Yo Quiero ser Cowboy
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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Leo en redes sociales un relato desgarrador de una madre que cuenta cómo su hijo y su marido fueron salvajemente agredidos en las playas de Casa Blanca. No conozco todo lo acontecido pero el relato me conmueve. La madre describe con vivos detalles a una turba enceguecida por la ira cuando explica cómo un grupo de jóvenes insultaba y pateaba en el suelo a su hijo, “ante la indiferencia y la complicidad de los adultos presentes”.
Al día siguiente me llega un video —otra vez por redes sociales— de un tipo insultando y tratando de golpear a otro que estaba dentro de su automóvil en un barrio del norte de la capital. Una pelea por algo de carros, el uno le decía al otro “tú me cruzaste”. Algún vecino transeúnte grababa todo con su celular, al mismo tiempo que le decía “tranquilícese, está con su hija, hay una niña pequeña dentro del carro”. En el fondo, de hecho, se escuchaba llorar a una niña.
Después me entero que en casas de Cumbayá hay eventos, tolerados e incluso auspiciados por padres de jóvenes, donde se hacen “campeonatos de box”. Más o menos la lógica de las “broncas” quiteñas de fiestas de Quito o de detrás del TropiBurguer de los 1980s y 1990s, pero domesticada, llevada al hogar. Más que encuentros de box, son espacios de disputa de prestigio y poder, donde niños de 15, 17 (¿12?) años son alentados a pelear para demostrar quién domina, “quién es más macho” a través de la violencia física.
Todos estos incidentes entre muchos otros relatos de broncas, insultos y violencia que suceden en nuestro día a día.
Me cuestiono ¿de dónde viene tanto comportamiento violento? Algunas veces pienso que tal vez es una característica humana, algo que nos viene “por naturaleza”. Pero después me acuerdo de mis estancias en otros países y concluyo que aquí, en Quito, somos especialmente violentos. Sospecho que somos una sociedad acomplejada y reprimida, que además vive en tiempos de mucho estrés y exceso de información. La presión a la que nos vemos sometidos es tal que al mínimo conflicto explotamos, insultamos o pegamos. Si no, pregúntenle a cualquier conductor de la ciudad de Quito.
Pero también debemos ver quiénes son nuestros referentes. Para Ecuador, por lo menos desde después de la segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos siempre fueron el espejo en quién nos hemos visto. Lo que aspiramos ser. Tal vez en Guayaquil más como Miami y en Quito más como Springfield, pero a la final, siempre quisimos ser USA. Comemos McDonald´s, tomamos Coca Cola y consumimos la cultura popular gringa. Y nos pintamos el pelo de rubio para tratar de parecer más gringos.
Estados Unidos por muchos años fue el hegemón democrático en el mundo. El líder de occidente después de la caída del Muro de Berlín, siempre impulsando la democracia en el mundo (o al menos manteniendo ese discurso). Con limitaciones, falencias, y conflictos entre sus dos partidos políticos principales, la democracia estadounidense llegó a ser, por décadas, el referente de democracia a nivel mundial.
Pero ya no más. El advenimiento de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos hace que el espejo en que nos vemos, que además era el referente de la democracia a nivel mundial, sea ahora un régimen autoritario más. Los Estados Unidos de Trump son un país belicista, que pisotea cualquier acuerdo internacional y cualquier norma básica de derecho. Con Trump, de democracia en Estados Unidos no queda ni el discurso: si antes invadían países para “democratizarlos”, hoy esa idea importa un comino. Los Estados Unidos de Trump invaden para controlar recursos naturales y posiciones geopolíticas estratégicas, y lo admiten sin ningún empacho.
Los bullies se imponen en el mundo, a través de la violencia física. Los comportamientos violentos y autoritarios se aprenden a tolerar, y no sólo que se se aprenden a tolerar, se normalizan. Es difícil pensar en resolución de conflictos de forma pacífica, cuando a escala global —y local— vemos que la violencia es lo que se impone a la hora de las resoluciones. A la final, lo que importa es ser el rey del barrio, el príncipe de la cuadra, el varón del metro cuadrado. Sea como sea.
La canción Yo Quiero ser Cowboy fue escrita en el año 2000.