El Chef de la Política
Hasta las últimas consecuencias y caiga quien caiga: la impunidad como estilo de vida
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Cada vez que se escucha a jueces o fiscales vociferar que las investigaciones se van a llevar “hasta las últimas consecuencias” o cada vez que el funcionario público, sobre todo el de elección popular, convoca a rueda de prensa para anunciar que la fiscalización se dará “caiga quien caiga”, el presentimiento que invade al país es que seguramente todo va a quedar en la impunidad. De hecho, ambas frases, estribillos clásicos de los corruptos que prioritariamente nos gobiernan, cada día significan más que ellos harán de las suyas. Incapaz de tomar cualquier acción específica, a la ciudadanía de fe no le queda sino confiar en que algún día la justicia divina se impondrá. Los que no profesan creencia alguna deben conformarse con la resignación y el siempre reconfortante elixir de que “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque no siempre esa fórmula de consuelo mundano sea real.
La Asamblea Nacional es un ejemplo palpable de la impunidad como estilo de vida. Allí, en esa institución caracterizada por la liviandad de ideas y el esfuerzo por ocultar su docilidad extrema, el sonreído y sumiso presidente y su séquito de parias no cesan de llenarse la boca con llegar “hasta las últimas consecuencias” o el “caiga quien caiga”. De esa manera, aunque intentan engañar a la ciudadanía con una supuesta labor fiscalizadora, lo único que consiguen en realidad es que cada vez quede más claro que, si han existido legislaturas ecuatorianas entregadas en alma, vida y corazón al Ejecutivo, la de ahora rebasa con creces los índices de servilismo político. Antes al menos había un discurso medianamente elaborado para disfrazar el entreguismo, ahora ni siquiera eso.
En la justicia sucede algo similar. Hay mucha tela para cortar, pero basta con citar el caso Progen para recrear la escalada de impunidad y el vaciamiento de las expresiones “hasta las últimas consecuencias” y “caiga quien caiga”. Ahí, en ese nido de roedores que es el Poder Judicial, con las debidas consideraciones a los roedores natos, que de cualquier forma cumplen un rol dentro del ecosistema, ahora se ha iniciado un proceso penal en el que los únicos que no han sido involucrados son los que mayor responsabilidad tienen en ese atraco a los recursos del Estado. Basta seguir la ruta del dinero que estos malvivientes se dilapidaron para llegar a la conclusión de que allí, en el caso Progen, jueces y fiscales tienen un acuerdo delictivo para que la verdad no salga a la luz.
Y así podríamos seguir enumerando los casos en los que llegar “hasta las últimas consecuencias” o el “caiga quien caiga” no sirven sino de señales de alerta para que el común de los ciudadanos se entere de que un nuevo latrocinio contra las arcas públicas se ha cometido y, concomitantemente, que los responsables se mantendrán en sus cargos, buscarán la reelección y en algún momento serán condecorados. Ese es el país en el que vivimos: el país en el que la impunidad es un estilo de vida.
Pero hecho el diagnóstico, lo que sigue es auscultar si hay algún mínimo espacio para el cambio. Algo, por más elemental que sea, que permita tener un haz de esperanza hacia futuro. Algo, por más básico que parezca, que pueda mantener viva la idea de que acudir a las urnas cada cierto tiempo, vale la pena. Algo que nos permita seguir creyendo que vivir en un ápice de democracia es preferible a estar del otro lado. Del lado en el que la imposición de un grupo es ley. Nada parecido a las dictaduras del siglo pasado en el Cono Sur, desde luego. Algo más bien cercano a lo que ahora mismo sucede en Nicaragua, donde marido y mujer, la pareja que aún causa frenesí a muchos, mantiene a un pueblo subyugado y a una oposición sin fórmula de escape.
La noticia buena es que, en efecto, desde la organización básica, la ciudadanía puede proponer estrategias para evitar que la impunidad termine de pasarnos por encima de una buena vez. La noticia menos buena es que para ello necesitamos trabajar en observarnos como iguales, como ciudadanos de a pie interesados en que el “hasta las últimas consecuencias” o el “caiga quien caiga” no sea el argumento con el que una serie de pillastres sigan dilapidando los pocos recursos económicos que aún nos quedan.