golpe mortal, al tomar dinero ajeno, debe recordarle que sus adláteres le facilitaron la transacción, dejando a los jubilados en riesgo de no recibir su pensión y de ser arrastrados a la miseria. 

En algún momento debe recordar sus desvaríos que terminaron con el secuestro de su excolaborador Fernando Balda, hecho judicializado al que le falta sentencia porque no puede dictarse en ausencia del imputado. Y debe regodearse por haber huido del país.

Tomando café en una terraza de Bruselas sin que nadie repare su presencia, recordará que nadie de su entorno le dijo nunca que su gobierno llegaría a su fin y que él mismo volvería a ser un ciudadano común. Y recordará aquellos desfiles, cuando flanqueado por intimidantes agentes y fuerzas de seguridad, mostraba su poderío y concluirá que, en verdad, sin poder político, es un ídolo de bisutería. 

Y, entonces, se demolerá los sesos maquinando cómo engatusar, nuevamente, a un pueblo confiado para intentar seguir haciendo del país su dominio particular, aunque sea por interpuesta persona, puesto que él sabe que está condenado a no volver.

“La justicia aunque anda cojeando, rara vez deja de alcanzar al criminal en su carrera”, dijo el gran poeta romano Horacio. Y tuvo razón.

Mordiéndose el coraje, Correa debe cavilar en cómo de tantos hechos de corrupción de magnitudes colosales haya terminado sentenciado por un “tema menor” y, sin lograr respuesta valedera alguna, su irrefrenable vanidad debe estar enfrentando sus propios demonios. Y ya no tendrá paz.

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