Contrapunto

Con Albéniz España tuvo a su niño prodigio de la música

Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

7 Ene 2022 - 19:03

A los cuatro años ya mostraba sus capacidades para teclear de manera armónica el piano; a los seis tuvo una gran oportunidad de ingresar al Conservatorio de Música de París, pero una travesura de niño se lo impidió.

Isaac Manuel Francisco Albéniz y Pascual (1860-1909) era inquieto, vivió apresurado, viajó a América de polizonte en un barco, deslumbró con su música a las cortes y, si bien no compuso muchas obras, está considerado entre los más importantes de España.

Hijo de un funcionario aduanero, la historia narra que su padre logró que lo recibieran para que estudiara en París, pero al patear una pelota hizo añicos una ventana y las autoridades prefirieron no admitirlo después de que había pasado las exigentes pruebas de admisión.

Dos años antes de ese incidente, cuando tenía cuatro, su padre lo había llevado a Barcelona para que se presente en un lugar público. Pero se inventaron que el niño no tocó las teclas y que quien realmente lo hizo fue un músico tras bastidores, decían.

La vocación por la música, según relata la enciclopedia Salvat, nació de escuchar desde el balcón de su casa todos los días el relevo de guardia en un cuartel. A los ocho años compuso su primera, aunque ligera, marcha militar.

A los 10 años su padre, que se había quedado sin trabajo, lo llevó a recorrer varias ciudades de España exhibiendo el talento del niño genio, lo cual generó importantes ingresos económicos para el sustento familiar.

Voraz lector de Julio Verne, según Salvat, a los 12 años se despertó en el niño la idea de aventuras, primero en tren por España y luego en calidad de polizón en un barco que lo llevaría hasta Puerto Rico y, años más tarde, a Argentina.

Después llegaría a Estados Unidos, a San Francisco primero y luego a Nueva York, ciudades donde le tocó mostrar su virtuosismo como si estuviera en un circo; tocaba con el teclado tapado con una franela o de espaldas al piano en posición casi acrobática.

Con el dinero que ganó volvió a Europa con una breve estadía en Londres, después estuvo nueve meses en Leipzig, donde al fin encontró maestros que le ensañaron las técnicas de la composición musical.

Nuevamente regresó a España y consiguió financiamiento para estudiar en Bélgica, en el Conservatorio de Bruselas, donde cosechó la admiración de músicos como Rubinstein, Planté y von Bülow.

Después viajaría a Budapest para cumplir su largo sueño de conocer a Franz Liszt. Ya tenía 18 años y sus aptitudes de compositor habían madurado.

Entre sus obras más famosas destaca la ópera ‘Pepita Jiménez’, las cuatro suites para piano ‘Iberia’, una composición virtuosa y musicalmente compleja. También las obras para piano ‘Rapsodia española’ y la ‘Suite española’.

Tras su enorme recorrido por el mundo de la música, Albéniz se convirtió en el más fidedigno representante de la música española, sin más influencias que las del gran Felipe Pedrell (1841-1922).

Los críticos de la época -y Albéniz lo reconocía- fueron sus limitaciones en el género dramático. Sin embargo, la puesta en escena de ‘Pepita Jiménez’ (1895) echa por la borda todas esas supuestas limitaciones musicales.   

El compositor y musicólogo español Joaquín Turina llegaría a afirmar -con sobradas razones- que “el gran Albéniz comienza con ‘Pepita Jiménez'”, basada en la novela homónima de Juan Valera.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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