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¿Está la meritocracia en vías de extinción en Ecuador?
Vanessa Carrión

Vanessa Carrión

Es Ph.D. en Economía. Docente-investigadora de la Universidad de las Américas. En sus investigaciones combina sus dos pasiones: la economía y la ciencia política.

Actualizada:

30 Jun 2020 - 19:00

El término mérito proviene del latín meritus que significa ganar o merecer. El concepto de meritocracia fue acuñado por el sociólogo británico Michael Dunlop Young, en su famoso libro ‘El triunfo de la meritocracia’.

En el muy influyente ‘Reporte de Desarrollo Mundial de 1997’ del Banco Mundial y la Universidad de Oxford, se presenta evidencia de que las burocracias efectivas y que se construyen con base en méritos promueven el crecimiento y la disminución de la pobreza.

Son también más eficientes, menciona el reporte, ya que pueden proveer bienes y servicios públicos a un costo más bajo. Por el contrario, en aquellas burocracias politizadas, los servidores públicos concentran sus esfuerzos para complacer a sus superiores o a quienes los colocaron en el cargo. 

En la política, existen tensiones entre la meritocracia y la igualdad. Reconocidos académicos como Bourdieu y Bowles han cuestionado el sistema meritocrático por reproducir pautas de desigualdad social.

Robert Dahl consideraba que la meritocracia es enemiga de la democracia, argumentando que esta última presupone la igualdad de las personas, el derecho de los votantes para determinar aquello que es mejor para ellos y la igualdad política. En este sentido, el principio de igualdad es una norma necesaria y fundamental para lograr la justicia social. 

En relación con la justicia, en la distinción entre mérito e igualdad hay que evaluar los valores democráticos de las sociedades. Al ser Ecuador una democracia representativa, ¿aquellos elegidos por el pueblo representan la visión colectiva de nuestra sociedad y sus valores?

Un reciente estudio, realizado utilizando los resultados electorales de las elecciones de Asambleístas de 2013 y 2017 en Ecuador, muestra que la mayoría de ciudadanos elige a sus representantes considerando ciertas características personales, en particular la fama (que puede tener diversos orígenes).

Los candidatos “famosos” reciben en promedio entre 20% y 40% más votos que sus pares no famosos. No es extraño entonces observar en las diferentes listas de candidatos a presentadores de televisión, deportistas, reinas de belleza, cantantes, participantes de ‘realities’ y hasta payasos.

Si bien, el ser un personaje de farándula no inhabilita a ningún individuo para participar en política, es importante considerar que las habilidades escénicas deben combinarse con otras cualidades como la honestidad y la transparencia para que el servicio público pueda ser ejercido con responsabilidad.

Cualidades que lastimosamente no se observan en muchos de nuestros representantes.

Siendo la política un proceso de resolución de conflictos, las habilidades requeridas para lograr la confluencia de intereses (tanto individuales como colectivos) -además de responder a objetivos y valores- deben también incluir conocimiento y destrezas técnicas.

El estudio mencionado encuentra que el nivel de formación del candidato, que refleja la preparación técnica que posee para ejercer las funciones del cargo para el que postula, no cuenta para el electorado. Es decir, no elegimos a nuestros representantes basándonos en sus títulos académicos. 

Estos resultados podrían ser un indicativo de que la meritocracia en Ecuador está en proceso de extinción. Reflejan también un sistema político que, en lugar de evolucionar, retrocede, creándose así el escenario perfecto para el auge de la política de la farándula.

Como electores, es de suma importancia revaluar nuestras nociones no sólo de meritocracia, sino también de igualdad y justicia social. Si bien es necesario ir más allá de las medidas tradicionales de éxito, es también necesario identificar los valores centrales no negociables que deben tener nuestros líderes. 

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