Bahía de Caráquez agoniza sin agua, en una Manabí marcada de elefantes blancos y obras inconclusas

Bahía de Caráquez agoniza sin agua, en una Manabí marcada por elefantes blancos y obras inconclusas

A una década del terremoto en las provincias de Manabí y Esmeraldas, Bahía de Caráquez y Pedernales siguen sin agua potable ni alcantarillado, asediadas por el narcotráfico. Mientras aún hay damnificados que sobreviven en el abandono, la justicia confirmó que los fondos de la reconstrucción se despilfarraron en obras no prioritarias como parques de lujo, vías inconclusas y puertos pesqueros inútiles que hoy son controlados por mafias.

Habitantes del barrio Pedro Fermín Cevallos, en la parte alta de Bahía de Caráquez, caminan por sus casas que siguen a medio reconstruir 10 años después del terremoto de 2016. Fuente: PRIMICIAS

De aquella Bahía de Caráquez pujante, que desde finales de los noventa se caracterizaba por modernos edificios, persisten apenas rastros. El terremoto del 16 de abril de 2016 remeció los cimientos de la ciudad asentada en la desembocadura del río Chone que, 10 años después, aún no logra levantarse.

Los barrios altos se asemejan a albergues, como una fotografía de los días que sucedieron al terremoto. Habitantes levantaron con sus propias manos casas para reemplazar las de caña que el terremoto se llevó, con plástico como techos y telas como paredes, sobre pisos de tierra y gravilla, una década después del desastre.

Otras pocas viviendas en pie fueron abandonadas por familias que migraron a otras provincias como Santo Domingo de los Tsáchilas en busca de trabajo. El paisaje se completa con edificios a medio demoler o que sobreviven con grietas y paredes remachadas. Aquí, la casi inexistente presencia del turismo es el reflejo intacto de una ciudad detenida en el tiempo.

Luis Rodríguez, morador del barrio Pedro Fermín Cevallos, narra que la casa de dos pisos de su abuela colapsó y que, ante la ausencia de ayuda, ahora se ve obligado a pagar USD 40 al mes de arriendo por un cuarto y un baño en una vivienda que también quedó cuarteada. Una década después, el hombre de 42 años -al igual que la mayoría de sus vecinos- sobrevive de la pesca artesanal de pescado y camarón, así como de la recolección de concha.

Las promesas de reconstrucción nunca llegaron a su cuadra; su prima sobrevive bajo unas tejitas remendadas y los propios vecinos tienen que levantar las tapas de las alcantarillas para limpiarlas de la tierra y la basura que baja de las lomas.

El agua potable llega a cuentagotas

Pero la tragedia más silenciosa de Bahía de Caráquez es la falta de agua potable. Olga Ávila, otra habitante que sobrevivió al pánico del sismo encerrada en un centro comercial, denuncia que la ciudad sufre un desabastecimiento inhumano.

Dos o tres veces por semana los tanqueros recorren las calles y cobran precios exorbitantes -entre USD 80 y USD 100- por entregar un líquido intomable: agua que llega con una especie de nata en la superficie o con un fuerte sabor a metal.

Los habitantes se ven obligados a comprar bidones de agua embotellada para cocinar y beber. Esta situación es documentada por el ingeniero civil Jacinto Rivero Solórzano, quien a través de cartas públicas en medios nacionales, denunció que la ciudad ha llegado a padecer hasta cinco meses seguidos de sequía total, dependiendo de la deficiente Planta de Tratamiento La Estancilla, inaugurada en 1965.

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Las estadísticas oficiales confirman esta catástrofe social. Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) evidencian que el cantón Sucre cuenta apenas con un 56,3% de cobertura de agua por red pública y un paupérrimo 40,9% de alcantarillado.

A nivel político, en cambio, el asambleísta Mario Amado Zambrano indicó que el 40% de los hogares en Manabí carece de este servicio básico, afectando a más de medio millón de personas, lo que motivó a la Asamblea Nacional a iniciar un proceso de investigación.

Pedernales entre el abandono estatal y el asedio criminal

Al norte de la provincia, Pedernales, el cantón que fue el epicentro del sismo, presenta una dualidad perturbadora. En el malecón, la zona turística luce "rehabilitada" con modestas propiedades y hoteles de menor altura que atienden al turismo menguante, pero la tranquilidad es un espejismo.

Con absoluta naturalidad, un enganchador de clientes en un restaurante enumera cuándo, dónde y cómo asesinaron a varias personas en las últimas semanas en esa misma calle.

Jhon Cardona, un hombre de 58 años que administra el restaurante El Costeñito 1, recuerda el pánico del sismo de 7,8 grados que dejó la mitad de la ciudad en el suelo y obligó a su familia a sacar a los huéspedes de los escombros.

Aunque Cardona agradece haber recibido uno de los apartamentos construidos por el gobierno de Rafael Correa antes de terminar su mandato, lamenta que hasta ahora no tienen un alcantarillado apto que se rebosa e inunda el malecón cuando hay mayor presencia de turistas.

El exalcalde de Pedernales, Néstor Alcívar, confirmó esta falta de planificación y atención prioritaria al testificar judicialmente que, como miembro del Comité para la Reconstrucción, presentó proyectos vitales de alcantarillado y salud.

