De la Vida Real
Recuerdos de Gloria en una reunión de té
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

25 Jul 2021 - 19:00

Hace doce años, justo antes de casarme, me hicieron un té las amigas de mi tía. Entre ellas estaba Gloria, la mamá de la dueña del departamento. Tenía más de 80 años. Estaba muy lúcida, pero su cuerpo no iba en consonancia con su mente.

No se podía parar sola y necesitaba ayuda para caminar. Pero Gloria fue el alma de la reunión. Decía cosas muy chistosas, por lo menos eso me parecía a mí, que en ese entonces tenía 26 años.

Ahora me doy cuenta de que lo que me sonaba tan jocoso se ha convertido en sabiduría de larga duración. Hoy, en forma de ‘flashback’, apareció su recuerdo.  

Estaba haciendo el almuerzo cuando, de repente, me acordé de que Gloria me dijo: “Mijita, en la vida lo único cierto es que para hacer arroz se necesitan dos tazas de agua por cada taza de arroz”. 

Mientras ponía el aceite en la olla arrocera con un poco de sal y dos dientes de ajo, me di cuenta de que la vida tiene fórmulas que son invariables.

“Mijita, en la vida lo único cierto es que para hacer arroz se necesitan dos tazas de agua por cada taza de arroz”.

Gloria.

La mente bota estos recuerdos el rato menos pensado. No tengo idea de psicología, pero estoy segura de que estos recuerdos inesperados son los que de alguna manera nos hacen crecer.

Bueno, esa es mi lógica. Hace 12 años estas palabras no significaron nada para mí.

Mientras picaba la cebolla para hacer el refrito de la carne estofada, las frases de Gloria no paraban de aparecer. Me acuerdo de que una de las señoras se paró y comentó: “qué barbaridad, cómo me duele la rodilla”.

La otra dijo “debe ser la luna, porque he pasado con un dolor terrible de la espalda”. Y otra señora continuó: “yo estoy con el del manguito rotador que no me deja ni manejar”.

Gloria, solo acotó: “Qué delicia es tener más de 80 años, porque a esta edad no ha sabido doler nada, nada. Los dolores están ahí cuando una es jovencita como ustedes, pero luego todo se amortigua”. 

“Qué delicia es tener más de 80 años, porque a esta edad no ha sabido doler nada, nada”.

Gloria.

En esa época ¿qué me habrá dolido? Seguro que la cabeza, porque no hay un solo día de mi vida en que no me haya dolido. Las señoras se quedaron hablando un largo rato sobre su salud y sus malestares.

Yo les oía distraída. Francamente, en la edad y en las circunstancias en que estaba no me importaban mucho los dolores ajenos. 

Cuando la mente lanza estos recuerdos siento que hay que subir un escalón más hacia la adultez. Ahora cada vez que me reúno con mis amigas, mínimo nos dedicamos unas dos horas a hablar de los dolores que nos aquejan.

Desde los mareos por triglicéridos hasta esos propios del reumatismo. Dolores de huesos y también del alma. No hay cómo terminar la lista de males sin que hablemos de los terribles embarazos y el traumático parto.

Hemos llegado a esa edad de enfrentar el mal estado de salud, que creía eran solo propios de la gente adulta. Es más, ahora soy víctima del manguito rotador y el fisioterapista me manda a hacer ejercicios geriátricos y a comer gelatina. Dice que es la mejor fuente de colágeno que existe. 

Mientras ponía a calentar el agua, se me vino sorpresivamente otro ‘flashback’. El rato de servirnos la comida, Gloria dijo tan tranquila: “a mí me sirves una agüita de vieja, por favor”. Una expresión absolutamente normal, porque las señoras de más edad siempre la toman.

El problema es que ellas se van muriendo y las que quedan y ahora son abuelas, defendiendo su juventud, pueden sentirse absolutamente ofendidas si se les pregunta: ¿quieren una agüita de vieja? 

El lenguaje, al igual que las tradiciones, se pierden con el paso del tiempo. Y las nuevas generaciones reemplazamos las costumbres de siempre por modernidades ambiguas.

Pensaba en todo esto mientras leía las instrucciones de la caja de gelatina de limón. Podrán pasar mil años y no memorizo las proporciones de cuánta agua caliente se pone por cada taza de agua fría. Ojalá algún día asome otra Gloria en mi vida y me deje marcada la fórmula exacta. 

Ojalá, también, algún día hagan las instrucciones con letra más grandes. Es imposible leer algo tan diminuto. ¿Les pasa que ya deben alejar las cosas para poder leer con claridad?

¿Les pasa que ya deben alejar las cosas para poder leer con claridad?

Eran las 12:30 y tenía que ir a una reunión por Zoom. Primero puse la mesa a toda velocidad, guardé la gelatina en la refri y dejé el arroz, la carne estofada y los maduros fritos en el horno.

Sí, de repente la vida tiene sentido en lo cotidiano: cómo hacer arroz o gelatina, pero, sobre todo, cómo asumir el paso de los años con esa frescura que, durante un té, Gloria me enseñó.

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