Punto de fuga
De vuelta al planeta fútbol (pero el que no es carísimo)
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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Cuando este artículo se publique, yo estaré en el aire, en una especie de limbo futbolístico. Trasladándome de la tierra a donde a nadie —o casi nadie— le importa el fútbol (que ellos llaman soccer) hacia una cuya única ilusión, su monotema, desde el jueves pasado es el Mundial de fútbol. Y aterrizaré agradecida de encontrarme en territorio amigo, un lugar donde la gente sabe qué es un penal y es capaz de rezar (y en serio) para que se convierta en gol o no.
No todo ha sido un lecho de rosas en mi camino hacia esta Copa Mundial. Ha habido más enojo y desilusión que nada. La fuente: los precios infames que la FIFA ha permitido que la lógica del mercado estadounidense imponga (con su fijación dinámica de precios), desterrando a decenas de miles de hinchas y haciendo del fútbol un deporte prohibitivo para quienes no ganen anualmente como mínimo six figures (como se refieren en EE.UU. a las cantidades de dinero que van de los USD 100.000 para arriba). O empujando a quienes quieran vivir esta experiencia, deportiva y cultural, a endeudarse de una forma digna de una mejor causa.
El canal ESPN publicó una nota hace pocos días en la que contaba la historia de un fan futbolero, vecino de Los Ángeles, que pudo viajar a los mundiales de Brasil, Rusia y Catar. Pero a los partidos que se jugarán en su ciudad de residencia este año asistirá haciendo un sacrificio enorme (aunque no tenga que pagar tickets de avión ni hospedaje) por los precios absurda e injustificadamente caros que les pusieron.
Los boletos para partidos ‘normales’ en un punto costaban entre tres y cuatro veces más, y para la final, hasta ocho veces más, según cuenta el shockeado Paul Marshall. Con USD 10.000 de por medio, Marshall asistirá a 11 partidos, y no será desde los mejores puestos. Lo más seguro es que estará en los que los estadounidenses llaman los nose bleeding, o sea, asientos que están lejísimos del escenario, muy arriba, donde ya al espectador le coge el mal de altura y a sangrarle la nariz (todo esto metafóricamente).
Los últimos días antes del inicio del partido inaugural, viendo que la gente no compraba tantos boletos como se esperaba, los revendedores y el sistema oficial empezaron a vender puestos más baratos. La ridiculez (e indecencia) de los precios no aguantaron la prueba del mercado. Y aunque no se sabe en cuánto se terminarán vendiendo las entradas para la final, por ahora la razón parece haber prevalecido en parte y los codiciosos ven achicarse sus expectativas. Pero no hay que cantar victoria, que esto recién empieza.
A la final, toda esa mala sangre que vine haciéndome durante meses, empezó a sanar, para dejar nuevamente espacio a la ilusión cuando supe que vería la mitad del Mundial en compañía de los míos: mi familia grande, mis amigos, mis exvecinos, la gente del barrio, de la ciudad entera —rara mutación en mi talante que tiende más a la misantropía y nomalmente huye de lo gregario. Créanme que aunque no les importe mucho el fútbol (y puedo entender por qué), es una experiencia totalmente distinta ver el Mundial en territorio amigo que en territorio neutro o, de plano, hostil.
El de Catar me toco verlo en medio de la abulia absoluta de una ciudad en la que hay que buscar con lupa un lugar dónde ir a ver los partidos en pantalla grande y ambiente festivo. Y eso que su población cuenta con gran presencia latinoamericana (más que nada mexicana). Toda mi solidaridad para los seguidores del fútbol que tengan que pasar este Mundial en el Midwest o el Deep South de Estados Unidos. Les acompaño en su sentimiento de orfandad futbolera.
Yo, en cambio, por un lapso breve, gozaré a tope todo lo que mientras viví en estas tierras devotas del fútbol, me fastidiaba tanto: el ruido, el desorden de los festejos, la paralización de la vida productiva, el embobamiento colectivo (que hoy entiendo como un merecido alivio y una evasión necesaria de tanta realidad horrible). Que gane el mejor y que pierda (plata) la FIFA, para que aprenda.