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El cáñamo, el último ejemplo de híper regulación estatal
Rafael Lugo Naranjo

Rafael Lugo Naranjo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos. La novela 7, además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207.

Actualizada:

31 Oct 2020 - 19:00

En el tema de un real libre mercado, que promueva la igualdad de oportunidades de desarrollo y evite toda forma de discriminación, no hay por quién votar.

A veces creemos que el monstruo de la hiperregulación estatal tiene unos pocos años más que la Megan.

Pero no solo que es mucho mayor, sino que vivirá para enterrarla. A ella y a todos nosotros y no le creo a ningún candidato que garantice la posibilidad de cambiarnos el vicio nacional.

Y es que en Ecuador se pueden encontrar más hijos del Solitario George que verdaderos cultores del libre mercado. Y así ha sido siempre.

Demasiados empresarios –de esos que enarbolan la camiseta de la libertad de empresa- se convierten en amantes y difusores de cualquier política estatista que les elimine la competencia, sea la internacional con alguna salvaguardia, o sea la nacional, con alguna norma chueca.

Esta leyenda de que tenemos un fuerte músculo promercado se alimenta de otra leyenda: el discursito igual de tramposo de la “larga noche neoliberal”. 

En un país donde el estado ha estado metido en todo, y a los militares poco les faltó para tener fábrica de condones, hablar de neoliberalismo es como hablar de los Shyris. Pero los fanáticos endiosan personas con la misma sinapsis con la que mitifican palabras.

Les voy a dar el último ejemplo, acaso uno muy poco mediático, pero igual de vergonzoso. 

Me refiero al Reglamento para la Importación, Siembra, Cultivo, Cosecha, Poscosecha, Almacenamiento, Transporte, Procesamiento, Comercialización y Exportación De Cannabis No Psicoactivo o Cáñamo y Cáñamo Para Uso Industrial, suscrito por el Ministro de Agricultura.

Salió hace pocos días, luego de varios meses de reuniones y recomendaciones que se hicieron humo. A propósito de humo, el cannabis no psicoactivo y el cáñamo industrial no son la mariguana que tanto asusta a muchos. 

Justamente se hizo este reglamento porque el cáñamo industrial y el cannabis no psicoactivo no son sustancias prohibidas. Pero en el contradictorio reglamento, luego de definirlas correctamente como productos inocuos, pasan a ser tratados como lagañas del diablo.

Con decirles que exigen custodia policial para el transporte de la producción, parece que nos sobran policías y vehículos.

No me van a creer pero el artículo 22 dice que el Ministerio de Agricultura “tendrá la facultad para limitar el número de licencias, para regular la oferta y la demanda, así como limitar en cada licencia, la cantidad de Cannabis No Psicoactivo o de Cáñamo para Uso Industrial que se permita cultivar…”

Pedir licencias para producir estos bienes es casi como pedir licencias para sembrar maíz y, para colmo, el ministro de Agricultura de turno sabrá cuándo permitir o negar la producción para “regular la oferta y la demanda”.

Puse un tuit quejándome de esta barbaridad y el subsecretario de Producción Agrícola, Andrés Luque, me respondió:

“Tienes toda la razón. Está mal usada la palabra ‘regular’, la palabra correcta es ‘empatar’ la oferta y la demanda”.

Entonces yo le pedí que me explicara este criterio de ‘empate’. Y el subsecretario me escribió: “que si existe industria para 100 hectáreas no dar licencias para 1.000”.

Inmediatamente le pregunté: ¿Cómo se puede medir el tamaño de esa industria, que incluso pretende exportar? Al final, el riesgo de quien invierte en un negocio -con o sin mercado- es asunto suyo. Es una regulación del mercado, aunque se cambie la palabra.

Ya no tuve respuesta.

El monstruo tiene varias cabezas. Según el reglamento solo podrán pedir licencias (si es que se las da el gran regulador del mercado, claro), quienes tengan cinco hectáreas de terreno más dos hectáreas bajo invernaderos, en un esquema que puede ser progresivo.  

O sea, quien quiera emprender en la industria del cáñamo (para bien o para mal) con diez mil metritos cuadrados, váyase nomás a sembrar chochos (para bien o para mal). Me apesta a inconstitucionalidad.

Durante días esperé alguna libre mercadista queja de los sectores productivos de la Patria. No las encontré. Hablar sobre las posibilidades de generar empleos, divisas o impuestos, con algo tan obvio ya me da pereza.

Las potencialidades del cáñamo son incalculables. ¿A alguien le llama la atención? Decir que este reglamento que crea problemas para vender soluciones tiene lógica y asidero en nuestra idiosincrasia.

El silencio de grandes sectores de la “libre empresa” me recuerda el refrán que dice que “el que come callado, come dos veces”.

Con esta anécdota reglamentaria se podría concluir, con inocencia, de que seguimos viviendo en un régimen socialistoide híper concentrador. Y asumir que hubo algún sector empresarial que se beneficiará de este esquema discriminatorio, que viola el principio de libre competencia, también es una conclusión inocente. 

Son las dos cosas.

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