Las utilidades y el reto de convertir este ingreso extraordinario en apoyo financiero
Expertos advierten que, sin planificación, las utilidades pueden diluirse rápidamente; mientras que, usadas de forma estratégica, pueden reducir deudas, fortalecer el ahorro y generar estabilidad a mediano plazo.

Persona sentada en la mesa contando dinero
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En abril, el pago de utilidades (uno de los pocos ingresos extraordinarios para los trabajadores en relación de dependencia) coincide con un feriado extendido, un escenario que combina liquidez inmediata con mayor disposición al gasto.
Víctor Ruiz, ingeniero en Finanzas de Empresas Públicas de la Universidad Central y abogado, explica a GESTIÓN que este tipo de ingresos activa una respuesta conductual específica. “La reacción predominante se caracteriza por un ‘espejismo de abundancia’: el trabajador no lo procesa como una herramienta financiera, sino como una recompensa que puede ser utilizada con mayor libertad”, señala.
Este fenómeno se relaciona con lo que en economía conductual se conoce como “contabilidad mental”, un sesgo que lleva a clasificar el dinero según su origen. Mientras el salario se percibe como un recurso destinado a cubrir gastos estructurales, las utilidades tienden a ser consideradas como un excedente disponible.
Liquidez inmediata y decisiones aceleradas
Ruiz advierte que la combinación de dinero disponible y la ausencia de planificación previa configura un entorno propicio para el gasto inmediato. “Se genera una ‘tormenta perfecta’ en la que la planificación deja de ser financiera y se vuelve logística, orientada principalmente al gasto”, explica.
En este contexto, el consumo no solo aumenta, sino que se acelera. Las decisiones tienden a concentrarse con menor análisis, lo que reduce la capacidad de evaluar su impacto en la situación financiera.
El costo de no asignar un destino
Más allá del gasto puntual, el problema radica en la ausencia de una estructura previa. Ruiz señala que, cuando no existe una planificación clara, el dinero tiende a diluirse en consumos fragmentados. “Este tipo de ingresos rara vez se pierde en una sola compra, se erosiona en múltiples gastos pequeños que, en conjunto, terminan absorbiendo el monto total”.
Este fenómeno, conocido como “fuga por goteo”, refleja una gestión reactiva del dinero. En lugar de responder a una estrategia, el uso de las utilidades queda condicionado por decisiones inmediatas, lo que limita su impacto en la estabilidad financiera.
Un ingreso distinto
La forma en que se deberían utilizar las utilidades parte de reconocer su naturaleza. Carlos Naranjo, economista y asesor independiente en finanzas personales, explica en entrevista con GESTIÓN que este ingreso no puede tratarse igual que el salario.
“Las utilidades deben considerarse como un ingreso extraordinario. A diferencia del salario, que es predecible y está diseñado para cubrir gastos corrientes, este es variable y no necesariamente recurrente”, señala. Esa diferencia implica un cambio en la toma de decisiones.
Mientras el salario se integra automáticamente al presupuesto mensual, las utilidades requieren una evaluación previa de la situación financiera. “Antes de decidir en qué utilizar este dinero, es necesario revisar el nivel de deuda, el ahorro y el fondo de emergencia. En función de eso se define su uso”, añade.
Tres criterios para estructurar la decisión
Para evitar que este ingreso se diluya, Naranjo plantea tres criterios que permiten organizar su uso:
Reducir la vulnerabilidad financiera, lo que implica priorizar el pago de deudas o fortalecer el ahorro en caso de no contar con respaldo suficiente.
Generar estabilidad futura. Más allá de la rentabilidad, se trata de construir tranquilidad financiera en los meses siguientes.
Evitar compromisos permanentes. “Muchas personas utilizan las utilidades para financiar la entrada de un bien, lo que genera una obligación mensual que no siempre está contemplada”, advierte.
Consume pero con estructura
El análisis no elimina el consumo, pero sí redefine su rol. “Cuando el ingreso se percibe como completamente disponible, es más probable que se gaste en su totalidad”, explica Naranjo.
En ese sentido, propone una distribución que permita equilibrar necesidades y consumo. En presencia de deudas, recomienda destinar al menos el 50% a su reducción, 20% a fondo de emergencia, 20% a ahorro o inversión y 10% al disfrute personal. Si no existen deudas, sugiere asignar 40% a ahorro, 30% a inversión, 20% a metas personales y 10% a ocio.
Una decisión que impacta los próximos meses
Naranjo advierte que el impacto se extiende en el tiempo. “Si se utiliza únicamente para consumo, puede desaparecer en pocos días. En cambio, si se distribuye de forma estratégica, puede generar estabilidad y mejorar la capacidad financiera en el mediano plazo”, señala.
Este efecto se refleja en el flujo de caja de los meses siguientes. Un uso impulsivo puede traducirse en nuevas obligaciones o en una mayor presión financiera, mientras que una decisión estructurada puede reducir riesgos y liberar recursos futuros.
El riesgo es asumir que siempre habrá utilidades
Uno de los errores más frecuentes no está en el gasto, sino en la expectativa. “Muchas personas asumen que recibirán utilidades cada año, lo que genera una falsa sensación de liquidez y puede llevar a decisiones de endeudamiento”, advierte. Cuando ese ingreso no se repite, la estructura financiera queda expuesta.
La evidencia muestra que el impacto de este ingreso no depende del monto recibido, sino de la forma en que se integra a la estrategia financiera del hogar. Porque, al final, el valor de las utilidades no está en recibirlas, sino en la capacidad de convertirlas en estabilidad.
(*) Periodista Gestión Digital.
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