Columnista Invitado
Quito, dos inteligencias y poca calle
Arquitecto y consultor urbano con más de 20 años en su oficio. Analiza ciudades y su gobernanza desde la intersección entre diseño, instituciones y ciudadanía.
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Quito activó por fin su sistema integrado de recaudo. Tarjeta Ciudad, códigos QR, cédula vinculada, cuenta digital, validadores nuevos y miles de descargas. Todo muy moderno.
La promesa es razonable: un solo sistema de pago para Metro, Trolebús y Ecovía. La fricción surge cuando se intenta activar algo que aún no es plenamente funcional.
El martes pasado bajé del metro en El Ejido. Siete minutos impecables. Salí a la superficie rumbo a La Patria por Amazonas y volví al Quito de siempre: cruces peatonales despintados, un árbol famélico quitándome la visibilidad y un taxista que me educaba a pitazos sobre el uso correcto de la acera. Ahí está el problema. Ni arriba ni abajo. En el intervalo.
Porque aquí conviven dos inteligencias. Una que se diseña, se mide y se presenta con un lenguaje de eficiencia. La otra se arrastra, se memoriza, se hereda. Es la de la señora que ya sabe qué bus tomar aunque no figure en ningún mapa. La del repartidor que conoce de memoria dónde termina una acera. La del vendedor ambulante que lee el flujo mejor que cualquier estudio de movilidad. Esa lógica no nació como dato, sino como costumbre y maña. Como todas esas cosas que ningún chip puede medir.
Por eso lo de estas semanas importa más de lo que parece. El aparato empezó a desplegarse sobre una trama que ya tenía sus propias formas de resolver.
Desde el Municipio se habla de una operación progresiva, de 2,7 millones de viajes, de más de 70.000 tarjetas entregadas y de decenas de miles de descargas de la aplicación. Bien. Que lo midan. Para eso sirven estos sistemas. Pero en la superficie, los validadores muchas veces no leen la tarjeta, coexisten varios métodos de pago y los recaudadores aguantan insultos que no les corresponden. Un programa piloto previo habría absorbido buena parte de eso. En cambio, se anunciaron 300.000 tarjetas antes de saber si las máquinas las leerían correctamente.
Ahí vuelve la otra inteligencia.
No la del dispositivo, sino la del cuerpo. La que, al ver la larga fila, calcula rápido y toma un atajo.
El desorden quiteño no es una virtud, pero a veces, dentro de él, ya existe una respuesta parcial a un problema que la automatización le cuesta mucho detectar.
La Tarjeta Ciudad fue presentada casi como un gesto cívico, una señal de entrada al futuro. Puede que lo sea. Pero la calle no pedía una postal de modernidad: pedía que el paso entre un sistema y otro no se convirtiera en una prueba de paciencia para el usuario que sale temprano, llega cansado y no tiene tiempo para pedagogías tecnológicas.
Integrar el cobro ayuda. Claro que ayuda. Pero medir mejor lo que pasa no es lo mismo que entenderlo. A veces solo cambia la capa visible del problema.
Yo empezaría por ahí. Por admitir que seguimos confundiendo tecnología con experiencia, y que una parte importante de la urbe sigue funcionando gracias a esa información no registrada que surge cuando el aparato todavía no conversa bien con la vida real.
Quito no se vuelve más inteligente llenándose de aparatos. Se vuelve un poco menos torpe cuando aprende a leer lo que ya ocurre.
El martes salí del metro a la calle de siempre. En ese tramo corto, entre el viaje impecable y la vereda que me recibió como pudo, había una ciudad que no cabía ni en el QR ni en los 2,7 millones de viajes contabilizados.