El helado puede esperar
Gerente de Aprendizaje en CRISFE, experta en liderazgo y política educativa. Promueve la inclusión, formación docente y gestión de sistemas educativos.
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Mi hijo José Rafael tiene dos años. Una noche, antes de cenar, pidió helado, con esa urgencia de los niños ante las ganas de un postre. Le dije que podía tenerlo, pero después de comer. No se conformó con la promesa, quería verlo y asegurarse de que así sería. Entonces hice algo distinto: saqué el helado del congelador y lo puse sobre la mesa, al lado de su plato.
Lo que pasó después me sirvió como reflexión. Comió su cena sin ni siquiera mirar el helado. Sin tocarlo, sin preguntar, sin insistir. Cuando terminó, tomó su helado con calma, con la satisfacción tranquila de quien esperó y sabe que valió la pena.
Me sentí orgullosa ya que fácilmente pudo haberlo tomado en cualquier momento pues lo tenía al alcance de la mano. Pero supo esperar, resistir ese impulso. Entonces me cuestioné sobre la capacidad de espera que tenemos ahora los adultos, con la exposición y alcance continuo que tenemos hacia un mundo de inmediatez. ¿Seguimos siendo capaces de hacer lo mismo? ¿Cuántos esperan en una fila sin revisar el celular? ¿Cuántos no son los primeros en pitar cuando el semáforo apenas cambia a verde?
Vivimos en una época que ha rediseñado, sin que lo decidiéramos, nuestra relación con la espera. Tenemos hambre y en veinte minutos llega lo que queramos. Nos falta algo del supermercado y no hace falta salir, todo está a un clic del celular. Queremos saber qué pasa en el mundo y lo tenemos en tiempo real, sin esfuerzo. Hoy hasta la televisión cambió: ya no es necesario esperar al siguiente capítulo de una serie o program, ahora eliges qué ver, cuándo verlo… y lo ves de inmediato. Insisto, ya no hay espera.
No es un juicio; es una descripción de la realidad. Y sí, hay que reconocerlo: nos estamos acostumbrando a obtener las cosas de forma fácil y rápida. Es una vida cómoda, pero como toda comodidad tiene un costo que no siempre vemos a tiempo. Cuando llegan las consecuencias ya lo hemos pagado: perdemos el músculo de la espera y, como todo músculo que no se entrena, se atrofia.
Recuerdo una idea de un podcast que me quedó grabada: las generaciones anteriores aprendían a tener paciencia sin que nadie se las enseñara. Era la consecuencia natural del mundo en que vivían. Para acceder a información había que buscar en la enciclopedia, hoja por hoja, o esperábamos treinta minutos después de comer para meternos a la piscina. La espera de la carta de un amigo que vivía lejos era eterna, pero la ilusión de finalmente recibirla era única. Esto no era un ejercicio de voluntad, era simplemente la textura del tiempo.
Ese mundo más pausado desapareció. Y con él, sin que nadie lo planificara, desapareció también una escuela silenciosa de tolerancia a la espera y a la frustración.
Lo que tomó su lugar es un entorno diseñado para la prisa y la gratificación inmediata, que poco favorece el desarrollo de nuestro cerebro: dificulta el autocontrol, la inhibición y la autorregulación, funciones fundamentales para el aprendizaje y la vida. La ciencia lleva décadas estudiando precisamente esto.
Un estudio de la Universidad de Duke que siguió a mil personas desde su nacimiento hasta los 32 años encontró que quienes de niños tenían mayor capacidad de esperar y resistir impulsos llegaron a la adultez con mejor salud, mayor estabilidad económica y relaciones más sólidas, independientemente de su inteligencia o de su entorno familiar. No midieron cuánto sabían. Midieron cuánto podían esperar.
José Rafael tiene dos años. Por eso pudo sentarse frente a un helado y esperar. No porque sea extraordinario, sino porque todavía vive en un tiempo más pausado, lejos del scroll y la inmediatez. Eso, en este momento en su corta edad, es su mayor ventaja.
La pregunta que me hago, desde mi rol de madre y educadora, no es cómo protegerlo para siempre de ese mundo, pues sería imposible e injusto. Es más bien cómo darle las herramientas para habitarlo sin que pierda esa calma natural con la que ya transita el mundo. Que, en medio de tanta inmediatez, tenga la capacidad de pausar, de tolerar la espera con la misma calma con la que esperó su helado.
No tengo una respuesta simple, pero sí tengo una convicción: enseñar paciencia hoy no es un tema de crianza anticuada, ni de nostalgia por tiempos más lentos, es una destreza. Una que se practica, se modela y cultiva, igual que cualquier otra. Y en un mundo donde todo llega sin espera, enseñarle a un niño —o recordárnoslo a nosotros mismos como adultos— que algunas cosas valen más cuando se esperan puede ser el regalo más contracultural que podamos dar.