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De Cabo Kennedy a Cabo Trump

Pablo Cuvi

Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.

Actualizada:

04 abr 2026 - 05:55

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Una estudiante de periodismo me llama a preguntar dónde estaba cuando el hombre llegó a la Luna. Normalmente la pregunta es dónde estabas cuando mataron a Kennedy, pero la respuesta es la misma: estaba en Manta.  

Recuerdo que ese medio día de junio de 1969 escuchábamos por radio el alunizaje en una transmisión con mucho ruido, de modo que aquello de “un gran salto para la humanidad” que dijo Armstrong lo leí al día siguiente en el periódico.

En medio de la carrera espacial con la Unión Soviética, el presidente Kennedy había prometido, en 1961, que al final de la década EE.UU. pondría un hombre en la Luna. Sonaba a la apuesta delirante de un político en plena guerra fría por la hegemonía planetaria, disputa que se prolongaba en el espacio, pero Kennedy no estaba pintado en la pared y brindó todo el apoyo a la NASA hasta que le dieron el vire en Dallas.

Si bien la tecnología ha cambiado radicalmente desde entonces, la política no tanto. Hoy, la disputa por la colonización de la Luna se da con otra potencia “comunista”: China. Además, en 1969, al mismo tiempo que alunizaba, EE.UU. se hallaba inmerso en una guerra imperial y anticomunista en Vietnam, donde fue derrotado; ahora se encuentra atrapado en la guerra demencial contra Irán. Lo inconcebible (e inadmisible) es que todo un presidente de EE.UU. se deje manipular por Netanyahu, responda en la práctica a los intereses de Moscú y amenace romper definitivamente los vínculos con Europa.

Tampoco es fácil de entender que el Gobierno del mismo país que ha generado los más grandes avances científicos ataque a las mejores universidades y deje la Secretaría de Salud en manos del peor de los Kennedy, un fanático que se opone a las vacunas y boicotea los programas de investigación médica, impulsando, no el retorno a la Luna sino el retorno del sarampión.

Aunque fue contemplada en vivo por unos 600 millones de espectadores, la hazaña científica de llevar tres hombres a la Luna fue tan asombrosa que desencadenó las más pintorescas teorías de la conspiración: que la NASA filmó eso en Hollywood, decían; que en la Luna no hay viento, pero la bandera flameaba; que no se veían las estrellas en el firmamento. El rechazo de mi abuela fue más contundente: la única manera de llegar al Cielo era muerto en gracia de Dios.

Los vuelos tripulados, los famosos Apolos, se suspendieron luego de 1972 porque ya no concitaban el interés público: había sido derrotada la Unión Soviética en la carrera espacial y “la gente se acostumbra a lo extraordinario muy pronto”, según un periodista de ‘El País’.

Además de bautizar al programa actual con un nombre femenino (Artemisa, la hermana gemela de Apolo) la NASA ha integrado el equipo de astronautas con una mujer, un negro y un canadiense, junto al comandante estadounidense. Ese equipo tan democrático le debe arder al presidente Trump que, junto con Elon Musk, plantearon el año pasado recortar en un 25% el presupuesto de la misma NASA, entregando a Musk y a Bezos la construcción de los módulos lunares. Mientras la Luna de Kennedy era vista como una meta de la especie humana, ahora es un asunto de billonarios.

Hoy, Sábado Santo, mientras en la liturgia católica el Hijo de Dios desciende a los infiernos, los tripulantes del Orión avanzan raudos hacia la cara oscura de la Luna, que estarán contemplando a sus anchas pasado mañana. Nunca un humano había llegado tan lejos. Pero los chinos van pisando los talones a los gringos, pues ya enviaron un exitoso módulo a la misma cara oculta, de donde trajeron muestras de rocas, y ofrecen poner un súbdito de Pekín allá arriba en 2030.

Aquí otra diferencia: en la primera carrera espacial, la economía de la Unión Soviética no era coteja para el pujante Tío Sam y terminó colapsando; hoy, China ya le supera en muchos campos. Un Gobierno que planifica a largo plazo, centralizado y autoritario, tiene todas las de ganarle aquí, en Marte y en la Cochinchina, a una Casa Blanca errática, racista y autodestructiva, cuando no es demócrata, simpática y complaciente.

Por ahora, millones desfilan por las calles de EE.UU. oponiéndose al nuevo rey, quien ya añadió su apellido al Kennedy Center y si logra mantenerse en el poder hasta que el Artemis III desembarque en la Luna, es altamente probable que Cabo Cañaveral, también conocido como Cabo Kennedy, pase a llamarse Cabo Trump.

Por último, como para no olvidar de qué estamos hechos, en esa cápsula que acumula la más sofisticada e inverosímil tecnología, la tripulación del Orión se dedicó el primer día a reparar el inodoro como cualquier hijo de vecino. ¡Suerte, muchachos, que llevan puesta la camiseta de la especie humana!

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