Cambio de Rueda
King, la locomotora del mal la conduce el bien (¿o era al revés?)
Santiago Roldós

Santiago Roldós

Actor, escritor, director y profesor, cofundador del grupo Muégano Teatro y de su Laboratorio y Espacio de Teatro Independiente, actualmente ubicado en el corazón de la Zona Rosa de Guayaquil. A los cinco años pensaba que su ciudad era la mejor del mundo, pero entonces también creía en Dios y en Barcelona Sporting Club. 

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1 Nov - 10:56

Si Jesús no previó que la niña angelical enviada por Dios para decirle que podía bajarse de la cruz y hacer tranquilo su vida de carpintero junto a María Magdalena era en realidad el diablo, ¿qué se puede esperar de nosotros?

En un memorable documental acerca de su tensa relación con la cultura pop, Godard confronta en pleno set las acusaciones de su fotógrafo, por maltrato y autoritarismo: “¿Acaso sabes quiénes inventaron la lente de tu cámara? Por supuesto que no lo sabes: Hitler y sus cineastas”.

La genealogía de los artefactos enseña que el mal puede agazaparse en una afeitadora, y ni siquiera en una rubicunda, diseñada por Arpegio, con falsas perlas incrustadas en imitación nácar, típico producto de revistas Duty Free que te empujan, miserables, a gastar lo que no tienes, como si sitiado por las nubes y la falsa sencillez de acero de una especie que, tras siglos convencida de jamás lograrlo, un buen día pudo conquistar el aire, y entonces ya no tuvieras más remedio que envanecerte y comprarte otro cachivache. No, hablamos de algo más pueril, pues mientras menos evidente, más eficaz es la maldad: la afeitadora desechable. 

Cuenta la leyenda que nació en una noche de tormenta de la segunda mitad del siglo XIX, cuando las ideas de la revolución industrial se parecían a las esporas del sarampión y la rubeola: cualquiera las tenía. Y aunque todavía faltaban el cine, las gafas de Groucho, Spotify y Tinder, algunos pensaban que ya se había inventado ‘todo’. 

Un viajante comercial de nombre edípico: King, y apellido aún irrelevante: Gillette, se afeita a navaja ante el espejo de un hotelucho donde intenta mitigar su fracaso, de ese y los otros 14 mil días de su vida, y de pronto recuerda el enigmático consejo de un inversor al que su rictus de acomplejado le había caído en gracia: “Algo desechable, King, piense en algo desechable”.

A esa profecía hoy le llamamos obsolescencia programada, cartografía tecnológica donde se maridan tragedia y superávit: el día en que acabas de pagar el préstamo de tu auto, comienza a morir, literalmente, pedazo a pedazo, y en lugar de cambiar de una puta vez a la bicicleta, o de largarte a algún punto del planeta donde subirte a un bus no sea sinónimo de atraco o muerte, venceremos, adquieres otro préstamo.

Pero King Gillette todavía no estaba en esas, sino en inventar algo que la gente comprara y casi por las mismas tirara, como las futuras tapitas de plástico de la Coca Cola, o el secreto de Alka Seltzer para doblar sus ventas, anunciando en sus propagandas… dos pastillas en lugar de una. Oh, Gran Señor del Marketing, dios de los oligofrénicos.   

Sin sangre en las mejillas, King dibujó la primera afeitadora Bic, perdón: Gillette, de la historia, un sistema complejísimo de ingeniería que hoy nos remite más a una planta nuclear o trampa del Guasón de los 60s, donde lo descartable eran las hojas del afeite, no su mango todavía a preservar, como todo falo antes de Simone de Beauvoir.

Tras meses de lamer culos, King montó un emporio, del cual fue expulsado al día siguiente con una jugosa indemnización de sus socios capitalistas, una patada de oro en la nalga (nota: investigar la relación entre trasero, oferta y demanda) gracias a la cual pudo dedicarse a su real pasión: imaginar junto a Upton Sinclair la moderna utopía donde capitalismo y comunismo fueran una sola y la misma cosa, garantizando salud, hogar y alimentación gratis, a partir del imperio del monopolio, solución integral a la competencia, origen de todos los males.

Por supuesto, King Gillette veía indispensable que al frente de esa organización social estuviera su persona, y por ello luchó hasta el día de su suicidio, cuando las acciones de su ex empresa, de la que dependía su jubilación de titanio, hicieron crac en 1929. Esto es Palabra de Dios… en realidad de Michel Vinaver, dramaturgo francés que llegó a ser CEO de Gillette Europa, y reconstruyó más o menos así esta locomotora.

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