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Un Mundial contaminado por la guerra

Pablo Cuvi

Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.

Actualizada:

25 abr 2026 - 05:55

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Gianni Infantino, el presidente de la FIFA que visitó Carondelet esta semana para la foto con Noboa, superó a Havelange en la comercialización del fútbol, convirtiendo a este Mundial casi en una Olimpiada o una kermés por el número de participantes, a costa de la calidad del evento.

Rey de las relaciones públicas y el besamanos, cuatro meses antes de que Donald Trump bombardeara Irán, Infantino llegó al ridículo de entregarle un premio FIFA de la paz inventado para el fatuo presidente, quien lo recibió encantado en el sorteo del Mundial.

Y esta semana, para rizar el rizo del absurdo, un delegado de Trump pidió a la FIFA que pusiera a Italia en lugar del incómodo Irán, cuyo equipo había clasificado limpiamente. Una petición descabellada e inmoral que se pasaba por el forro los reglamentos y las eliminatorias con la intención de compensar a Roma por las ofensas de Trump a León XIV, y a la presidenta Meloni por no haber acolitado su agresión contra Irán y haber suspendido el acuerdo militar de Italia con Israel.

La petición fue rechazada de inmediato por la FIFA y por las autoridades italianas, mientras el ICE continúa persiguiendo y deportando a los migrantes que detecta fácilmente en las calles de EE.UU. porque son no–blancos, latinos sobre todo, que pueden ir a dar con sus huesos en el Congo o en las ignominiosas cárceles de Bukele, cuyo país, El Salvador, protagonizó en 1969 un enfrentamiento militar con Honduras, la llamada Guerra del Fútbol, a raíz de un partido de eliminatorias para el Mundial.

Sin embargo, el antecedente más notable de esta mezcla delirante del deporte con la política, la persecución racial y la guerra fueron las Olimpiadas realizadas en la Alemania nazi en 1936.

No, no se trata de identificar toscamente a Donald Trump con Adolf Hitler, sino de destacar algunos rasgos comunes de sus políticas, aclarando que, para 1936, Hitler ya había logrado el control absoluto del Estado y llevaba adelante la persecución de judíos, gitanos y comunistas. Por esta razón, las comunidades judías de otros países y las organizaciones marxistas plantearon el boicot de los juegos en Berlín.

En respuesta, los jerarcas nazis, que buscaban utilizar las Olimpiadas para hacer propaganda de la superioridad alemana en distintos campos (“Deutschland über alles”, Alemania por encima de todo) ordenaron quitar los carteles de propaganda antisemita y prometieron acatar las reglas deportivas y no perseguir a judíos y gitanos durante los juegos. Algo parecido ha prometido Washington para este Mundial de fútbol respecto de los migrantes ilegales.

Finalmente EE.UU. aceptó participar en Berlín y arrastró con él a varios países que también dudaban, salvo a la República española que organizó unas olimpiadas paralelas en Cataluña, a la que asistieron más de 5.000 deportistas según Wikipedia. Pero en la víspera de la inauguración se produjo el levantamiento de Franco en Marruecos y todos abandonaron Barcelona, menos “algunos atletas judíos del equipo olímpico de Palestina (que) decidieron, debido a su ideología política cercana a la izquierda, quedarse en territorio español y enrolarse en el bando republicano para combatir al fascismo”. (Hoy suena surrealista, ¿no?).

En el plano individual, para disgusto de Hitler que miraba las competencias desde un palco del espectacular estadio, en Berlín se consagró el atleta negro Jesse Owens, con cuatro medallas de oro, pero Alemania ganó de largo en el medallero general y en la propaganda de la cara amable del país. Incluso, fueron los primeros juegos televisados en directo, en dos salas de Berlín y Postdam.

Cara amable, jaja. Pocos meses después los junkers alemanes bombardeaban Guernica y en 1939 estallaba la Segunda Guerra Mundial y el exterminio del pueblo judío.

Hoy, los papeles se han invertido: el genocidio en Gaza y Líbano corre a cargo del ejército israelita, comandado por Netanyahu, quien tuvo la habilidad de embarcar a EE.UU., el antiguo paladín de la democracia liberal, en esa guerra insensata de Irán que altera al planeta entero y contamina la atmósfera previa del Mundial.

Aunque los hinchas se hagan los locos, dado el carácter impredecible e incoherente del presidente Trump, entre ahora y la inauguración puede suceder cualquier cosa. Alguien que amenaza con devolver a uno de los países participantes a la Edad de Piedra y que persigue en su casa a los migrantes de todo el mundo no es precisamente el mejor de los anfitriones.

  • #Mundial 2026
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