El indiscreto encanto de la política
El poder que necesita enemigos
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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Mientras más poder acumula Daniel Noboa, más insiste en hablar como si resistiera desde afuera del sistema. El informe a la Nación del pasado 24 de mayo volvió a confirmarlo.
El presidente gobierna con amplias facultades políticas: cuenta con mayoría en la Asamblea Nacional, tiene alineadas instituciones clave y controla buena parte de la agenda pública.
Sin embargo, su legitimidad política sigue construyéndose desde la figura del outsider perseguido. Un presidente que gobierna desde el poder, pero comunica desde la resistencia.
Ese fue, quizá, el verdadero eje del informe presidencial.
Aunque formalmente se trataba de una rendición de cuentas —y de la presentación de prioridades para la nueva etapa de gobierno—, el discurso estuvo atravesado por un tono de confrontación permanente.
"Golpistas", "mafias", "desestabilizadores", "los mismos de siempre". La extrema izquierda y la extrema derecha aparecieron como referencias recurrentes dentro de una narrativa organizada alrededor del conflicto. Y el problema no es solo retórico.
Cuando un gobierno define su legitimidad desde el antagonismo, toda crítica se convierte en amenaza y toda oposición en sabotaje. La política deja entonces de concebirse como competencia democrática entre adversarios y pasa a ser una disputa moral entre quienes encarnan "el nuevo Ecuador" y quienes representan un enemigo al que hay que derrotar.
En ese marco, el informe dejó en muchos una sensación de victimización política. No fue el discurso de un gobierno que ejerce el poder desde la estabilidad institucional, sino el de una administración que necesita la polarización para sostener su cohesión interna y seguir ganando elecciones.
De ahí la paradoja del noboísmo: mientras acumula más poder, más necesita presentarse como antisistema.
Pero gobernar desde el conflicto tiene costos: si bien puede movilizar adhesiones en torno a la confrontación, reduce el espacio para construir acuerdos mínimos, indispensables en cualquier democracia funcional.
La pregunta no es si Noboa puede seguir ganando desde esa narrativa. La pregunta es cuánto puede resistir una democracia cuando el poder necesita enemigos permanentes para sostenerse.