Sin embargo, la Secretaría Técnica, liderada en ese entonces por Carlos Bernal, solo dio luz verde a un proyecto de agua potable y a una facilidad pesquera en Cojimíes. Alcívar desconoce las razones por las cuales el Comité ignoró la construcción del hospital de Pedernales y la reconstrucción de unidades educativas, revelando que, 10 años después, los niños siguen estudiando en escuelas móviles temporales.

Este abandono también lo sufre en carne propia Freddy Puertas, otro sobreviviente que perdió su casa y sus bienes en los saqueos posteriores al sismo, quien recuerda cómo los cadáveres se apilaban en el estadio ante la falta de una morgue.

Puertas denuncia que hoy el cantón cuenta con un hospital sin medicinas, donde los pacientes deben salir a comprar hasta un paracetamol.

Pero el fracaso estatal en Pedernales alcanza su punto más oscuro al intentar visitar la nueva ciudadela construida por el gobierno y las escuelas móviles: la zona es inaccesible. Moradores y bomberos advierten que el territorio está totalmente tomado por el narcotráfico, resguardado por guardias armados con fusiles en las entradas, al punto de que los equipos de emergencia necesitan autorización de los criminales para ingresar.

Las cifras del cantón, con un crítico 45,5% de acceso a agua y apenas un 15,1% de alcantarillado, son el caldo de cultivo de una población que, olvidada por el Estado, quedó a merced de las bandas organizadas.

El derroche monumental frente a la miseria

La falta de agua y escuelas contrasta con el uso de los fondos públicos revelado por la justicia ecuatoriana. El proceso penal denominado caso Reconstrucción, en el que se investigó peculado, demostró el abuso de los recursos recaudados mediante la Ley Orgánica de Solidaridad, destinados originalmente a garantizar salud, educación y vivienda.

Según la sentencia, el exvicepresidente Jorge Glas y Bernal, presidente y secretario técnico del Comité de Reconstrucción, respectivamente, viabilizaron la priorización ilegal de 11 proyectos por un monto de USD 225,3 millones, en obras que no revestían el carácter de emergencia ni inmediatez.

El contraste es visualmente obvio. Mientras el centro histórico de Portoviejo sigue descuidado y con cicatrices del terremoto, a pocas cuadras se erige el Parque Las Vegas, una obra que costó USD 8,5 millones.

Es un "parque de lujo", meticulosamente mantenido, con grandes áreas verdes, juegos infantiles, senderos, una concha acústica para conciertos y custodiado de forma permanente por seguridad privada, policial y militar.

Sin embargo, peritos como el experto en riesgos Theofilos Toulkeridis y el auditor Carlos Tapia determinaron que esta obra se construyó de manera antitécnica y en una zona roja de máxima inundación del río Portoviejo, sobre un terreno baldío que servía de botadero de basura y que no sufrió daños durante el sismo porque, simplemente, el parque no existía antes de 2016.

En Manta, el panorama es parecido. La vía de acceso al puerto, tramo Redondel del Imperio-Colisa, costó USD 103 millones de los fondos solidarios. Al recorrerla, se encuentra una autopista inconclusa en medio del paisaje costero, con puentes a desnivel que no llevan a ningún lado, varillas oxidadas expuestas y vías elevadas a medio hacer.

Acceso a la ciudad de Bahía de Caráquez. Obra que costó USD 13,1 millones. Fuente: PRIMICIAS

Tramo de acceso al Puerto de Manta, redondel del Imperio Colisa. Obra que costó USD 103,2 millones. Fuente: PRIMICIAS

Parque Las Vegas de Portoviejo. Obra que costó USD 8,5 millones. Fuente: PRIMICIAS

Carretera la "Y" de Mataje y Puente Mataje. Obra que costó USD 18,8 millones. Fuente: Gobierno Nacional.

El funcionario de Contraloría, Alejandro González, testificó durante el juicio que este proyecto no tenía informes de daños emergentes causados por el terremoto, pues la vía original estaba en total funcionamiento, y que su ejecución respondía a un plan vial estructurado desde 2012, vulnerando así la ley de contratación pública al adjudicarse ilegítimamente por emergencia.

Pero el caso más notable de la desidia estatal se encuentra en las Facilidades Pesqueras. En el puerto de San Mateo, el Estado invirtió más de USD 5 millones en un espigón de sacrificio catalogado por el perito Toulkeridis como un "elefante blanco".

El abandono se torna aún más sombrío rumbo a las Facilidades Pesqueras de Arenales de Crucita, una obra en la que se gastó USD 52,6 millones de los damnificados. A cinco minutos de llegar al lugar, transitando por un camino lastrado y empedrado lleno de dificultades, el equipo de PRIMICIAS evidenció la influencia del crimen.

Dos individuos salieron repentinamente de los matorrales, acercándose con actitud hostil al vehículo mientras llevaron las manos a las cinturas de sus pantalones. Interrogaron a los ocupantes sobre su destino. Cuando el equipo afirmó ser un grupo de turistas perdidos en busca de la playa, la respuesta fue una sentencia inapelable: "Den la vuelta y no regresen jamás".

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