Columnista Invitado
Quito, la ciudad que se jubila a las seis
Arquitecto y consultor urbano con más de 20 años en su oficio. Analiza ciudades y su gobernanza desde la intersección entre diseño, instituciones y ciudadanía.
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Un viernes cualquiera en Quito, a las ocho y media de la noche. En la calle Whymper, treinta locales reparten su clientela mientras miran el reloj. En la Real Audiencia, los meseros recogen las mesas antes de que cierren las cocinas. En La Pradera, donde hace seis años apenas había farmacias, hoy hay filas para entrar a una cervecería. Y la Plaza Foch… ay, la Foch… existe sin existir.
Imaginemos, por un momento, un Quito sin inseguridad ni estado de excepción. ¿Por qué apaga las luces tan temprano y le cuesta mantenerse despierta?
La avenida Amazonas, en mi adolescencia, era el tontódromo: tres carriles por lado, Chevrolet Forsa con mofles ruidosos, horas de pendejeo que terminaban en una cerveza y una hamburguesa insalubre, pero muy rentables para la vida de vereda. Aquel entonces éramos, paradójicamente, más aldea, pero también más ciudad. Hoy es una avenida de sentido único que nos lleva, sin poder mirar atrás, hacia La Lucha Eterna en El Ejido. Una metáfora demasiado precisa de lo que vivimos como ciudad.
Con el afán de hacerla caminable, separaron al peatón del automóvil como si fueran enemigos, cuando las plantas bajas viven de ambos. Con un poco de regulación, se parecería a la T de Bogotá; en cambio, pasadas las siete, parece un pueblo fantasma, donde solo falta un arbusto seco rodando bajo el silbido del viento.
Se fueron perdiendo cosas así: la mezcla de usos, las plantas bajas que se asoman a la calle, esa iluminación que invita a quedarse y no solo a pasar. Y la vivienda real, que es lo que más se extraña. Se creyó que una avenida se revitalizaría con adoquines y una ciclovía.
Hoy siguen bien parados el Hilton, el Mercure y el Rincón de Francia, sobreviviendo por caché. Alrededor, los locales rotan a la velocidad de los kebabs y de las huecas de estuches para celular. Donde antes había un café con mesas a la calle, hoy hay una vitrina cerrada con Lanfor grafiteadas bajo luces fluorescentes quemadas.
La ciudad tiene un bus turístico de dos pisos desde 2011. Hop-on, hop-off, narración bilingüe, paradas que conectan La Carolina, La Mariscal, el Centro Histórico, el Panecillo y el Teleférico. Cierra a las cuatro de la tarde. El servicio nocturno es panorámico: los turistas miran desde la ventana de La Compañía, San Francisco y la Plaza Grande, lo publican en Instagram y vuelven al hotel para preparar sus maletas para Galápagos.
El eslabón con potencial reactivador es el Metro: veintidós kilómetros, quince estaciones, de Quitumbe a El Labrador. La obra más cara y ambiciosa que la capital ha construido. Un portal que recorre todas las épocas de la ciudad en menos de una hora y que cierra a las once de la noche los domingos. La columna vertebral que sostiene la ciudad opera en horario de oficina. ¿Qué razón tendría un visitante para bajarse en una estación si, al emerger en la noche, apenas un puñado de paradas tiene algo de vida?
La noche quiteña se fragmentó. La Pradera, Las Casas, La Floresta, San Blas y Cumbayá inventaron cada una su propia noche: cada zona, con su público, su horario y su salida temprana. En medio, una ciudad apagada.
Cuando la noche intenta colarse igual, el Municipio reacciona como sabe: regula los bares con licencia y mide los decibeles. Al frente, a la vista de las universidades, las licorerías clandestinas abren a la hora del brunch y el microtráfico ocupa el espacio que la noche formal dejó vacío.
Imaginemos el metro abierto hasta las dos de la mañana los viernes y los sábados. Cuando el metro cierra, los autobuses pueden ayudar. Madrid lleva más de cincuenta años con sus búhos nocturnos: cada quince minutos, desde las once hasta el amanecer. Bogotá tiene su NocheBus. Medellín extendió su metro en jornadas culturales, en barrios específicos y con custodia visible.
Si hubiera frecuencia, predictibilidad y custodia, posiblemente mejoraría mucho el panorama. Y eso obliga a otra discusión: la noche sana y segura sí puede existir y no convive con la licorería clandestina a merced de los estudiantes. El control no se relaja, sino que se redirige.
Lo que Quito todavía no decide es si quiere una capital viva o seguir siendo una ciudad donde todos vuelven temprano a casa y después se preguntan por qué nunca pasa nada.