Columnista Invitado
La dieta de la toronja y de la banca
Julio José Prado

Julio José Prado

PhD en Management con énfasis en Competitividad de Lancaster University Management School. Presidente Ejecutivo de la Asociación de Bancos Privados del Ecuador. Profesor y director del área de Entorno Económico de IDE – Business School.

Actualizada:

24 Nov 2020 - 19:00

Cada cierto tiempo se ponen de moda algunas dietas: la Keto, la Atkins, y la siempre popular dieta de la toronja, a veces llamada la dieta de Hollywood. ¿En qué consiste esta terapia mágica? Básicamente, en tomar media toronja antes de cada comida para quemar la grasa que uno va a ingerir y listo.

En su versión más conocida, no implica rutinas de ejercicio. Basta ingerir media toronja antes de cada comida y bajará de peso. En realidad, todos sabemos que lo único que nos hace bajar de peso, de manera consistente y sostenible, es una buena alimentación y una rutina de ejercicio regular.

El resto son mitos, que nos hacen creer que sin atacar la causa real del problema podemos encontrar soluciones milagrosas.

Resulta que entrando en materia bancaria, hay quienes parecen creer en recetas mágicas que suenan bien, pero al igual que la dieta de la toronja, no solucionan nada. Es más pueden empeorarlo todo.

Algunas de esas mágicas ‘dietas bancarias’ incluyen, eliminar el récord crediticio para que haya más crédito, crear segmentos de crédito para que sea obligatorio prestar, hacer que los servicios bancarios sean gratuitos, impedir el cobro de multas por deudas en mora o bajar las tasas de interés por decreto.

Abordemos este último punto, por ser el más recurrente. Es lo que llamaremos la Dieta de las Tasas.

Solución mágica: bajar las tasas de interés. Resultado: menos crédito y sobre endeudamiento. Este es posiblemente el caso más recurrente de dietas bancarias.

Si bajamos las tasas, por decreto, a la mitad o menos todos tendrán más crédito. Falso. Se olvidan quienes proponen esto de que en cualquier industria hay oferta y demanda.

Si la tasa baja demasiado, la demanda crecerá de forma desproporcionada y, en cambio, la oferta se restringirá porque las tasas no se cubrirían los costos mínimos para poder prestar.

El resultado puede ser uno de dos: o desaparece el crédito del mercado y hay menos bienestar que antes, o los bancos se ven presionados a colocar a tasas bajísimas, lo cual induce a malas prácticas, pues los bancos deben prestar a clientes de alto riesgo y se genera un incentivo para sobre endeudar a los clientes.

Eso fue exactamente lo que pasó entre los años 2002 y 2006 en Estados Unidos. Tasas artificialmente bajas con créditos garantizados por el Estado, hicieron que los bancos comenzaran a tomar riesgos que nunca antes habían tomado.

Y aparecieron los famosos créditos NINJA (No Income, No Jobs, No Assets). Una receta explosiva.

La realidad es que sabemos de sobra que las tasas son una consecuencia, no una causa en sí misma. ¿Queremos que las tasas bajen? Hay que atraer más capital barato y estable. Hay que bajar la carga impositiva, como los Impuestos a los Activos en Exterior o el Impuesto a la Salida de Divisas.

Hay que reformar el Código Monetario para que sea atractivo tener bancos en Ecuador, y que así venga más inversión directa y venga también la banca extranjera.

Hay que mejorar el entorno económico, que ha hecho que el riesgo país haya sido, en el promedio de la última década, 4 o 5 veces mayor que el de Colombia y Perú.

Hay que profesionalizar y formalizar a las empresas de Ecuador, para que el crédito sea menos riesgoso. Hay que incentivar la cultura de ahorro, para que los depósitos sobre el PIB no sean los más bajos de América Latina (33%), sino los más altos, como en el caso de Panamá (110%).

Hay que crear incentivos que promuevan la innovación financiera y la competitividad. Entre muchas otras acciones previas.

Pero claro, lo más fácil es pensar que existen soluciones mágicas para bajar las tasas de interés, sin antes trabajar en lo realmente importante. Pero al igual que en las dietas, hay tanta gente dispuesta a creerse ese cuento que es muy fácil vender la píldora.

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