Bóvedas en venta: ecuatorianos no regresan ni muertos al país
Investigadora. Directora Técnica de Fundación Octaedro. Integrante del Comité Asesor Internacional de The Lancet Global Health y del Consejo Editorial de BMJ Public Health. Asociada a la Cátedra UNESCO de Salud Global y Educación.
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Leo la noticia de que los ecuatorianos en el extranjero están vendiendo hasta sus bóvedas en Ecuador. Las personas de la tercera edad no quieren regresar ni para ser enterradas, un sueño que antes era común entre los emigrantes y por eso aseguraban que tendrían donde hacerlo. Tras hacer su vida afuera, hoy le ponen punto final a su relación con el país. Adiós. No hay tiempo suplementario ni ronda de penales.
Pienso en los jóvenes que están saliendo del Ecuador con la intención de no volver a vivir aquí. No hay trabajo ni oportunidades y, fruto de la mente adolescente, “no aguanto a mi familia” son algunas de las razones detrás de esta decisión. Pero la más poderosa es la violencia creciente. Los criminales asesinan a balazos a empleados, profesores y bebés, sin discriminación o sin más razón que vengarse o cobrar una deuda. Sin que lo queramos aceptar, todos estamos expuestos a que un día pase lo mismo con nosotros o un familiar o amigo cercano. Antes de morir así, por primera vez, los ecuatorianos están dejando el país sin que la búsqueda de oportunidades profesionales o económicas sea su prioridad principal.
En las sociedades pastoralistas de África y Asia, las familias se desplazan permanentemente, sin un punto de partida ni de llegada. Su hogar no es un lugar estático que se llena de recuerdos palpables. Se movilizan con una estructura portátil, sus herramientas esenciales y sus conocimientos ancestrales, acompañados de pequeños rebaños. Su forma de vida es su hogar y ese hogar es el núcleo de su comunidad.
Cuando nos los imaginamos, los pastoralistas son frágiles, raquíticos, polvorientos, es decir, vulnerables. Que se desentiendan de la acumulación de propiedades, desde todos los avances tecnológicos de los que otros dependemos económica o psicológicamente hasta una vivienda de materiales sólidos, nos parece una debilidad. ¿Cómo asegurar un futuro si no se tienen amarras en ningún lugar? ¿Cómo concebir un sentido de pertenencia en un estado de movilidad eterna?
Así eran los ecuatorianos que antaño se iban del país, a quienes llamábamos wayrapamushkas o hijos del viento en kichwa. Los alisios los arrastraban a países del norte pero también los regresaban aunque sea de vacaciones, una vez que regularizaban sus papeles en países como Estados Unidos, España e Italia y tenían ahorros para el viaje. Incluso los hijos que se llevaron con ellos regresaban por cuenta propia. Pero hoy, si pueden evitarlo, ni madres ni padres ni hijos vienen a reinstalarse. Con suerte, vestirán la camiseta de la selección en las pocas fechas en que disputa un partido en la Copa Mundial de Fútbol masculino pero el resto del tiempo se sentirán más españoles o italianos o estadounidenses que ecuatorianos.
A través de los años, he vuelto varias veces a Ecuador, siempre para quedarme, y en todas me preguntan por qué lo hice. Las primeras veces era niña, entonces no tuve elección. En las otras, quizás fue porque nunca me vi como una migrante ya que no trabajé en el extranjero; solo salí para estudiar. Quizás fue porque tenía terror al desarraigo, o al menos es lo que me digo. También me preguntan por qué no me voy, me dicen que aún estoy a tiempo de huir.
No he comprado una bóveda y el panteón familiar en San Diego está lleno, así que no tengo más atadura que la emocional con el lugar donde me veo viviendo hasta el día en que muera. Algunos lo ven como una debilidad, pero me parece una fortaleza. No me olvido de dónde vengo y sé lo que quiero. Al mismo tiempo, reconozco en las sociedades móviles una fuerza de iguales dimensiones. Transitar a través de las fronteras políticas y sentimentales, llevando consigo un hogar ligero a cuestas, creando comunidad en un nuevo lugar, es algo de sabios y valientes, como lo son las tribus pastoralistas.
Los ecuatorianos que antes pendulaban entre fronteras enfrentando sus miedos dejaron esta forma de vida por otra, que espero que les ayude a encontrar lo que buscaban. Lo único que me da tristeza es que este cambio se deba más que al transcurso natural de la migración, a la violencia creciente y la incesante falta de oportunidades.