El Chef de la Política
Zapatero a tus zapatos: el refrán popular que algunos periodistas olvidan
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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La división del trabajo es el rasgo esencial de las sociedades modernas. Este atributo no solo constituye el punto central de la especialización en las diferentes etapas de la producción y uno de los ejes de la prosperidad económica de las sociedades. Es mucho más que eso. Esencialmente, la división del trabajo provoca como efecto central que las interacciones entre las personas sean más intensas, aumente la solidaridad grupal y se fomenten prácticas sociales regulatorias. Esta idea, eje de la reflexión de Emile Durkheim sobre el funcionamiento de las sociedades, se puede trasladar al refrán popular que dice: zapatero a tus zapatos. Si cada uno cumple a cabalidad con la profesión u oficio que ha escogido, o que las circunstancias le han llevado a escoger, la sociedad en conjunto progresa de forma ordenada.
Los periodistas, bajo esta perspectiva, son un sector clave para que las sociedades se tornen dinámicas. Su labor no solo es informativa sino también orientadora. Cuando además tienen la posibilidad de investigar, producen insumos determinantes para que la ciudadanía gane en libertades, avance en el plano cultural y desarrolle destrezas y habilidades que le permita vivir en medio de las diferencias propias del régimen democrático. Por ello, ser periodista es una labor francamente difícil de abordar pues demanda entrega y compromiso con su labor cotidiana. En una sociedad en la que prime lo que el mismo Durkheim llamaba solidaridad orgánica, el periodista se dedica a su oficio y nada más que a eso.
Aunque lo dicho parece una obviedad, en Ecuador cada vez hay más excepciones a esa regla. A diario se observa a periodistas que sin empacho dejan su oficio para candidatizarse a cargos de elección popular o a otro tipo de espacios de toma de decisiones públicas cuya designación depende de la voluntad del actor político de turno. Lo grave y peligroso para la sociedad, en realidad, no es el cambio de roles sino asumir que se puede dar ese paso con la posibilidad de retornar al ejercicio del periodismo sin ningún tipo de costo. Si bien los periodistas están en su derecho a transitar hacia la arena política, lo que desborda esa voluntad individual es intentar volver a asumir la enorme responsabilidad social que implica escribir en un medio impreso o digital o tomar el micrófono en una radio. Por ello, para un periodista, pasar a la vida política debería ser un camino sin retorno. No es una cuestión de constitucionalidad ni de legalidad, es algo más profundo y tiene que ver con la confianza de la ciudadanía en la actividad del periodismo como tal.
Peor aún es el caso de aquellos que asumen al periodismo como un espacio de relajamiento temporal de su actividad política. Esos, los que están en permanente ir y volver, entre la tarima del proselitismo electoral y la propiedad o participación en los medios de comunicación, son los que socialmente deberían ser señalados y criticados de la forma más dura que tiene la ciudadanía: privándoles de su sintonía y de la credibilidad que algún día tuvieron. Usar al periodismo como un medio para apalancarse políticamente debe siempre ser censurado y asumido como una falta de responsabilidad social. Puede parecer una posición radical y efectivamente lo es. Hay ocasiones en las que es necesario tomar posturas firmes, sobre todo cuando de por medio está un país en el que el tejido social se debilita de forma acelerada.
La condición del periodista no es la misma que la del médico que deriva a la política y luego vuelve a la atención de sus pacientes. Tampoco es similar a la del abogado que asume cargos públicos y luego retoma la defensa de intereses privados ni es comparable a la del profesor universitario que luego de la actividad proselitista regresa a la docencia y/o investigación. En otras profesiones u oficios, a diferencia del periodismo, hay mayor ductilidad para el tránsito entre lo público y lo privado. Por esas razones, el ejercicio del periodismo debe ser considerado uno de los pilares de las sociedades modernas. Por eso, al buen periodista, al que evita coquetear de la peor forma con la política, no solo se lo debe respetar sino proteger de los embates de los enemigos de la democracia.