De la Vida Real
El saber que nace con la vida
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
Antes de que hubiera hospitales, había una mujer con manos expertas, plantas precisas y la calma de quien ha visto nacer cientos de veces. Era la partera. Y todavía está.
Warmi Imbabura, el programa emblemático de la Prefectura Ciudadana de Imbabura, acaba de presentar 'Pakarichiy hampikuna: Relatos de la partería y la salud ancestral'. Un libro y un documental bilingües, en kichwa y español, que recogen las voces de las parteras del territorio. Las fotografías hablan antes que cualquier frase: rostros sabios, miradas firmes y mujeres que aprendieron a escuchar el cuerpo antes de que la medicina moderna intentara explicarlo todo.
Una partera indígena habla en kichwa. Una partera afroecuatoriana viene de otra historia, otra tradición y otro mundo. Y sin embargo, cuando nombran las plantas, se entienden. No necesitan traducción. Les une la tierra. Las mismas hierbas, los mismos cuidados, las mismas madrugadas acompañando partos.
Ese conocimiento nunca pasó por aulas universitarias. Se aprendió mirando, ayudando, equivocándose, corrigiendo. La experiencia es la única credencial de una partera, y también la más difícil de reemplazar. Porque cuando una mujer está dando a luz, no busca solamente técnica. Busca confianza. Busca calma. Busca sentirse segura y un acompañamiento por alguien que comprenda su dolor y sus miedos.
Zoila Congo, partera afroecuatoriana, lo resume con una sencillez que ninguna teoría académica podría hacerlo: “Muchas mujeres de mi comunidad me han necesitado no solo para la partería, sino también para sanar, acompañar y cuidar. Cuando alguien se siente mal, voy, busco las plantas y ayudo con lo que aprendí de mi abuelita y de los años acompañando a las mujeres”.
Ahí está todo. La abuela. Los años. La práctica convertida en memoria aún viva.
Y también está la voz de quienes fueron acompañadas por ellas. Guissela Ichau recuerda su embarazo desde un lugar que muchas veces desaparece dentro de la atención médica convencional: “Con la partera me sentí acompañada, escuchada y respetada. No solo acudí a ella para el momento del parto, sino que quise ser acompañada durante todo el embarazo, desde el cuidado, la confianza y el sentir que mi cuerpo y mis decisiones son importantes”.
Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿Por qué este conocimiento todavía necesita justificarse? ¿Por qué hay que convertirlo en patrimonio para reconocer su valor? La partería no pertenece al folclore. Pertenece a la historia de la salud de este país.
Durante décadas, estos conocimientos fueron vistos con desconfianza por la medicina institucional. Como si el conocimiento nacido en comunidades indígenas, afroecuatorianas y rurales tuviera menos legitimidad que el conocimiento escrito en manuales occidentales. Y esa distancia no ha sido solamente cultural. También ha tenido consecuencias sobre la manera en que miles de mujeres viven sus embarazos y sus partos.
Según la ENVIGMU 2019, el 48% de las mujeres en Ecuador ha experimentado algún tipo de violencia gineco-obstétrica. En mujeres indígenas, la cifra asciende al 70%. Frente a eso, las parteras trabajan desde otra lógica: acompañar, escuchar y respetar los tiempos del cuerpo.
El documental muestra algo que muchas veces la medicina moderna olvidó en medio de protocolos y tiempos acelerados: el parto no es solamente un procedimiento médico. También es miedo, vulnerabilidad y necesidad de contención. Por eso muchas mujeres siguen buscando a las parteras incluso cuando tienen acceso a hospitales. No se trata únicamente de tradición. Se trata de confianza.
Eso no significa negar la importancia de la medicina moderna. Una emergencia obstétrica necesita un hospital y eso es indiscutible. Pero reconocer el valor de la partería no debería entenderse como una amenaza, sino como una posibilidad de convivencia entre distintos saberes.
En Imbabura ya existen intentos por construir ese puente. A través de la iniciativa Hampi Imbabura se ha integrado a parteras y sanadoras ancestrales en espacios de atención integral, registrando más de 5.500 atenciones en sanación ancestral y partería entre 2024 y 2026.
Pero el tiempo corre en contra. De las 98 parteras mapeadas en este proceso, el 44% no cuenta con acreditación del Ministerio de Salud Pública. Muchas son ya mujeres mayores y no siempre hay alguien que quiera aprender de ellas. Este saber no vive en archivos ni en plataformas digitales. Vive en la experiencia compartida y en las enseñanzas de la práctica.
Las parteras llevan siglos haciéndolo. Lo extraño no es que todavía existan. Lo extraño es que el mundo haya tardado tanto en escucharlas.