Siempre hay un precio: El diablo viste a la moda otra vez
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Se atribuye a Oscar Wilde la idea de que todo en el mundo gira en torno al sexo, excepto el sexo, que gira en torno al poder. También podríamos sustituir, por un rato, la palabra ‘sexo’ por ‘moda’, y la frase preservaría su sentido y su pretensión reveladora. En ese sentido, podríamos pensar que el motivo fundamental del director David Frankel y la guionista Aline Brosh McKenna, para realizar, veinte años después, una secuela de su película sobre el poder de la moda tiene que ver, justamente, con la actualidad incesante del tema. Algo sustantivo en este planteamiento es que el público puede volver a ver en sus papeles a Meryl Streep, Anne Hathaway y Emily Blunt, legendarias, maravillosas y maduras.
Es evidente que existe una tendencia hacia una suerte de melancolía en el cine comercial. Una que nos provoca la duda de saber qué sucedió con aquellos personajes que amamos tiempo atrás. No solo tiene que ver con el envejecimiento de actrices y actores, así como de sus personajes, sino de todos nosotros, espectadores y protagonistas de nuestras vidas. Quizá por eso nos llena de emoción volver a ver, en un primer plano, a Miranda Priestly (Meryl, la reina divina de la actuación), con más surcos en el rostro, lidiando con un nuevo mundo en el que ya no es tan fácil ser ella. Aunque ella, como Darwin, entiende que en la moda, el poder y las especies, sobreviven los que tienen la capacidad de adaptarse. Y ella aún está allí, decadente y cerebral, en la cúspide a la vez de la frivolidad y la creatividad.
Y es que las experiencias más relevantes de la vida social, o simplemente de la vida, pueden ser al mismo tiempo un Edén y un Hades. Ya lo decía, para seguir con las citas, Walter Benjamin, cuando postuló que no hay documento de cultura que no sea, también, documento de barbarie. Las mentes más creativas del planeta construyen continuamente una belleza inaccesible, solo para la insustancialidad de las élites que pueden pagar accesorios de miles de dólares. Andy Sachs (Hathaway, cada vez más elegante), años atrás, había preferido apartarse de la banalidad y, por el contrario, evidenciarla por medio del periodismo serio. Había abrazado la complejidad y la profundidad, y había pagado el precio de ser una mujer independiente dedicada a su proyecto profesional: estar sola.
El mundo, sin embargo, se transformó en algo nuevo, aún indefinible. Los espacios del periodismo serio y complejo se fueron cerrando, arrastrando a algunas de las mejores plumas al callejón sin salida de aquella banalidad de la que pretendieron huir en la juventud. Andy Sachs regresa a la casi gloriosa revista Runway, otrora panacea de la moda, en el momento de una crisis reputacional, que es también, parte de la crisis que atraviesa la cultura, el mercado, el discurso y la propia libertad. El poder, inconmensurable, del gran capital es el elemento que define el rumbo de la belleza, el estilo, el empoderamiento de la mujer y las formas del poder, a fin de cuentas.
Y todos, tras estos veinte años y a través de esta historia, podemos hacernos preguntas relevantes sobre el rumbo de nuestras vidas. ¿Hemos crecido de algún modo? ¿Seguimos, acaso, en los mismos hoyos, como Emily (Blunt)? ¿Hemos caído en franca decadencia? ¿La vida nos ha orillado a volver al lugar del que salimos para perseguir la libertad? Miranda, como personaje, siempre es la respuesta colosal a estas preguntas. Incluso cuando es demasiado dura, estricta, exigente, inaccesible. Quizá, a ratos, la vemos casi cruel, precisamente, por todo el peso que implica liderar. En el imaginario de un jefe hombre estos atributos serían una obviedad. En ella, hace veinte años, fue extraño, porque rompía paradigmas. Y también habría puertas. Por suerte, el tiempo no pasa en vano y ahora sabemos que también es entrañable y demasiado consciente de que para todo triunfo hay que tener el valor de sacrificar algo valioso.
Elegancia, estilo, sofisticación, porte, glamour. Ante la superficialidad del mundo, la tendencia es refugiarse en capas que construyan nuestros personajes. Porque en el mar de trivialidad, a veces, a las personas les tratan de acuerdo a cómo les ven, por cómo se muestran. Y preferimos trabajar hasta destruirnos para comprar esos accesorios de miles de dólares. Romper esquemas, porque no tenemos otra alternativa. Exigirnos más de lo posible. Construir fortalezas de papel de seda. Y, sin embargo, llega un momento en que cobramos conciencia de que somos un proyecto, el nuestro, el de cada uno. Como Miranda, que entiende que nunca, jamás, la Inteligencia Artificial va a poder crear, diseñar, amar, sacrificar o decir lo que es y debe ser la belleza como lo hace ella, que se sabe irremplazable. En ambas películas, en los momentos cruciales, aparece la ciudad de Nueva York. Quizá sea uno de los más altos símbolos de todo lo que es la humanidad, el Edén y el Hades, la civilización y la barbarie, la cultura y la banalidad. Los sueños. La libertad. El amor. La catarsis. La más grande desilusión y el más grande extrañamiento. El lento e indetenible proceso en el que caminamos hacia la circunstancia de volver a ser solo polvo. Nada. Todo. Los sacrificios indecibles. El precio, inevitable, que siempre hay que pagar para ser lo que somos.